Quedan pocos supervivientes de aquellos que fueron infectados con el VIH a finales de los 80, cuando se descubrió la pandemia. El norteamericano John Holloway es uno de esos casos. Un cóctel de medicamentos le ha permitido alcanzar los 59 años de edad, aunque con síntomas de un envejecimiento que ni siquiera su padre de 84 años manifiesta: una enfermedad pulmonar crónica, diabetes, insuficiencia renal, una úlcera sangrante, una depresión severa y una rotura de cadera.

Este caso es una llamada de atención para aquellos que, como él, conviven de forma pacífica con el virus y que tendrán esa edad dentro de pocos años. Incluso en los países más vulnerables al contagio del sida por la falta de prevención y carencias en materia de educación sexual, se han visto avances importantes, como ocurre en Uganda, donde la enfermedad está siendo controlada.

De continuar esta tendencia y los esfuerzos de muchos países desarrollados para cumplir los compromisos planteados en el marco de los Objetivos del Milenio, no será descabellado anticipar el cada vez mayor acceso de los enfermos de los países del Sur a tratamientos como el de Holloway, el control de la enfermedad y la conversión del sida en una enfermedad crónica también en los países más desfavorecidos.

Debido al escaso número de supervivientes de entre los primeros infectados, resulta difícil para los científicos llevar a cabo estudios fiables sobre la relación que tienen los tratamientos con antirretrovirales con algunos de sus efectos secundarios, como los manifestados por Holloway. Sin embargo, su caso señala algunas directrices importantes.

En cuanto al sufrimiento del paciente a causa de unos síntomas concretos, tenemos los aspectos psicológicos, olvidados por la medicina reduccionista actual que ha despojado al enfermo de su protagonismo en su relación con la enfermedad. Junto con las personas muy ancianas, los enfermos de sida pueden llegar a ser de los pacientes que más abandono sufren en los hospitales.

Más de 20 años han pasado desde que se dieran los primeros casos de VIH, pero la soledad, la culpa, la vergüenza familiar, la rabia y el aislamiento son síntomas añadidos para estos excluidos dentro de un mundo de por sí marginal.

Los sistemas sanitarios públicos o privados para países que, como en el caso de EEUU, cuentan con un sistema sanitario privatizado, tendrán que facilitar a especialistas para el tratamiento psicológico de personas que dedican su vida a una lucha que puede desembocar en más dolor y sufrimiento del esperado.

Junto con la investigación para buscar la relación científica entre sida, medicación, efectos secundarios y síntomas de envejecimiento prematuro, tendrán una gran importancia el trabajo de médicos especializados como los geriatras, los oncólogos y los cardiólogos que ahora se encuentran con pacientes a los que no están acostumbrados a tratar.

Las consecuencias del VIH son muy distintas en los países del Norte que en los del Sur, donde el sida se cobra cada año la vida de 6 millones de personas. La pobreza extrema propaga con mayor velocidad la pandemia y la hace mucho más mortífera. Sin embargo, tanto en el Norte como en el Sur se trata de desarrollar de forma global para que el sida deje de ser un tabú.

Es preciso informar y llevar a cabo eficaces campañas de sensibilización, prevención y educación sexual para que el sexo sea expresión de un acto de libertad responsable. Para ello, es fundamental trabajar tanto en el entorno familiar como en el escolar escolar. Sin olvidar el importante papel de unos medios de comunicación independientes y comprometidos.

Estadísticas recientes demuestran que en Europa, donde viven infectadas más de un millón de personas, la principal vía de contagio del VIH son las relaciones heterosexuales. El mundo desarrollado no se puede permitir bajar la guardia. Hasta que no se descubra una vacuna contra el sida, la prevención es nuestra principal arma.

– Carlos Mígueles es periodista

Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS), España.
www.solidarios.org.es