Actualmente, es imposible contar el número de Organizaciones no Gubernamentales (ONG), llamadas Organizaciones de la Sociedad Civil en tiempos más recientes por el tejido y la participación social y ciudadana que ese tipo de entidades tratan de construir.

En España se han contabilizado más de 1.500 y, en Francia, más de 40.000. Actúan en el ámbito del voluntariado social, medioambiental y cultural, en proyectos de cooperación al desarrollo en los países del Sur, pero también dedican parte de su esfuerzo en sensibilizar y comprometer a la sociedad civil para incidir en los problemas que afectan a los pobres, a los discapacitados, a los ancianos que viven solos, a los enfermos, a los presos y a todo excluido social.

Por las cifras, se podría decir que el fenómeno que surgió a finales de los años 60 ha sido un éxito y que está bien cimentado. Sin embargo, estas organizaciones en cambiado en varios aspectos.

En sus inicios, el voluntariado se asociaba más con la militancia, la protesta contra un mundo injusto y la búsqueda de propuestas alternativas. Las imágenes de la Guerra de Vietnam y del hambre en Biafra, el incremento exponencial de universitarios inscritos en el mundo y con acceso a la información por distintos medios de comunicación calaron en la conciencia de miles de jóvenes del mundo ‘desarrollado’. El mismo desarrollo tecnológico que permitió esta toma de conciencia ha dotado al mundo de una complejidad que dificulta hoy en día la participación en lo público.

Por otro lado, el funcionamiento de estas organizaciones se apoyaba más en el compromiso de sus fundadores y sus voluntarios que arañaban no sólo tiempo para desarrollar sus distintos programas, sino también los fondos que necesitaban para ello. Hoy, el presupuesto total de las OSC en Francia equivale a 2.600 millones de euros y casi 41.000 empleos de jornada completa.

Los proyectos se apoyan hoy más en la profesionalización del sector – existe hoy el debate si el exceso de profesionalización despoja a estas organizaciones de sus señas de identidad -, en la incorporación de la empresa privada por medio de subvenciones, de iniciativas como la de Responsabilidad Social Corporativa, aunque algunas empresas se han utilizado a las OSC para su imagen. Por otro lado, los presupuestos que manejan muchas organizaciones hoy dificultan los procesos de transparencia y abren la puerta a prácticas fraudulentas y carentes de ética como las que se han destapado en 2007.

Sin embargo, siguen primando los ejemplos de solidaridad de compromiso no sólo entre los jóvenes que repudian un modelo de desarrollo injusto, sino también de las personas jubiladas que se resisten a ser apartados del tejido social por haber dejado de ‘producir’. Las OSC europeas cuentan con el lujo del compromiso sostenido de personas que ya habían sido testigos de los albores del voluntariado. Incluso hay gente que trabaja en otros sectores y, al final del día o durante sus fines de semana, se compromete para actuar junto con los excluidos contra la exclusión.

La tarea pendiente de estas organizaciones consiste en aprovechar las tecnologías para crear redes que incidan en las políticas, para estar bien comunicados con el resto del mundo y para ofrecer espacios de participación cuando la calle deja cada vez más de ser un espacio público. En ello estamos las organizaciones de la sociedad civil.

– Carlos Mígueles es periodista

Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS), España.
www.solidarios.org.es