La prisión es como un adiós que se repite cada día. Esa es la rutina de las visitas periódicas que dicen “te extraño” y “quisiera irme contigo”. Si, en cambio, impiden ese mínimo derecho a estar unos minutos con los suyos, entonces ni siquiera puede decirse adiós. En esas condiciones de aislamiento, al prisionero o prisionera, se le escamotea la vida; queda suspendido entre el ayer y el mañana.

Esta es la sentencia que, desde hace diez años, pesa sobre cinco cubanos: Gerardo Hernández Nordelo, René González Sehwerert, Ramón Labañino Salazar, Fernando González Llort y Antonio Guerrero Rodríguez. Tal castigo no figura en ningún registro judicial; pero es la más cruel de las penas que se les impuso.

A cada uno de ellos, que fueron juzgados y sentenciados juntos, los trasladaron a cinco cárceles distantes cientos y hasta miles de kilómetros entre sí. A eso se agrega que se les niega la visita de sus familiares; cuando, en última instancia, permiten esos encuentros los esposan y encadenan, para que no haya ninguna sensación de encuentro.

¿Qué monstruosos crímenes cometieron aquellos cinco cubanos sentenciados por la justicia de Estados Unidos de Norteamérica? ¿Acaso fueron autores, cómplices o encubridores del atentado contra las torres gemelas de Nueva York? ¿Asesinaron o intentaron matar al presidente o cualquier otra autoridad estadounidense? ¿Arrasaron o intentaron destruir alguna ciudad, un pueblo, un rancho, una casa? ¿Planearon un secuestro? ¿Sabotearon algún servicio público o alguna empresa?

Todas esas preguntas tienen una sola respuesta: NO, absolutamente NO. Pero, sin importar que no puede acusárseles de ningún crimen, plan o intento de cometerlo, fueron condenados con sentencias demenciales, que estas sí están inscritas en los registros judiciales: Gerardo Hernández Nordelo: dos cadenas perpetuas, más 15 años; Ramón Labañino Salazar: cadena perpetua más 18 años; Antonio Guerrero Rodríguez: cadena perpetua; Fernando González Llort: 19 años de prisión; René González Sehwerert: 15 años de prisión.

Algo, sin embargo, debe explicar esa penalización. Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René, son patriotas cubanos que cumplían una misión: infiltrarse en la mafia de gusanos que se ha apoderado de Miami y es mimada por los gobiernos de Washington. Su tarea era frustrar los planes terroristas que a diario inventan los anticubanos para asesinar a Fidel Castro, sabotear la producción de la isla o cualquier otra acción que perjudique a Cuba.
Cuando aquella mafia descubrió que sus fracasos se debían a la acción de ellos, descargaron todo su furor. En el odio, les acompañan autoridades, legisladores y jueces, acostumbrados a vivir en connivencia con los negocios de éstos.

El juicio en que los condenaron fue tan escandaloso, que la propia Corte Suprema de Estados Unidos ordenó iniciar un nuevo proceso en otro estado. Pero la mafia se aseguró de que sus padrinos y aquellos otros a quienes apadrinan, negaran la validez de ese dictamen. La sentencia se mantuvo, del mismo modo que se mantiene y endurece el bloqueo contra Cuba, desde hace casi 50 años.

En América Latina, condenamos las dictaduras y la crueldad de sus prisiones. La desaparición forzada es un delito permanente, como lo calificó la Organización de Naciones Unidas. Es un delito de lesa humanidad, porque cada día sigue cometiéndose en tanto no se sepa el destino de quienes, un día o preferentemente una noche, fueron secuestrados por los agentes de la dictadura y, simplemente, los hicieron desaparecer.
Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René están secuestrados y, aunque fueron juzgados públicamente y sus familiares reciben permisos esporádicos para visitarlos, la mayor parte del tiempo, están desaparecidos. Con el pretexto de “garantizar su seguridad” se los confina en “el hueco” de cualquiera de las cárceles que han transitado o las que se les asignó en definitiva. Si; “el hueco”. Un recinto construido en el subsuelo, rezumando humedad, en el que no hay higiene y de donde no salen los presos ni siquiera para comer. Todas las cárceles norteamericanas tienen sus propios “huecos”. Allí van a dar quienes son sometidos a castigos ilegales, ya sea ordenado por las autoridades o por los administradores carcelarios. Allí desaparecen durante semanas y a veces meses, como ha ocurrido con cada uno de los cinco cubanos que purgan no un delito, sino su lucha por la libertad.

Cuba declaró, el 2002, como "Año de los Héroes Prisioneros del Imperio". Han pasado cinco años desde entonces; cinco más que han sufrido la injusta prisión a que los somete el imperio; cinco años de maltrato y desprecio a los familiares negándoles el derecho de visitarlos; cinco años aislamiento, mala comida y falta de higiene.

En cada país del mundo, incluso Estados Unidos, las personas conscientes se organizan pidiendo la libertad de los cinco. Un esfuerzo común podría presionar decisivamente sobre el gobierno de Washington, exigiendo la anulación de un juicio que, según todos, ha sido injusto. Hay que hacer, que el año próximo, el 2008, sea el “Año de la Libertad de los Cinco Héroes”.