“Los hombres de Estado son como los cirujanos,
sus errores son mortales”
 
 Francois Mauriac
 

Mis ojos no podían dar crédito a las horripilantes imágenes que transmitía la CNN el 11 de septiembre de 2001: las imponentes y espigadas torres gemelas, el corazón del centro financiero (World Trade Center) de Nueva York, tenida como la capital del mundo, se desparramaban estrepitosamente en medio de la deflagración como si fueran hechas de papel y de un momento a otro sus 110 pisos quedaron reducidos a un montón de chatarra. Quienes no tuvimos la oportunidad de ver el primer avión de la Aerolínea American Airlines atestado de pasajeros, convertidos en misiles humanos, que impactó contra la primera Torre, pudimos ver con asombro y espanto el segundo de la United Airlines que se estrellaba contra la otra, al tiempo que 4.800 aeronaves más surcaban el cielo neoyorkino, pendiendo sobre las cabezas de sus atribulados habitantes como si fueran espadas de Damocles. Aturdido como estaba y sin reponerse de la terrible sorpresa que le deparó el hoy tristemente célebre Osama Bin Laden y su red Al Qaeda, el Presidente Bush tardó en reaccionar y cuando lo hizo fue para declararle una guerra “eterna” al terrorismo. Anunció, entonces, una cruzada para combatirlo sin tregua, expresión esta desafortunada que tuvo que rectificar posteriormente por no ser de buen recibo para la comunidad islámica, dada su connotación y remembranza a propósito de los tiempos de bárbaras naciones.

 El desconcierto fue mayor al percatarse que los ataques a las torres gemelas y al Pentágono partieron de su propio territorio y no desde fuera de los EEUU como siempre se temió. El gobierno y el Congreso de los EEUU en ese momento, irónicamente, tramitaban un proyecto gigantesco y costoso para construir el gran escudo antimisiles, el cual supuestamente blindaría a la superpotencia de cualquier ataque desde el exterior, cuando el enemigo estaba en sus propias entrañas. Bush, todavía atolondrado, desempolvó la frase de Rossebelt cuando al exhortar a los EEUU a enfrentar la amenaza del fascismo expresó: "O luchamos unidos o nos van a ahorcar por separados". Todo el estableshimentcorrió presuroso a rodear al primer mandatario, quien prevalido de semejante respaldo cuando no pudo persuadir al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de su estratagema guerrerista, no dudo en apelar al arrogante unilateralismo que ha caracterizado su política exterior. Decidió, entonces, por sí y ante sí invadir a Afganistán e Irak, para luego derrocar a sus antiguos aliados y ocupar sus territorios, pretextando que estos tenían en su poder armas de destrucción masiva, amén de que dichos países se habían convertido supuestamente en nidos del endriago del terrorismo personificado en Ben Laden. Cuatro años después el mundo no es más seguro que cuando Bush y sus aliados la emprendieron contra el motejado “Eje del mal”, el cual según lo reconoció recientemente el Departamento de Estado de los EEUU “está más fuerte que nunca”.
 
Ninguno de los objetivos, tanto los explícitos como los implícitos, se han podido lograr con esta guerra que Bush le declaró al terrorismo y ello, a pesar de que como él mismo lo reconoció en una salida en falso que tuvo cuando espetó: "Nuestros enemigos son imaginativos y están llenos de recursos; nosotros también. Nunca dejan de imaginar nuevas maneras de perjudicar a nuestro país y a nuestro pueblo; nosotros tampoco". Al parecer lo traicionó el subconsciente, pues son muchas las revelaciones que han terminado por poner al desnudo sus patrañas, tal es el caso de las “armas de destrucción masiva” que nunca aparecieron, como las pruebas irrefutables sobre los desmanes y vejaciones de las cuales vienen siendo objeto los prisioneros de guerra luego de la ocupación de Afganistán e Irak, todo ello amparado en la Patriot Act de Bush. Entre los casos más aberrantes y que provocaron mayor indignación en la Comunidad internacional se cuentan las mazmorras secretas de La Bahía de Guantánamo y la Cárcel de Abu Ghraib, los cuales son motivo de vergüenza para los propios estadounidenses. Cómo reaccionaría ante semejante monstruosidad Jhon Quince Adams, Secretario de Estado de los EEUU en 1821, quien dejó sentado como un principio esencial de la democracia de su país la siguiente frase lapidaria que hoy deben recordar con pena los americanos: “Donde quiera que se haya izado la bandera de la libertad y de la independencia, allá estarán el corazón, las bendiciones y las oraciones de Norteamérica. Pero, ella no sale de sus fronteras en busca de monstruos que destruirsi lo hiciera arriesgaría a convertirse en la dictadura del mundo. Ya no sería dueña de su propio espíritu”. La afrenta no puede ser mayory es la que explica que, según el New York Times, la imagen de los EEUU que se percibe en el resto del mundo de “arrogante, ensimismada y despectiva” (1) , granjeándose la antipatía y la animadversión del resto de la humanidad. EEUU no puede perder de vista que, como lo sostiene Clausewitz, “sin cohesión moral no hay victoria”.
 
Todo indica que la guerra declarada en Afganistán y en Irak está condenada al fracaso; cada vez se parece más a la guerra del Vietnam, tanto en sus costos como en sus resultados. Hoy en día estos países cuentan con gobiernos de fachada, que obedecen a las fuerzas de ocupación, que no han podido lograr estabilizarse y se cuentan entre los estados fallídos, que no ofrecen perspectivas de solución a sus conflictos internos que han sido exacerbados por la agresión de tropas extranjeras. La dificultad es mayor, habida cuenta del ingrediente étnico y religioso que está en juego; ello explica la acogida cada vez mayor en los EEUU de la postura de las mayorías demócratas en el Congreso estadounidense que quieren ponerle fin a tan desastrada como desatinada intervención. Es muy diciente que una reciente encuesta de opinión arrojó como resultado que dos terceras partes de los encuestados dieron mala calificación al manejo por parte de Bush de este “conflicto”, cuando en el 2003 sólo el 32% lo juzgó negativamente. Por fortuna el descalabro de los republicanos en las últimas elecciones de Congreso le bajaron las ínfulas a Bush y lo atemperaron y su doctrina del “golpe previsor” para confrontar las amenazas “antes de que ellas surjan” ha venido a menos; de lo contrario estaríamos ad portas de una nueva conflagración mundial con todas sus consecuencias. Así crea Bush que, después de la guerra fría “los EEUU son el único modelo superviviente del progreso humano", ello no lo faculta para pretender someter al resto del mundo a una camisa de fuerza, en la creencia de que quien no se suma al coro para entonar la canción, está contra la canción y contra el coro también, pues, como lo sostiene el semiólogo Humberto Eco, “nos hacemos malos cuando queremos impedir a los demás que sean diferentes”.
 Esta pesadilla que se enseñorea por todo el mundo, en el que la amenaza terrorista es global y cada vez más poderosa y destructiva, no da pábulo para más baladronadas por parte del gobierno de los EEUU y de ello ha tomado atenta nota el Partido demócrata, como también los países aliados de los EEUU, que ya han empezado a tomar las de Villadiego. Hoy más que nunca resulta cierto el aserto en el sentido de que la “paz” o mejor la Pax Americana como la concibe Bush y sus adláteres es sólo una tregua entre dos guerras, pues, según Hobbes “la guerra existe no sólo cuando se está librando una batalla, sino cuando la batalla puede comenzar en cualquier momento”. En un relámpago de lucidez el Presidente Bush, haciendo alarde de su conservadurismo compasivo, afirmó que “luchamos contra la pobreza porque la esperanza es una respuesta al terror” y en ello no le falta razón, pues como lo dejó establecido el premier inglés Harold Wilson “cuando los pacíficos pierden toda esperanza, los violentos encuentran motivos para disparar”. De ello tenemos que sacar nuestras propias conclusiones y moralejas para el caso Colombiano, al fin y al cabo, como lo afirmó Benjamín Franklin, nunca ha existido una guerra buena ni una paz mala.
 
 Bogotá, septiembre 9 de 2007
 
Nota
 
(1) El Tiempo. Septiembre 11 de 2002

Amylkar D. Acosta M

Ex presidente del Congreso de la República