1. El contexto internacional para la transición al socialismo

En la actual coyuntura queda cada vez más claro para las organizaciones sociales que el capitalismo constituye un “horizonte superable” y no insuperable como se vislumbraba en los años noventa a partir de la descomposición del antiguo bloque soviético. Ante la amenaza de un colapso del sistema financiero internacional y la permanente amenaza de una guerra global, el clima político se tornará internacionalmente anti-neoliberal, anti-hegemónico y anti-imperialista y la izquierda busca un proyecto democrático de avanzada para lograr instaurar el socialismo en el siglo XXI. El Estado democrático de transición larga más allá del capitalismo salvaje demanda un estado que instaura una regulación ciudadana y social, o mejor aún la socialización mediante la democracia ciudadana que integra y ya no más a través del mercado total que excluye, (Ver, Samir Amin, “Pour la cinquième internationale”, Les Temps des Crises 2006, página 110). 

En lo inmediato, sin embargo, las luchas no pueden ser dirigidas más que contra el neoliberalismo y la arrogancia de la hegemonía norteamericana en cada una de las naciones, como se está dando en este momento en América Latina. La gran tarea es anticipar a la construcción de una alternativa de izquierda con estrategias y tácticas que cohesionan las diferentes corrientes ideológicas y los movimientos comprometidos en la lucha contra el neoliberalismo y la arrogancia de la hegemonía norteamericana. La construcción de la convergencia debe ser formulada en términos políticos de manera complementaria: Un frente unido a favor de la justicia social e internacional acompañado de una conciencia anti-imperialista.

Actualmente aún no son muchos los movimientos sociales con una proyección mundial, ni son duraderas en sus acciones, pero se percibe un ascenso. Los movimientos sociales con más perspectiva de tener proyección mundial son aquellos que defienden más directamente la vida. Podemos mencionar aquí la Vía Campesina que reivindica el derecho de los pueblos de producir sus propios alimentos y los movimientos mundiales en defensa del agua. Ambos movimientos tienden a consolidarse internacionalmente con el tiempo. El movimiento Internacional Jubileo para la Justicia Económica y Social (MIJ) tuve mucha presencia a comienzos del milenio y el movimiento internacional contra la guerra tuvo un fuerte impacto en el año 2003 con la invasión en Irak. Sin embargo cueste sostener estos movimientos a través del tiempo. Podemos mencionar movimientos internacionales en el marco del medio ambiente como el Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales o en el marco del tema de género como la Marcha Mundial de las Mujeres que basa su accionar en torno a ideas y prácticas democratizadoras de las relaciones sociales.

Las avanzadas en las direcciones que abren la vía para la construcción de la alternativa tienen lugar, en este mismo instante, en América Latina, en contraste con su ausencia, total o parcial, en otras partes del mundo, en Europa, Asia y África.
Estas avanzadas, sobre todo en Venezuela, Bolivia, Ecuador y su triunfo posible en otros países, son precisamente el producto de la radicalización de los movimientos que han alcanzado el nivel de masa crítica eficaz y de su convergencia política. Se trata "de avanzadas revolucionarias" en el sentido que ellas han inclinado las relaciones sociales y políticas a favor de las clases populares. Sus éxitos se deben a su respuesta práctica y real que asocia la democracia de la gestión de los movimientos y la cristalización política de sus proyectos, superando la disgregación que impera fuera. La reconstrucción de un "frente de países y de pueblos del Sur" al estilo del ALBA constituye una de las condiciones fundamentales para la emergencia de "otro mundo", no fundado sobre la dominación imperialista. No debería entonces asombrarnos que las grandes transformaciones a escala mundial hayan encontrado su origen en las rebeliones de los pueblos de las periferias (Vea Samir Amin,”¿Resulta útil el Foro Social Mundial a las luchas de los pueblos?” en www.forumdesalternatives.org )

El proceso de desconexión y posible transición en marcha en América Latina, sin duda se verá ampliado y acelerado en el mundo con una recesión a escala mundial que se vislumbra a partir de la crisis del dólar y más aún por una guerra con implicaciones globales que pone en peligro a la humanidad como es el caso con la amenaza permanente de un eventual ataque nuclear contra Irán. Tanto una eventual guerra global como una recesión a escala mundial implicarán una fuerte desregulación del comercio internacional, hecho que provocaría una crisis profunda para las empresas transnacionales que dependen en alto grado de dicho comercio exterior. La desconexión a escala mundial sería la consecuencia lógica, pues tal entorno obligaría a una masiva y generalizada sustitución de las importaciones en el mundo entero y especialmente en los países periféricos. Ambos hechos juntos estimularían la desconexión generalizada. Semejante crisis implicaría un golpe económico difícil de superar de las transnacionales. Con ello estaríamos ante una crisis del sistema capitalista como tal y no solo de un modelo económico. Es más, entra en discusión un cambio de civilización. Lo anterior aceleraría la posibilidad de la transición al socialismo del siglo XXI.

La izquierda tiene hoy el reto de iniciar de manera abierta e intensiva el debate sobre las estrategias alternativas constructivas para el Siglo XXI e ir más allá de la crítica y autocrítica de la historia del comunismo en el siglo XX. El debate sobre la construcción del socialismo en el Siglo XXI está en plena marcha en América Latina. Politizar este debate constituye la condición de la convergencia en medio de la diversidad de las fuerzas progresistas. Reconstruir la unidad implica la organización de amplias mayorías capaces de exigir el derecho a la inclusión. La estrategia ofensiva necesaria de reconstitución del frente popular del Sur requiere de la radicalización de las resistencias sociales frente a la ofensiva del capitalismo imperial.  Demanda su politización, es decir su capacidad de hacer convergir las luchas campesinas, las de las mujeres, de los obreros, de los desempleados, los informales y de los intelectuales y asignar al movimiento popular en su conjunto objetivos de democratización y de progreso social posibles en el corto y mediano plazo (Ver, Samir Amin “Pour la cinquième internationale”, Les Temps des Crises 2006).

Para politizar al movimiento social, la tarea es doble: reforzar el nivel nacional y simultáneamente mundializarla, es decir, organizar el movimiento social a nivel mundial. Solo un movimiento global mundial donde actúen conjuntamente los movimientos sociales, podrá transformar el mundo actual y crear un orden mundial fundado en la solidaridad antes que en la competencia. Por el momento, el debate sobre la construcción del socialismo del siglo XXI se da básicamente en América Latina. Ante la decadencia del sistema, sin embargo, aumentan las perspectivas de ampliar la construcción conjunta de lazos entre los movimientos sociales, con base en vínculos horizontales y de respeto mutuo a escala intercontinental. Lo anterior implica promover y aprovechar oportunidades para crear un frente común basado en una variedad de diferentes tipos de organizaciones con una estructura en red en el mundo entero, capaz de enfrentar eficazmente el capitalismo mundializado.

La mundialización de la izquierda exige que los valores que dan legitimidad al movimiento sean de porte internacional. Lo anterior implica la necesidad de formular estrategias con una perspectiva de larga duración de la transición del capitalismo mundial al socialismo mundial. Una estrategia eficaz de acción debe ser capaz de avanzar en tres direcciones simultáneamente: el progreso social, la democratización radical y la construcción de un sistema mundial pluricéntrico. Es necesario y posible un progreso en esa dirección en todas las regiones del sistema capitalista mundial, tanto en los centros imperiales como en las periferias. Las políticas necesariamente implican tomar medidas muy concretas sobre todo en materia de relaciones centro periferia. Sin proyecto de cambio en las relaciones centro periferia no hay posibilidad de cambio real. Lo anterior implica que el proceso de cambio latinoamericano por si solo difícilmente conducirá al socialismo del siglo XXI (Vea, Samir Amin, “Pour la cinquième internationale”, 2006).

2.  El proceso de desconexión en perspectiva internacional

 La lucha social por una alternativa supone la desconexión del proceso de globalización. La desconexión del proceso de globalización es una condición necesaria para recuperar la soberanía en todos los sentidos: lo económico, político, social, cultural, etc. El proceso de globalización niega dicha soberanía y promueve más bien la progresiva anexión de los países periféricos en general y de América Latina en particular en beneficio cada vez más exclusivo de cada vez menos empresas transnacionales ligadas al capital financiero internacional. Este proceso de desconexión significa  un fraccionamiento del mercado transnacional. Cuanto menos aislada se de este proceso, más éxito tendrá. De ahí también la fuerte oposición de las principales potencias ante el proceso de desconexión en general y particularmente ante el proceso planteada, por ejemplo, en la Alternativa Bolivariana para América Latina (ALBA). La desconexión tiene mejores perspectivas conforme se acentúa la crisis del neoliberalismo en general y con una crisis cada vez más profunda de la hegemonía norteamericana en particular, condiciones que se cumplan hoy en día de manera cada vez más clara.

La crisis del proceso de globalización se evidencia a partir del fracaso de los acuerdos multilaterales en la Organización Mundial de Comercio desde 1999. Estos acuerdos multilaterales servían para fomentar el reparto del mercado mundial entre cada vez menos trasnacionales. Ese proceso se concretaba mediante adquisiciones, fusiones, privatizaciones y la sustitución de empresas privadas nacionales por transnacionales. El reparto del mercado mundial ha alcanzado su época gloriosa en los años ochenta y la primera mitad de los noventas. A mediados de los años noventa más del 50% del Producto Mundial Bruto ya era producto transnacional frente a 25% veinte  años antes y más del 80% del producto industrial era transnacional a esas fechas. Este porcentaje continuó creciendo pero, conforme el mercado mundial se encontraba cada vez más repartido, lo hace a un ritma cada vez menor.

De todo lo que consumimos, los productos transnacionales representan un porcentaje cada vez mayor. Lo anterior implica la destrucción progresiva de la producción nacional y del empleo local en los países periféricos. Las ganancias obtenidas por las transnacionales en ese reparto eran enormes. La bolsa de valores se disparó como consecuencia. Todo el mundo apostaba a esos ganadores que parecían barrer con todo en el reparto del mundo. Cada vez más dinero entra en la esfera especulativa. Hacia fines del siglo pasado, estas ganancias han llegado a su tope histórico. El mercado mundial ya se encontraba repartido. La anexión de nuevos mercados resultaba cada vez más dura. Al invertir más en el reparto del mundo y con la especulación consecuente, las inversiones que apuntaban al crecimiento económico del mercado como un todo también habían disminuido en Occidente. Los beneficios derivados de inversiones hechas en el reparto del mercado mundial se estancaron a partir de entonces. Las ganancias transnacionales cayeron como consecuencia y con ello las ganancias bursátiles. El resultado fue la crisis bursátil del año 2000 y 2001.

Llegando al nuevo milenio, profundizar el neoliberalismo, requería que las grandes potencias abriesen sus propios mercados entre sí para así lograr otro avance en el reparto del mercado mundial Estas negociaciones se dieron en la OMC en 1999. El fracaso de estas negociaciones era de esperar. Las grandes potencias no abrirán sus fronteras para sus contrincantes. Desde entonces, la bandera proteccionista salta a la vista. La respuesta es una política de consolidar bloques económicos para salvar las transnacionales de un continente frente al otro. Al interior de un bloque rige la ley del más fuerte. Frente a otros bloques hay rivalidad y proteccionismo. Hacia países periféricos, reina la ley del más fuerte de un centro de poder que domina un bloque económico. El ALCA constituye un proyecto de bloque para EEUU que procura anexar América Latina en beneficio de las transnacionales estadounidenses. Como respuesta, la Unión Europea iniciaba en el nuevo milenio una acelerada marcha de anexión hacia Europa del Este.

A partir de estas políticas proteccionistas, sin embargo, se abre una coyuntura a favor de la creación de bloques no solo en beneficio único de las naciones hegemónicas. Los bloques económicos también puedan darse y en la practica se están dando en la periferia, como reivindica Brasil con Lula. En este contexto se vislumbra la posibilidad de la desconexión. Brasil tuvo un papel importante en el fracaso tanto de la OMC como el ALCA. Los países centrales defienden a ultranza los subsidios agrícolas para mantener su soberanía alimentaria. Es cuestión de geopolítica. Por el otro lado, las potencias no quieren disminuir ni disciplinar los subsidios y ayudas por temor a la perdida de sus mercados de exportación en el mundo. Ahora bien, no se puede pedir en nombre del libre juego de mercado, que América Latina dé mayor acceso a sus mercados, si los países centrales no quieren negociar la apertura agrícola. Para ser más equitativos resultaba lógico negociar el acceso a los mercados para los productos agrícolas en los foros multilaterales. Al percibir los reducidos alcances de lo que las potencias agrícolas del mundo habían acordado en materia de eliminación de subsidios y las medidas con efectos equivalentes (como facilidades fiscales), se podía determinar que, en esencia, no hubo concesiones de parte de los países centrales en la OMC ni tampoco en el ALCA.

Es en esta coyuntura que surgió el espacio político para la generación de bloques económicos alternativos como el MERCOSUR y más tarde el ALBA. Es en esta coyuntura también que la globalización desde abajo adquiere una expresión cada vez más amplia. La lucha social se internacionaliza en el nuevo milenio y tiende a vislumbrarse como un bloque de poder alternativo. En la medida en que la globalización neoliberal muestra sus fisuras, la mundialización de la lucha social se desarrolla en cambio. Desde fines de los años noventa observamos protestas permanentes contra las reuniones de las principales potencias, reunidas en el G8, sea donde sea que se reúnan. El Foro Social Mundial adquiere una dimensión planetaria, al tiempo que el Foro Económico Mundial (FEM) de Davos, donde se reúnen los todopoderosos de la tierra, pierde impacto. Para fines de enero de 2008 se ha convocado la movilización mundial de los movimientos sociales, paralelo al Foro Oficial (FEM) de Davos, Suiza, donde se reúnen los dueños del capital. Hay una decisión cada vez más compartida de luchar incansablemente contra la política neoliberal generadora de pobreza, hambre y depredadora de la madre naturaleza y para enfrentar los embates de la política neoliberal de manera articulada en todos los continentes. Organizaciones campesinas con un alcance internacional como Vía Campesina y la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC), pero también organizaciones de mujeres, indígenas o de medio ambiente, juegan aquí un papel central.

3. El proceso de desconexión en América Latina

a. Los fracasos de los tratados de libre comercio

El ALCA fracasó por la misma razón que la OMC: negación de EEUU para ofrecer concesiones en materia agrícola. Conforme fracasaba el proceso del ALCA aumentaban las posibilidades de desconexión en América Latina. Las negociaciones en México sobre el ALCA en 2005, degradaron el proyecto a un “ALCA-light”, es decir se llegó a acuerdos mínimos. En el año 2006 en Argentina se enterró el ALCA en el Mar de Plata de una vez para siempre. Conforme el ALCA se hundía, el movimiento social se levantaba. EEUU buscaba un proceso de anexión más seductora mediante políticas de anexión nacional. Es la política de los llamados Tratados de Libre Comercio (TLC). Ya que no se podía anexar a todos los países a la vez, la idea era anexar un país tras otro, bajo mucha presión. Avances en este sentido se lograron en Chile y en la mayoría de los países de América Central.

El proceso de anexión de América Latina a partir de los Tratados de Libre Comercio (TLC) encontró un nuevo tropiezo en Ecuador en el año 2006. Bastaba la estatización de una empresa transnacional estadounidense para que ese último país parara el proceso. El triunfo de Correa fines de 2006 contra el multimillonario Noboa en las elecciones presidenciales en Ecuador fue seguido por otra paliza electoral en torno a la constituyente infligida el día 15 de abril de 2007. El reciente proceso en Ecuador vislumbra una orientación radical, favorable a un reparto de ingresos a favor de los más explotados, de los más oprimidos. Siguiendo el ejemplo de Argentina y Venezuela, el país dio por terminada la relación con el Fondo Monetario Internacional (FMI), denunció al Banco Mundial y se vinculó con la iniciativa constitutiva del Banco del Sur. Rafael Correa tampoco renovará el acuerdo para ceder la base militar de manta a EEUU a partir de 2009 (Vea, Carlos Gutiérrez, “Cien años de poder naciente”, en Le Monde Diplomatique, Bogotá, Mayo 2007, pp 7).

La lucha contra los tratados de libre comercio continua en América Latina. Varios países se han resistido contra el TLC, donde se destaca el caso de Costa Rica. La Alianza Continental convirtió el Referéndum del TLC en Costa Rica como Campaña Continental por el NO al TLC, dado que se juega la derrota de la estrategia de tratados de libre comercio. El referéndum sobre el TLC en Costa Rica, podría significar una derrota definitiva a la estrategia neoliberal en el continente. El NO al TLC está ganando terreno en Costa Rica. Según una encuesta representativa realizada en junio de 2007 por el Proyecto Estructuras de la Opinión Pública, el resultado es 26,4% a favor del TLC, 34,5% en contra, 16,7% que no piensa votar y un 22,4% que no responde. En otras palabras, más del 60% manifiesta querer votar (bastante más del mínimo de 40% requerido). Del 60,9% de los entrevistados decididos a votar, el 56,8% se manifiesta en contra del TLC  y solo un 43,4% a favor (Jorge Poltronieri, “Gana el NO, según encuesta de UCR sobre el TLC”; Tribuna Democrática, 1 de agosto de 2007).

La eventual victoria del NO en Costa Rica demostrará que los movimientos populares pueden derrotar los TLC´s hasta en los países más pequeños y muy dependientes de la economía norteamericana. De ahí emergerán reivindicaciones en el continente entero que ningún gobierno se adhiera al TLC sin una consulta popular democrática. Parece la muerte anunciada de todos los TLC´s, último recurso no violento del proyecto neoliberal. La coyuntura internacional se torna de esta forma cada vez más a favor de  la generalización del proceso de desconexión en el continente, a menos que el imperio recurre a la violencia bruta. Con las grandes derrotas militares en Medio Oriente y una crisis económica encima, EEUU pierde hegemonía y la política de desconexión parece tener la coyuntura a su favor.

b. El carácter de la política de desconexión en América del Sur

– El MERCOSUR: desconexión sin cambios esenciales

En América del Sur avanza, en el ínterin, cada vez más un proceso de desconexión. El MERCOSUR se opone al ALCA, aunque se inscribe básicamente en el principio de la competitividad. No representa, por lo tanto, un proyecto de izquierda. El MERCOSUR se remonta sobre bases neoliberales y se mantiene sobre las mismas. Es un intento de algunos países, dirigidos por Brasil, de aprovechar los márgenes relativos que les deja la crisis de hegemonía estadounidense. La diferencia con el ALCA es que promueve la política de anexión al interior del mercado regional. Suscribe, en otras palabras, la ley de la competencia, aunque lo hace en un entorno de una menor desigualdad entre los países que participen. El MERCOSUR busca ampliar su mercado para las grandes empresas brasileñas. Es un proyecto de desconexión del proceso de anexión económica impulsada por EEUU, anexando a su vez mercados regionales. El gran teórico brasileño, Ruy Mauro Marini, llamaría la actual política con acierto “el sub-imperialismo brasileño”

El gobierno de Lula, quien sembró la esperanza de millones dentro y fuera del Brasil, hoy es una decepción más. Manifiesta estar a favor del Banco del Sur pero no da su a la implementación; dice que sí al Gasoducto del Sur pero no a su construcción; dice que si a PETROSUR pero no todavía; da su sí al ingreso de Venezuela en el MERCOSUR pero en la hora de verdad hay un problemita en el Senado (Vea, Atilio Boron, “Chávez si pero no” en Rebelión, 6 de agosto de 2007). Es más, en lugar de avanzar en la concreción de estas iniciativas, de acuerdo con Joao Pedro Stedile, líder del MST, Lula selló un “pacto diabólico” con Bush para reconvertir gran parte de la agricultura brasileña a la producción del etanol en desmedro de los alimentos que necesita su propio pueblo.

La alienación propia de la economía capitalista primero convirtió a los alimentos en mercancías para reconvertirlos ahora en combustible. Si se destinaran todas las tierras cultivables de Europa a producir agroenergéticos, apenas abastecerían el 30 por ciento de su consumo de hidrocarburos. La demanda de energía en Estados Unidos, a su vez, requeriría destinar el 121 por ciento de su superficie agrícola a la producción de etanol y bio-diesel. ¿De dónde saldría entonces? Obviamente saldrá de la periferia del sistema, que en estos momentos alberga casi mil millones de hambrientos. En palabras de Stedile, será preciso profundizar el hambre en el Sur para sostener la economía del despilfarro del mundo desarrollado.

El bio-combustible no solo implica una amenaza para la vida de los pobres en el mundo, sino también constituye un riesgo para toda la vida natural. Los efectos nocivos de los agroenergéticos son diversos y profundos, y en muchos casos provocan hasta más gases de efecto invernadero que los tradicionales hidrocarburos. Su explotación masiva causa deforestación, erosión, incendios forestales, aumento del modelo agroindustrial, aumento del uso de pesticidas, fungicidas, herbicidas y abonos químicos, concentración de tierras, desplazamiento forzoso, aumento de violencia contra población indígena y campesina, represión sindical, aumento del uso de semillas genéticamente manipuladas, aumento de trabajo precario, más hambre, aumento del consumo de agua y menos tierras dedicadas a la producción de alimentos. Lo anterior implica una verdadera amenaza para la vida humana y natural (Hendrik Vaneeckhaute, “Biocombustible: la gasolina de la destrucción”, en Rebelión, 10.08.07).

Lula, como embajador del proyecto de agroenergéticos no solo propaga la producción de etanol y bio-diesel en tierra propia sino recorre el continente entero para promoverlo. Tratase, para Stedile,  de un “pacto diabólico”, que no sólo condena a las mayorías de la población mundial a la eutanasia, sino que, además, significa la depredación del medio ambiente en una escala jamás conocida en el planeta. En el corto plazo, además, es una estrategia destinada a debilitar el ALBA y para contrarrestar la creciente influencia que ejerce Chávez en América Latina.

– Génesis de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA)

El ALBA es una respuesta al ALCA que va mucho más allá del proyecto de MERCOSUR. Cuando, en diciembre de 2004, Fidel Castro y Hugo Chávez lanzaron ALBA, la iniciativa parecía representar el marco institucional de los acuerdos que Cuba y Venezuela estaban desarrollando para evitar un aislamiento económico. Desconexión no significa, entonces, optar por la autarquía económica sino más bien apunta evitar el aislamiento económico para encausar un proceso de recuperación de la soberanía nacional en todos los ámbitos. Ambos proyectos tienen en común que fomenten la desconexión del proceso de globalización en América Latina. Ambos apuntan al desarrollo de un proyecto político, social y económico endógeno. MERCOSUR sin embargo se inscribe en la esfera de la competencia y la ley del más fuerte en tanto que el ALBA se orienta mucho más por la solidaridad entre los pueblos. El horizonte del ALBA es una América Latina para los latinoamericanos con lazos solidarios.

Desde fines de 2004 se inició el intercambio cooperativo entre Cuba y Venezuela, como “embrión de una asociación que podría sustituir los principios de la competencia y el libre comercio por normas de complementación y solidaridad. Frente a la amenaza de un bloque económico, resultaba vital la solidaridad entre países desconectados. El ALBA subraya en este contexto la complementación, la cooperación, la solidaridad y el respeto a la soberanía de los países. En esos primeros documentos se refleja todavía la concepción del intercambio comercial como instrumento (no como fin en si mismo) al servicio de la integración. La venta de petróleo venezolano a Cuba se realiza en los términos concesionales por debajo del precio de mercado internacional. A cambio Cuba ofrece su apoyo con la inauguración de centenares centros de salud en Venezuela, la formación miles de profesionales venezolanos en la carrera de medicina tanto en Cuba como en su propio país, la consecuente presencia de miles de médicos cubanos en Venezuela, la participación cubana en los programas de alfabetización, los programas para universalizar la educación a todo nivel (Carlos Tablada, Faustino Cobarrubia y otros, “Comercio Mundial: ¿incentivo o freno para el desarrollo”, Ruth Casa Editorial, 2005, páginas 361-363).  

c. El proceso de democratización del ALBA

Hacia fines de 2005 Bolivia reivindica con la elección de Evo Morales su soberanía nacional y ahonda así el proceso de desconexión en América Latina. La Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), proyectada por Venezuela como alternativa ante el ALCA y el Tratado de Comercio para los Pueblos (TCP), propuesto por Bolivia, como alternativa  ante los TLC´s, son dos expresiones de procesos de desconexión por los pueblos del continente americano ante la dominación y anexión imperialista. La experiencia boliviana encabezada por el MAS-IPSP se rige por una democracia parlamentaria pero posee un componente social, ideológico y político popular no parlamentario que radicaliza la soberanía hacia una soberanía popular. Los pueblos originarios reivindican su derecho a la territorialidad y a un gobierno propio en el marco de una articulación nacional y multicultural. Lo que denuncia el Movimiento Al Socialismo (MAS) es la cultura occidental que imagina que el crecimiento y la naturaleza son infinitos y dibuja un camino hacia una nueva civilización que supera la modernidad al buscar un equilibrio con la Naturaleza a partir de relaciones sociales solidarias, de reciprocidad y de subordinación de lo individual a lo comunitario. La experiencia boliviana no solo apunta a un proceso de desconexión del neoliberalismo, va no solo más allá del capitalismo sino incluso allende la modernidad como su fundamento. Es una desconexión de la modernidad.

La lucha por la desconexión prosigue en el continente con el regreso del Sandinismo en Nicaragua. Se vislumbra pronto otro triunfo electoral en Paraguay. Ya con varios países en vías de desconexión, comienza a tener más factibilidad la idea del ALBA y se ve un futuro cada vez menos favorable para los tratados de libre comercio. Venezuela desde 1999, Bolivia desde 2006 y actualmente en Ecuador, han emprendido una modificación de sus constituciones en un sentido más democrático. El objetivo de la reforma constitucional es reconstruir al Estado, crear dispositivos que garanticen la redistribución de la riqueza, la justicia social, la defensa de la soberanía nacional y la nacionalización de los recursos naturales. A algo más de dos años y medio de su momento fundacional en La Habana, el ALBA une a Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua y proyecta dejar de ser un asunto de unos para convertirse en el espacio de todos. De ahí la propuesta de construir una Federación de Estados del ALBA.

Al principio la propuesta ALBA fue vista sólo como un proyecto de gobiernos, para promover una integración comercial y económica, entre los países de América Latina. En este contexto nace la iniciativa del Banco Del Sur. Argentina y Venezuela se pusieron primero de acuerdo para crear el Banco del Sur. A estos países se agregaron rápidamente Bolivia, Ecuador, Paraguay, y Brasil. El texto redactado por Argentina y Venezuela (el 29 marzo 2007) tiene elementos que provocan rechazo. Afirma que es necesario promover la constitución de empresas multinacionales de capital regional, insistiendo en  que su función sea el desarrollo de los mercados de capitales, de la industria, de las infraestructuras, de la energía y del comercio. La propuesta prevé que los derechos de voto sean  en función del aporte de cada país. Se sigue así el mismo criterio antidemocrático que en el Banco Mundial. Este proyecto no da prioridad a la protección del ambiente o a las políticas sociales, culturales y educativas. (Eric Toussaint, “Banco del Sur”, www.cadtm.org ).

El texto propuesto por Ecuador, en cambio, garantizaba el ejercicio efectivo de los derechos humanos y la aplicación de los acuerdos, criterios y tratados internacionales que se refieren a los derechos económicos, sociales y culturales. Lo más importante de la propuesta ecuatoriana era que estos organismos no deben endeudarse en los mercados de capitales. Ecuador propone otras modalidades entre las que se destaca el cobro de impuestos globales comunes, o sea, diferentes tipos de impuestos globales que serían aplicados por los países miembros y cuya recaudación sería transferida al Banco de Desarrollo, tales como la Tasa Tobin, impuestos sobre las ganancias repatriadas por las transnacionales, de protección al medioambiente, etc. Otra idea en la propuesta ecuatoriana es que el Banco no prestará a las grandes sociedades transnacionales del Sur, como Petrobrás, sino al sector público, a pequeños productores, a las comunidades locales, a los municipios, a las provincias, etc. Aunque la propuesta no agradó a los integrantes del MERCOSUR y quedó en lista de espera, la iniciativa ecuatoriana revela un proceso de democratización del ALBA (Vea, Eric Toussaint, Op. Cit.).

Fines de abril de 2007 se plasmó el proceso de democratización del ALBA. Se creó en Venezuela un Consejo de Movimientos Sociales, integrado a la estructura de ALBA transformando el ALBA en una herramienta incluyente de las amplias mayorías de los pueblos latinoamericanos. Tratase de un ALBA que haga suyo los principios anti-imperialista, humanista, ambientalista. La adhesión de los Movimientos Sociales al ALBA parte del principio de autonomía y la estructura horizontal de los mismos, donde la integración con los representantes de los gobiernos permita el diseño de planes, programas y proyectos coordinados en base a los intereses comunes. El ALBA mantiene su espíritu originario como alternativa que se contrapone al ALCA, pero más allá funcionará como un ente que facilita el diálogo de saberes y la unión de los movimientos sociales entre ellos y con los gobiernos nacionales, estadales, regionales, municipales, comunales, departamentales, que suscriben el acuerdo del ALBA. Se proponen Tratados de Comercio de los Pueblos (TCP), como respuesta a los TLC´s que regirán de acuerdo a los principios establecidos en el ALBA, como vía para lograr el crecimiento equitativo de la región, y como instrumentos de liberación y emancipación de los pueblos de América Latina y el Caribe, frente al imperialismo norteamericano (en www.forumdesalternatives.org, 03.05.207) .

4. De la desconexión a la transición en América Latina

a. ¿Por qué la transición se da en América latina?

Estamos viviendo un cambio de época en América Latina. El proceso de tomar el destino de los pueblos en manos propias avanza en el continente. Después de largos años de pérdida de autodeterminación se fortalece el sujeto colectivo que construye su propio futuro. El ALCA ya fue enterrado en Mar de Plata, Argentina. En octubre se define en Costa Rica el destino de los tratados de libre comercio no solo para Costa Rica sino para el continente entero. El crecimiento por el crecimiento y la acumulación por la acumulación como Norte sufre fuertes sismos en los principales centros financieros. El Sur que orienta a los pueblos del continente es la vida concreta de las
mayorías. Venezuela en su nueva constitución ha colocado al ser humano en el centro de la economía. Bolivia y Ecuador se suman al proceso de cambio y cada vez más pueblos latinoamericanos juntos construyen lazos solidarios. Responder a las preguntas ¿Cómo seguir adelante? ¿Qué hacer? es un reto renovado hoy.

América Latina se volvió el eslabón más débil de la cadena imperialista. ¿Por qué se rompe en América latina? Emir Sader lo adscribe a una combinación de factores. En primer lugar está el agotamiento del modelo neoliberal y el fracaso y el aislamiento de las políticas neoliberales del gobierno Bush en el continente. A partir de ello la resistencia, en especial de los movimientos sociales, acumuló fuerza en la lucha contra el neoliberalismo y a partir de ello surgieron liderazgos y fuerzas políticas que provocaron rupturas con el imperialismo (Ver, Emir Sader, ALBA, del sueño a la realidad” en www.forumdesalternatives.org). Es llamativo que la transformación del campo político dentro del proceso global de la orientación neoliberal de la economía mundial, se da en América Latina y no ha ocurrido en otros continentes de la periferia del capitalismo. Desde el principio de este siglo, la situación sociopolítica del continente latinoamericano muestra una ruptura. En palabras de Theotonio dos Santos, se trata del paso de las resistencias a la ofensiva.

Es interesante colocar este fenómeno en un contexto internacional. Francois Houtart lanza unas hipótesis para entender estas diferencias. La principal es que en América Latina, la fase neoliberal del capitalismo contemporáneo ha sido percibida por la mayoría de los grupos sociales como una agresión, y lo que fue de hecho, cuando en los países asiáticos, tanto los "tigres", como los países "socialistas" (China y Vietnam) y Asia del Sureste (India en particular) la mayoría más bien lo percibe como una oportunidad. En el plano económico, el fracaso rápido del modelo de desarrollismo propuesto por la CEPAL en los años 60, (que corresponde con el modelo de formación del Estado), fue mucho más rápido en América Latina que en el contexto asiático.

La centralización estatal de China y Vietnam fue predominante por razones obvias. El desarrollo de países como Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Hong Kong, se debió a políticas apoyadas por EEUU para parar la extensión del comunismo presente en grandes países como China y Vietnam. Lo anterior promovió la existencia de un Estado fuerte y a una planificación a mediano y largo plazo. En la India, que rechazó en la medida de lo posible el modelo neoliberal, la nacionalización de las industrias de base consolidó un poder político bastante extenso. En América Latina el neoliberalismo en cambio el neoliberalismo fomentó desde su inicio el desmantelamiento del Estado (Vea, François Houtart “De la resistencia a la ofensiva en América Latina: ¿Qué desafíos para el análisis social?”)

En África, el proceso de descolonización relativamente reciente y las enormes dificultades de la transición postcolonial tuvieron como consecuencia centrar la atención más en el campo político que en el económico. El mundo árabe vive el neoliberalismo como una ofensiva occidental de destrucción cultural, más que como una dominación económica. Esta culturización del problema sirve los intereses de las elites locales que reprimen todo movimiento social de izquierda y permite al fundamentalismo islámico canalizar las reacciones. Cuando el imperialismo conlleva a guerras para el control del petróleo, las resistencias toman caracteres muy violentos, como se ve en Irak y en Afganistán, pero sin desembocar en un proyecto político postcapitalista. El hecho que EEUU se ha enredado militar- y políticamente en el Medio Oriente, significó, sin embargo, una mayor dificultad del imperio para reaccionar frente a la actual política de desconexión en América Latina (Vea, Houtart, ob.cit).

De acuerdo con Claudio Katz, América Latina ocupa un lugar periférico en la estructura global del capitalismo, pero cuenta con sólidos recursos para desconectarse y comenzar un proceso socialista. Los cimientos para la desconexión son comprobables en distintos terrenos, como tierras fértiles, yacimientos minerales, cuencas hídricas, riquezas energéticas, basamentos industriales. El gran problema de la zona es el desaprovechamiento de estas potencialidades. Las formas retrógradas de acumulación que impuso la inserción dependiente en el mercado mundial han deformado históricamente el desarrollo regional. No hay carencia de ahorro local, sino exceso de transferencias hacia las economías centrales. El retraso agrario, la baja productividad industrial, la estrechez del poder adquisitivo han sido efectos de esta depredación imperialista. El principal drama que ha causado no es la pobreza, sino la escandalosa desigualdad social, que el capitalismo recrea en todos los países (Vea, Claudio Katz  Socialismo o Neodesarrollismo, en Rebelión).

b. La transición de la desconexión al socialismo del siglo XXI

De la desconexión al socialismo del siglo XXI hay un camino por recorrer. La hipótesis de la inmadurez económica para una alternativa, afirma Katz, está desmentida por la coyuntura actual, que ha creado un gran dilema en torno a quién se beneficiará del crecimiento en curso. Los neo-desarrollistas (los que apoyan el MERCOSUR) buscan la desconexión al canalizar los recursos a favor de los industriales y los neoliberales tratan de preservar las ventajas de los bancos. En oposición a ambas opciones, los socialistas deberían propugnar la desconexión hacia una redistribución radical de la riqueza, que mejore inmediatamente el nivel de vida de los oprimidos y erradique la primacía de la rentabilidad. Los recursos están disponibles. Hay un amplio margen para instrumentar programas populares y no solo condiciones para implementar recursos capitalistas. Si las clases dominantes conciben sus estrategias a nivel regional, también cabe imaginar un proyecto popular a escala regional. Los opresores diagraman su horizonte en función de la tasa de beneficio y los socialistas podrían formular su opción en términos de cooperación y complementariedad económica. Este es el sentido de contraponer el ALBA con el ALCA e incluso con el MERCOSUR (Vea Katz, ob cit).

-La transición en un solo país: retos y dificultades

La  desconexión y posterior transición al socialismo en un solo país, sin embargo, es una lucha constante mientras impere el mercado total en el entorno internacional. El costo económico y social que implica es inmenso. La experiencia cubana ha sido muy ilustrativa al respecto. La reciente desconexión progresiva de más países, sin embargo, permite entablar lazos de solidaridad entre los países, como es el caso del ALBA. Desconectarse de la lógica neoliberal es una cosa, consolidar este proceso es todavía otra. Aunque muy enredados en Medio Oriente, las fuerzas del imperio no temen ahogar sin compasión toda política de desconexión en un baño de sangre y de fuego. Lo anterior es válido sobre todo cuando tratase de un país productor del recurso natural más estratégico, el petróleo y más aún cuando EEUU es el  principal cliente de ese recurso natural.

En este contexto, Venezuela desarrolla su proyecto de resistencia ante la posibilidad de que EEUU lance un ataque contra su país. El plan contemplaba la compra de patrulleras y aviones, la adquisición de submarinos militares, la instalación de una fábrica rusa de fusiles en territorio venezolano y la búsqueda de compromisos con otros pueblos latinoamericanos para sumarse al proceso de defensa. Chávez agregó que sus fuerzas armadas contarán con nuevos radares fabricados en China, país al que también han encargado la construcción de un satélite que sería operado por técnicos venezolanos. Con un desarrollo de las milicias populares y la cooperación militar entre países desconectados, los golpes militares dejarán de ser una opción muy concreta.

La forma prioritaria de garantizar la continuidad en el proceso de desconexión y transición hacia una sociedad alternativa, implica no solo prepararse militarmente de una invasión, sino también defenderse de golpes internos. La necesidad histórica lo ha demostrado el ejemplo de Chile en 1973 con el derrocamiento brutal del gobierno electo del presidente Allende y más recientemente, en 2002, el fracasado golpe en Venezuela. En este contexto, el presidente recién electo de Ecuador, Rafael Correa, pidió a principios de agosto de 2007, de cara a la elección  del 30 de setiembre para integrar una Asamblea Constituyente, que los militares respalden al pueblo ante supuestos planes de  violencia de grupos opositores. Apelando, de cierta forma a valores nacionalistas progresistas, manifestó que no hay que respaldar a un presidente, hay que respaldar a todo  un pueblo que anhela el cambio. Correa ha hecho una alianza con las fuerzas militares, que se materializó en la concesión al cuerpo de ingenieros del ejército de un contrato para ejecutar las obras viales del país. Al pedir el respaldo a los militares ratificó su compromiso de completarles la homologación salarial (aumentos) hasta el 2009. (Vea, Maggy Ayala Samaniego, “Rafael Correa convoca a militares a guerra con los políticos”, El Tiempo, Quito; 03.08.07).

La defensa de la soberanía, sin embargo, va más allá del aspecto militar. También requiere y supone la defensa ante un eventual bloqueo económico. Defenderse de un bloqueo externo de la economía demanda crear formas de asociación con otros pueblos y países generando lazos de solidaridad internacional. Para defender la soberanía, la solidaridad internacional es fundamental. Sin embargo, la defensa contra un bloqueo internacional  supone además una mayor autosuficiencia y sobre todo agrícola. Lo anterior es cierto sobre todo en Venezuela donde la renta de petróleo había generado una dependencia relativamente alta del exterior en materia de consumo agrícola. Tampoco basta una mayor autosuficiencia agrícola. El bloqueo económico no solo puede venir de afuera, sino puede darse y efectivamente se dio en Venezuela en el año 2002 desde adentro, a raíz del paro petrolero. En ese entorno grandes empresarios cerraron sus puertas a partir de una convocatoria de la oposición a paralizar el aparato productivo del país.

Para defenderse de un bloqueo interno se requiere que la economía agrícola y las tierras se encuentren en manos del pueblo asegurando de esta forma, la seguridad alimentaria a nivel popular. Lo anterior demanda una política que estimula el retorno de la población de la ciudad hacia el campo. Tal política debe estimular la organización de comunidades rurales e incorporarles efectivamente a las tierras con vocación de uso agrícola. En este contexto cabe impulsar la economía popular y de cogestión. En Venezuela se había constituido hasta principios del año 2006 unas 100.000 cooperativas y la gran mayoría en las zonas rurales. La nueva Ley de Tierras y Desarrollo Agrario tiene como objeto, entre otras cosas, eliminar el latifundio como sistema contrario a la justicia, al interés general y la paz social en el campo (Vea, Oly Millán, Ministra de Economía Popular, conferencia 26 de mayo de 2006).

Lejos de caminar hacia la autosuficiencia alimentaria, la dolarización en Ecuador ha hecho al país aun más dependiente de un modelo agrícola importador y cada vez más productos agropecuarios se importan desde los países vecinos. Con la dolarización subieron los precios internos de los alimentos básicos. En el Plan Económico presentado en abril de 2007 por el Presidente Correa para el período 2007 – 2011, se prevé fomentar los cultivos de palma y de caña para la producción de etanol y biodiesel. El Plan prevé incrementar a 50.000 Ha cada uno de estos cultivos. Esta propuesta constituye una nueva ocupación del territorio de zonas que tradicionalmente han estado ocupadas por poblaciones locales, y que usan el suelo en la producción de alimentos. Aquí Alejandro Valdéz presenta algunos interrogantes. Estamos frente a una propuesta que privilegia alimentar a los automóviles, en un país en el que la gente padece hambre. Acción Ecológica Ecuador hace en este contexto un legítimo llamado al Gobierno del Presidente Correa, que haga una apuesta por la soberanía alimentaria de todos los Ecuatorianos, y revise su política de biocombustibles (Alejandro de Valdéz, “Ecuador: soberanía alimentaria o biocombustible”; 11.04.2007). Lo anterior implicará, sin lugar a dudas, a crear una moneda nacional a la par del dólar para luego poder desdolarizar la economía.

Ante un eventual bloqueo externo de la economía no solo hace falta la soberanía agrícola, se requiere asimismo como política que todo producto industrial básico que se consume a nivel popular se produzca en el país. Con el proceso de globalización el 80% de la industria venezolana desapareció y la metalmecánica y la industria textil por completo. Lo anterior refleja la situación general en América Latina. Hasta mediados de 2006 se logró recuperar en Venezuela el 40% de la industria perdida. Un 30% de la industria recuperada estaba en manos del gobierno y un 10% en forma privada (Elio Colmenar, Viceministro de industrias ligeras, charla el 26 de mayo de 2006). Para defenderse contra un bloqueo interno, se han promovido la creación de empresas de producción social más allá del agro para asegurar los bienes y servicios que satisfagan las necesidades básicas de las comunidades, es decir, alimentación, vivienda, vestimenta, salud y educación. Para la creación de empresas de producción social se han creado fondos para otorgar créditos bajo condiciones especiales. Para dar viabilidad al proyecto, el Gobierno garantiza la compra de los productos (calzado y ropa destinados para estudiantes y militares) y servicios.

En la creación de empresas venezolanas de producción social se busca además fomentar   un equilibrio territorial para evitar concentraciones en alguna región. Se procura producir, en otras palabras, localmente lo que puede producirse a nivel local. Para fomentar una mayor planificación regional con democracia participativa, el gobierno ha estimulado la creación de empresas medianas cogestionarias donde los trabajadores participan en la toma de decisiones. A mediados del año 2006 existían en Venezuela 77 empresas de este tipo con 60.000 trabajadores y con la proyección de llegar a los 100.000 trabajadores este año (Elio Colmenar, op cit).

El caso venezolano ha revelado que no hay libre opción de instaurar una democracia radical mientras el imperialismo constituye una amenaza real. Ante la amenaza externa hay que buscar la soberanía agrícola y ante un boicot de la oligarquía se requiere una política de seguridad alimentaria. Lo anterior quiere decir que el propio pueblo ha de controlar los procesos de producción agrícola y asegurar la producción y distribución de productos industriales básicos. Ante las múltiples amenazas concretas de muchos servicios en manos privados el proceso lucha por nacionalizar los servicios básicos, como el poder de las telecomunicaciones, el imperio bancario, pero también la educación y la salud, así como la electricidad, el agua, el transporte, etc). Una alternativa aún más radical es poner dichos servicios bajo control ciudadano. Ante la amenaza de una invasión, la desconexión implica lograr la defensa nacional y ante un eventual golpe interno se requiere controlar la seguridad interna. Todo lo anterior requiere un elevado grado de poder central, lo que a su vez demanda obtener fondos para consolidar ese poder. La cadena sigue con un mayor control sobre las materias primas estratégicas que a su vez implica una confrontación directa con los intereses de las transnacionales y con ello con las principales potencias. Gobernar con funcionarios de gobierno con fuerte presencia de la oposición genera conflictos internos. De ahí la tendencia hacía la formación de un partido unificado. Todo ello implica una tendencia a un mayor centralismo en el poder. Con ello se desarrollan las preocupaciones por la pérdida de democratización radical del proceso.   

5. El debate en torno al socialismo del siglo XXI

Toda posibilidad de formular como proyecto de futuro la construcción de una sociedad democrática alternativa al orden capitalista concebida como el Socialismo del Siglo XXI tiene que iniciarse, plantea Edgardo Lander, con un debate sobre la experiencia histórica del socialismo del Siglo XX, especialmente del socialismo que realmente existió en lo que fue su expresión hegemónica, el socialismo soviético. No se puede comenzar por asumir que esa fue la experiencia del siglo pasado y que en las condiciones históricas del nuevo siglo será posible la construcción de una experiencia nueva que no lleve consigo la pesada carga de ese pasado (Vea, Edgardo Lander, “Venezuela: Creación del partido único, ¿se aborta el debate sobre el socialismo del Siglo XXI?”, Caracas 25 de diciembre de 2006).

Como alternativa “superior” al orden de explotación capitalista, el socialismo del siglo XX, en primer lugar, no superó las limitaciones formales de la democracia liberal burguesa, sino más bien construyó un orden autoritario. En segundo lugar está la negación de la extraordinaria diversidad étnico-cultural existente en el planeta, buscando subsumir la rica pluralidad en una cultura “proletaria” homogénea de carácter universal. En tercer lugar y desde el punto de vista del modelo productivo, la experiencia soviética profundizó muchas de las tendencias más negativas del modelo civilizatorio industrial-capitalista: no cuestionó los patrones de producción de una sociedad de crecimiento sin límite. Lo anterior condujo, en términos de Lander, a patrones de destrucción ambiental aun más acelerados que los que han sido característicos de la sociedad capitalista, fenómeno que en la actualidad nuevamente observamos en China.

a. Centralismo versus democracia popular

Entre los debates vitales sobre la experiencia de lo que fue el socialismo que realmente existió en el siglo XX, está el papel del Estado y del partido y sus relaciones con la posibilidad de la construcción de una sociedad democrática. En el socialismo realmente existente, el Estado-partido que copó cada uno de los ámbitos de la vida colectiva, terminó por asfixiar toda posibilidad de debate y disidencia, y con ellos la posibilidad misma de la pluralidad y la democracia. Para evitar que no se repitan los contenidos autoritarios de la experiencia del siglo pasado, entre los debates medulares para un orden socialista democrático del siglo XXI, están los referidos al  carácter del Estado y las relaciones entre el Estado y la pluralidad de formas de organización y sociabilidad que se agrupan bajo la idea de sociedad. Son medulares, en el este sentido, los debates referidos a la búsqueda de las formas político-organizativas que sean más propicias para la construcción de una sociedad radicalmente democrática. Ahora bien, señala Lander, la experiencia histórica sugiere que la identidad Estado-partido no es precisamente la vía que conduce hacia la radicalización de la democracia (Vea, Edgardo Lander, “Venezuela: creación de partido único, ¿Se aborta el debate sobre el socialismo del siglo XXI”).

En un tiempo relativamente corto, la Revolución Bolivariana ha recorrido un largo camino. No sólo se centra en la lucha contra el imperialismo ni sólo contra la oligarquía doméstica, sino la lucha verdaderamente difícil, en la opinión de Michael Lebowitz, está dentro de la Revolución Bolivariana misma: entre una posible nueva oligarquía bolivariana y las masas excluidas y explotadas. Sin lugar a dudas, Hugo Chávez ha logrado recuperar el socialismo como horizonte, tesis, proyecto y camino, afirma el autor. Se trata de un socialismo, humanista, que pone a los seres humanos y no al mercado o al estado por encima de todo. Sin embargo, en el camino para llevar a cabo ese proyecto habrá que dar muchas luchas todavía (Michael Lebowitz, “La luchas por el socialismo bolivariano” en Rebelión, 10.08.07). En la práctica, sin embargo, hasta la fecha, el proceso ha fortalecido el rol del estado e implica la amenaza de una centralización del poder. El proyecto se fundamenta, en la opinión de Ana Maria Sanjuán, en una recuperación del papel estratégico del Estado en la economía, con visos (neo) desarrollistas y soberanistas, y la reivindicación de los excluidos mediante la transferencia de poder político (Ana M, Maria Sanjuán, “Lo bueno, lo malo y lo pendiente“, en Le Monde Diplomatique, agosto 2007, pp 4-6).

En efecto, existe el afán de los ministros del gobierno y de los gerentes en importantes sectores del estado de planificar y dirigir todo desde arriba (un patrón que ha paralizado con éxito algunos movimientos de trabajadores independientes), con una cultura de corrupción y clientelismo. Estas tendencias  pueden ser la base para el surgimiento de una nueva oligarquía. En el pasado reciente hubo una clara tendencia en favor de estimular el desarrollo de una clase capitalista doméstica como una de las piernas con la cual la Revolución Bolivariana debe caminar hacia el futuro inmediato. Apostaban a que Venezuela tuviera una “economía mixta” por un largo tiempo y que existe un espacio para el capital privado en la Revolución Bolivariana. Consideraban que un compromiso por parte del capital de servir a los intereses de las comunidades fuera una condición suficiente para acceder a negocios con el estado y a créditos estatales. Organizaciones capitalistas hablaban de un “socialismo productivo” que necesita capitalistas privados como parte del modelo socialista. En realidad defienden la búsqueda de ganancia y la lógica del capital. De lograrlo, la Revolución Bolivariana, no avanzará sino retrocederá con una (Vea Lebowitz, ob. Cit.).

En Venezuela chocan los proyectos neo-desarrollistas de la burguesía con aquellos con una perspectiva socialista que suele sostenerse en la movilización social. En el pasado reciente, en lugar de darse un proceso en el cual los obreros se hayan ido transformando en la producción a través de la autogestión, han sido dominados desde arriba a través de patrones jerárquicos característicos del estado capitalista y de las empresas estatales. Todas las tendencias orientadas hacia el individualismo de la vieja sociedad se refuerzan con ello, confinando a los trabajadores a desempeñar el rol de adversarios que juegan en el capitalismo. Estos retrocesos han desmoralizado a los obreros militantes. Desafortunadamente, en Venezuela no hay un sujeto colectivo unificado exigiendo el control de los obreros desde abajo para contrarrestarlo.

En Venezuela, afirma Helio Gallardo,  la ausencia de “poder local” de alguna manera ´obliga´ a la dirección chavista a intervenir verticalmente en sus bases de apoyo social. En términos esquemático, la conducción política de Hugo Chávez interviene en los grupos sociales para ganarlos para sus objetivos o para subordinarlos a ellos. Por incidir de manera vertical en los grupos sociales populares para ganarlos para la “causa” el proceso ha conseguido acentuar la polarización en chavistas y anti-chavistas, polarización que tiene caracteres ideológicos y de clase.  La política de desarrollo de la revolución bolivariana incluye una alianza con partes de los sectores empresariales. Este sector, que se llame \’burguesía nacionalista\’, tiene importancia, ya que es un factor de apoyo en el desarrollo de una economía endógena, donde las potencialidades del país se vayan desenvolviéndo, en un momento en que ni el Estado, ni las fuerzas populares están en la capacidad de tomar en manos toda la economía. Venezuela avanza así, como afirma Gallardo, hacia una cultura de enfrentamiento en el marco de un proceso de modernización. En síntesis, la conducción chavista del proceso se caracteriza como uno que contiene clientelas y enemigos (Helio Gallardo, “Bolivia: una experiencia de izquierda alternativa”, en PASOS 129, enero febrero de 2007, pp 15-22).

b. ¿Cómo transformar el poder en poder popular?

En este contexto Helio Gallardo opina que lo que debería caracterizar a las izquierdas latinoamericanas del Siglo XXI no es solo alcanzar el poder, sino transformar su carácter burgués. La transformación de este carácter, excluyente y vertical, o sea centrado en lógicas de dominación, tiene para el autor como referente antropológico la promesa moderna de autoconstitución de sujetos: que la gente alcance control sobre sus existencias en entornos que no determina enteramente. En este sentido, las políticas de “izquierda” en el siglo XXI no bajan desde el Estado, sino se autoconstituyen en sus formas decisivas en el seno de las tramas sociales básicas (Helio Gallardo, “Bolivia: una experiencia de izquierda alternativa”, en DEI revista PASOS 129, enero febrero de 2007, pp 15-22). En este sentido no debemos considerar la  lucha social como una lucha de toma de poder, lo que implicaría apoderarnos de su poder instrumental, sino como una lucha que nos permita desarrollar nuestro propio poder-hacer. La lógica del mercado o del poder estatal centralizado es una lógica que reniega de la subjetividad. La lógica contraria es la lógica de la vida, es una lógica que permite la recuperación de la subjetividad, subjetividad que no es individual, sino más bien social

¿Quiénes entonces son los sujetos de este proceso revolucionario? Volvamos al caso venezolano. Entre los avances más importantes logrados por la revolución bolivariana se encuentra la inclusión política, la recuperación de la dignidad y la visibilidad de los excluidos, la política petrolera para visibilizar la democracia económica y social, además de la recuperación del Estado como eje central de la autodeterminación. El socialismo del siglo XXI como proyecto popular, comienza a instrumentalizarse a inicios del año 2007 y particularmente con la nueva constitución en proyecto para impulsarlo. La nueva constitución afirmaría el poder comunal a fin de desmontar progresivamente el Estado burgués. El proyecto de reforma constitucional propone cambiar el régimen económico regulando, entre otras cosas, las ganancias empresariales dando primacía a distintas formas de propiedad colectiva y a distintas formas de empresa en beneficio social además de apoyar esquenas de cogestión. En forma paralela se transforma el poder del Estado, de un Estado burgués a un “Estado comunal” (Vea Ana María Sanjuán, ob. Cit.).

 Si consideramos que los consejos comunales son los lugares donde las personas no sólo producen soluciones para sus necesidades sino que también se re-producen a sí mismas como trabajadores y trabajadoras colectivos, es posible ver un nexo definido entre la “explosión” del poder comunal y la creación del nuevo partido socialista unido. Ambas están movilizando gran cantidad de personas y tienen un enemigo común: el clientelismo y la corrupción. La misma gente será la que se convertirá “en el objeto y el sujeto del poder” en sus comunidades y no estará dispuesta a aceptar menos en sus lugares de trabajo que en la sociedad. De hecho, el proceso ya está empezando cuando se vincula a los consejos comunales no solo con las cooperativas locales sino también con las empresas estatales para que la producción satisfaga las necesidades locales. En la medida en que los consejos comunales y los consejos de los trabajadores comiencen a coordinar sus actividades, los productores colectivos estarán bien encaminados a tomar posesión de la producción (Vea, Lebowitz, ob.cit.).

La nueva ley de los consejos comunales y la conformación de su institucionalidad, sin embargo, guardan las mismas tensiones entre verticalidad y democracia directa. Chávez y Morales, sin embargo, deben tener en cuenta, tal vez no en forma inmediata, eliminar los riesgos del poder omnímodo del caudillo. Lo anterior demanda formas de participación popular en la gestión pública. Ello implica un control a la corrupción, así como a  una excesiva burocratización en la administración pública. El riesgo del centralismo en el poder en Bolivia es menor que en Venezuela. El Movimiento al Socialismo (MAS) ha tenido la virtud de definirse como una confederación de movimientos sociales. Transformarse en partido le privaría del pluralismo que es, en teoría, la principal de sus virtudes. ¿Podemos imaginar el riesgo de un partido único en la Bolivia pluricultural y multiétnica, como sostiene la vigente Constitución Política del Estado (CPE)? (Vea, Andrés Solís Rada, “Bolivia y el partido único”, Rebelión).

Con el traspaso de los recursos esenciales del nivel municipal al comunal, los consejos comunales pueden considerarse como la base no sólo de la transformación de la gente en el curso del cambio de las circunstancias, sino también de la actividad productiva basada en las necesidades y los propósitos comunales. En el corazón de la nueva constitución en Venezuela está el consejo comunal (basado en 200‑400 familias en las comunidades urbanas y en 20‑50 en las áreas rurales). La lógica es la de una profunda descentralización en la toma de decisiones y el poder. Los consejos, iniciados en el 2006, al diagnosticar democráticamente las necesidades y prioridades de las comunidades, son lo suficientemente pequeños como para permitir que la asamblea general en lugar de los representantes electos sean los cuerpos supremos de toma de decisiones.

Este debate no solo es un desafío para Venezuela, sino también toda una discusión más allá del país. Se desarrolla también en Cuba un debate sobre el Socialismo del Siglo XXI y la radicalización de la democracia (Vea, Pablo Stefanoni; “Los dilemas de la segunda transición cubana”, en Le Monde Diplomatique, abril de 2007, pp6-7). Reinventar el socialismo en Cuba supone reinventar la democracia y este es un paquete completo en la agenda del siglo XXI, afirma Aurelio Alonso. Aquí se retoma el debate sobre la relación Estado y partido. El asunto vinculado al tema de “partidos políticos” no radica esencialmente en que sea uno o sean varios, sino en el significado de la organización partidaria dentro de la institucionalidad política y social. Todo radica en que el sistema no bloquee sino que facilite la participación efectiva de la población en la toma de decisiones y la defensa de sus intereses. En tanto que la crítica tienda a convertirse en el atributo de las instancias superiores y se rechace la relación inversa, indicativa de toda la potencia transformadora del pueblo, la institucionalidad socialista se ve amenazado (Vea, Aurelio Alonso; “Cuba en el año 2007” en Le Monde Diplomatique, abril 2007; pp4-5).

No hay duda de que Cuba está en una época de transición. La incertidumbre es si será una transición del socialismo al (neo) desarrollismo con rasgos fuertes del capitalismo o a un socialismo construido al calor de la discusión desde abajo. Distintas declaraciones oficiales elogiosas del modelo chino o vietnamita permiten entrever la simpatía con una combinación de control político fuerte articulado a enclaves capitalistas basada en una mano de obra calificada y relativamente muy barata. La existencia de dos economías y dos monedas ha generado una fuerte desigualdad social en Cuba entre quienes consiguen acceder al peso fuerte provisto por el turismo, las empresas mixtas o las remesas del exterior y quienes deben conformarse con lo que provee la “parte socialista” de la economía. Lo anterior fomenta el consumismo y significa una amenaza real para la moral de trabajo. Es deporte nacional inventar formas de conseguir la otra moneda y abundan con ello las actividades ilegales para tener acceso a la economía paralela.

En el caso de Cuba hay herencia de la ortodoxia del marxismo leninismo. La última implica la ausencia de oposición efectiva y tiende a una altísima concentración de poder, apuntando al desarrollo nacional en el sentido de crecimiento competitivo entre socialismo y capitalismo. Desde hace años Cuba gana muchas medallas olímpicas en el deporte, tiene un reconocimiento cultural que nada necesita envidiar a muchos países centrales, el sistema de salud de Cuba compite en muchos aspectos con los mejores del mundo y el sistema educacional ha preparado una clase de profesionales de categoría internacional. Sin embargo, el proceso cubano no tiene resuelta la vida cotidiana, afirma Aurelio Alonso. La escasez de alimentos, las condiciones de vivienda, el servicio de transporte y otros servicios básicos dejan mucho que desear. Los bienes duraderos tienen una vida eterna al no existir el poder adquisitivo para sustituirlos por otros más nuevos.  Las prioridades en la vida cotidiana, sin embargo, se definen aún después de décadas de revolución centralmente y no desde abajo. La redefinición de las necesidades desde la base y no más desde el centro del poder pone al socialismo del siglo XXI en el centro de la discusión en Cuba.

6. Posibilidades y realidades de otra racionalidad económica

a. Un cambio de civilización ante los límites de crecimiento

Hoy en día el 20% de la población mundial que más consume amenaza la sobrevivencia del planeta al absorber más del 80% de los recursos naturales. Mientras las economías centrales luchan por el reparto del mercado mundial usurpando mercados ya existentes en beneficio de sus transnacionales, nuevas economías emergentes en Asia son las responsables del crecimiento actual en el mundo. Las economías emergentes se basan en el mismo esquema del consumismo de las economías centrales y ya son responsables de más del 50% del consumo de energía. Desde el año 2000 son responsables del 85% del aumento en la demanda de energía. China por si solo ya absorbió un tercio del incremento de la energía en los últimos cinco años; 50% del incremento en el consumo de cobre y aluminio y el 100% del incremento de la demanda de nicle, estaño y zinc. La consecuencia, sin embargo es que de las 20 ciudades más contaminadas en el mundo 16 ya se encuentran en China. Aunque EEUU todavía es el principal contaminador del mundo, China le llega cerca (Vea, The Economist, 16 de setiembre de 2006: pagina 17).

Los países latinoamericanos que se desconectan del proceso de anexión neoliberal buscan su propio desarrollo endógeno. Ahora bien el neodesarrollismo tiene la tendencia de entrar en la misma lógica del consumismo. Si el mundo entero entrase en dicha lógica, se necesitaría de cinco globos amenazados a muerte. Lo anterior demanda reflexión sobre otra civilización. Para poder aspirar a un desarrollo autosostenido, la actual política de desconexión en América Latina implica no solo enfrentar la apropiación privada de los recursos naturales por las transnacionales y fomentar su nacionalización, sino frenar su explotación desmedida.

b. La lucha social latinoamericana por una civilización distinta

Ante la explotación desmedida, la respuesta de los movimientos sociales indígenas gira en torno a la defensa del territorio con sus fuentes naturales. Su pueblo reivindica otra civilización que no se inscribe en los valores de la modernidad. Esta respuesta adquiere carácter continental en la III cumbre de Pueblos y Nacionalidades Indígenas en Iximche´ como revela la declaración final del 30 de marzo de 2007 (Vea, Ediciones Simbióticas del 2 de abril de 2007). La cumbre responsabiliza a los gobiernos por el permanente despojo de los territorios y la extinción de los pueblos indígenas del continente, a partir de prácticas impunes de genocidio de las transnacionales. La misma ratifica el derecho ancestral e histórico al territorio y a los bienes comunes de la Madre Naturaleza, y al reafirmar su carácter inalienable, imprescriptible, inembargable e irrenunciable, consolida los procesos impulsados para la construcción de los Estados plurinacionales y sociedades interculturales a través de las Asambleas Constituyentes con representación directa de los pueblos y nacionalidades indígenas. Así avanza en el ejercicio del derecho a la autonomía y libre determinación de los pueblos indígenas y reafirma la decisión de defender la soberanía alimentaría.

La lucha social por la recuperación de los recursos nacionales va mano en mano con la recuperación de la soberanía nacional. En este contexto se destaca la Guerra del Agua (1999-20019 centrado en Cochabamba en defensa y reconquista del agua, decisiva para la vida y apropiada por la empresa estadounidense Bechtel. La resistencia social y política estaba centrada en la “Coordinadora de Defensa del Agua y de la Vida” protagonizado por indígenas, juntas vecinales, cocaleros, campesinos, transportistas, etc. En 2003 estalla en Bolivia la Guerra del Gas, centrado en El Alto, bordeando lo insurreccional en recuperación de una de sus últimas riquezas: los hidrocarburos (Vea, Helio Gallardo, “Bolivia una experiencia de izquierda alternativa”, en PASOS 129, enero, febrero de 2007; pp15-22).

La experiencia de la reciente lucha boliviana muestra que la estatización y posterior explotación nacional de los recursos naturales no es la solución para las mayorías. La sobreexplotación de los recursos en sí es el  problema y no apunta al bien común afirma. Si tanto en el mundo capitalista, como en la antigua Unión Soviética, se sacrificaron enteras generaciones de trabajadores a la ideología suprema del crecimiento del PBI como única posibilidad de progreso y si China actualmente se fundamenta en la misma lógica, Venezuela procura con la nueva constitución en marcha, el desafío de tomar un camino distinto en pos del "desarrollo integral del ser humano". La Nueva Constitución en marcha garantiza, entre otras cosas, que Venezuela no se transformará en una maquiladora para producir bienes de consumo baratos para el primer mundo (Vea, Gennaro Carotenuto, “Una larga marcha hacia el socialismo del siglo XXI”, en  www.forumdesalternatives.org) .

Frente a la agresión transnacional de las industrias extractivas y como respuesta, las comunidades latinoamericanas reivindican su lucha por la recuperación de sus territorios y la gestión plena de sus recursos naturales. Para lograrlo, proponen combatir primero que nada la criminalización de esta lucha de los pueblos por parte de los gobiernos ante el poder transnacional. Luego se reivindica el cambio del paradigma del desarrollo extractivista por el de un desarrollo humano sustentable.  En este contexto, los pueblos de Latinoamérica, reunidos en el marco de la Cumbre Social de Integración en Cochabamba en 2006, reivindicaron los siguientes planteamientos:

En el corto plazo

-Fortalecer los procesos de recuperación de la propiedad y control de los recursos naturales y gestión de las industrias extractivas, como un avance real hacia una futura integración continental, respetando, a los pueblos y el medio ambiente, bajo la dirección, el control y ejecución total de los Estados sudamericanos, sin la participación del capital transnacional y rompiendo con el monopolio privado.

-Avanzar en la abrogación de los tratados bilaterales de protección de inversiones reestableciendo la soberanía de los pueblos.

-Garantizar el ejercicio de los derechos sobre el territorio y los recursos naturales de los pueblos mediante la consulta vinculante, veto, etc.

-Garantizar el derecho de las comunidades a la denuncia del accionar negativo de las industrias extractivas y la responsabilidad de los Gobiernos de investigar, esclarecer y sancionar estos casos.

-Incluir dentro de los marcos jurídicos internacionales los delitos ambientales y los delitos económicos.

A mediano plazo

-Priorizar la actividad económica de los países, en función de los intereses de la mayoría de la población, respetando sus actividades productivas tradicionales.

-Dirigir los ingresos generados por las industrias extractivas a garantizar la soberanía y seguridad alimentaria de los pueblos, así como al fomento de actividades productivas que favorezcan la conservación del medio ambiente y el aprovechamiento sustentable de los recursos naturales.

-Romper e invertir la subordinación de los precios internos de los productos generados por las industrias extractivas, al mercado internacional y al nivel económico de las metrópolis del norte.

-Exigir la indemnización y compensación, así como también la reparación por daños activos y pasivos ambientales.

-Hacer prevalecer la autodeterminación de los pueblos latinoamericanos en la gestión de sus territorios en su integralidad.

Al utilizar los recursos naturales para el propio bienestar y al buscar la conservación del medio ambiente y el uso sustentable de los recursos, necesariamente se desemboca en regular el flujo de recursos del Sur hacia el Norte. Su logro, obligaría al Norte fomentar la mayor durabilidad y mejor calidad de los productos finales. Al fomentarlo disminuye la riqueza nueva y aumenta la riqueza presente, es decir, el bienestar genuino, aunque por ello se agote toda posibilidad de acumulación del capital. El sistema agoniza y una alternativa estaría a la vista.

De aquí se deriva el carácter difícil y revolucionario de la lucha por un menor flujo de recursos naturales hacia los países centrales. Se podría lograrlo, en teoría, mediante el establecimiento de cuotas, alzas de precios, impuestos, etc. Lo anterior no se logra impulsar sin lucha tenaz. Esta lucha no puede darse a partir de un solo país latinoamericano. El proceso demanda solidaridad Sur Sur y con la presencia de economías emergentes de peso. China, India y Rusia reivindicaron en este contexto, en Nueva Delhi en febrero de 2007, una “mejor distribución de recursos para el desarrollo, y por un orden mundial “más balanceado”, señalando que Occidente, debe ceder en la forma cómo los limitados recursos están siendo explotados (Rajiv SIPRI, “Están los líderes de Rusia, China y India preparados para un desarrollo radical?”). Al ceder los países centrales en esta materia, la propia racionalidad capitalista estaría en juego. Lo anterior no se da sin una lucha internacional entre Norte y Sur. Llegar a luchas para limitar la oferta de recursos naturales para el  Norte implica en el corto plazo un campo de tensión creciente, con amenazas de guerra incluidas. La actual amenaza de una guerra fría entre Occidente y Oriente, probablemente, debe entenderse en este contexto.

Sin alargar la vida media de todo lo que se produce en el Norte y sin apreciar y cuidar lo que se tiene en la vida, no hay expectativa de mejorar la vida para las inmensas mayorías necesitadas en el Sur. La actual racionalidad económica no solo encuentra sus frenos en la lucha social entre Norte y Sur, sino encuentra aliados en los propios límites de reproducción natural. La economía de derroche tiene su límite en la amenaza de la reproducción natural. A mediano plazo significará alentar a nivel mundial nuevas formas de producción que demandan menos recursos naturales y promover productos con mayor duración de vida y buscar sustitutos a los recursos no renovables. Tal regulación promueve inevitablemente la transición al postcapitalismo a escala mundial al asfixiar toda posibilidad de acumulación.

– Wim Dierckxsens, holandés de origen, radicado en Costa Rica. Coordinador del Foro Mundial de Alternativas para América Latina, miembro de la junta directiva de la Sociedad Latinoamericana de Economistas Políticos (SEPLA) e investigador del Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI).

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