Cuando yo era niño, mi abuela, cuyas raíces son campesinas, al llegar cualquier persona a su casa le decía, “¿quiere agua?”. Más, lo que intrigó siempre, es que luego de que el/la visitante respondiese afirmativamente, ella no le servía el agua, sino, que disponía de un café con pan, bien un almuerzo o una cena. Para rematar, le ofrecía algo para llevar a su familia. ¿Qué extraño?

Ciertamente, podríamos aducir que eran otros tiempos y otras costumbres. ¿Eran otro/as ticos? Ciertamente sí. Ello/as tenían más seguridad ontológica, menos rejas, menos miedo, más solidaridad. Sin caer en un idilio con el pasado, podemos constatar en la cotidianidad, como al subirnos a un bus y le decimos al chofer, o al vecino del asiento, “buenos días, ¿cómo le va?” levantamos sospechas, somos amenazantes, y es mejor viajar 45 minutos o 3 horas sin hablar con nadie, aislado en mi celular, mi ipod, o cualquier Kamaguchi que acrecienta mi indiferencia y mi seguridad personal. ¡Hemos cambiado! Sentimos diferente.

Es triste y preocupante constatar como mucho/as no advertimos estos cambios sutiles que nos han desmoralizado y paralizado la sensibilidad, a tal punto que, aquello que deba ser tomado como solidaridad es espectacularmente anunciado. Hasta ese momento reaccionamos.

Hoy, las prácticas sociales se van privatizando (se hacen mercantiles), están dañadas por el miedo, la desconfianza y la desmoralización: nos atrae el morbo de los accidentes y mutilaciones, el gore periodístico, nos interesa y nos escalofría una niña por la que se baila por un sueño, más se explota su imagen hasta que la saturación de su imagen nos es indiferente, o bien cual si fuese una película observamos como unos perros matan a un ser humano (Natividad Canda) mientas cenamos o comemos palomitas…

Por supuesto, una población atemorizada y desmoralizada es más fácil controlar: Una población bombardeada con basura informacional se hace analfabeta emocional. Una población que desde el 2004 ha sido bombardeada con información sobre el TLC y que en algunos casos (no la mayoría) afirma no entender del tema pero que está a favor o en contra es analfabeta funcional. Un pueblo cuyo horizonte crítico es reducido a un pedestre marketing de “un corazón del no se enamoró de un corazón del sí” implica nuestra altura ética y estética. Muestra con que facilidad la simplificación, la polarización estéril y la no conciencia de las implicaciones político, económico, sociales, culturales una población es minada y fragmentada.

Ciertamente convertir en espectáculo las abominaciones corporales, las fallas del carácter y las condiciones raciales o religiosas son parte constitutiva y naturalizante del control social, por excelencia. Más en la última década, debido a una cultura política empobrecida, a una indiferencia y miedo creciente entre lo/as costarricenses, y a una espectacularización mercantil de seres humanos concretos (que no es más que la marca de nuestra ética y estética) hemos descompuesto el tejido social, le hemos dado un carácter portátil, líquido y virtual, donde cambiar el televisor, no contestar un mail, no sentirnos interpelados y seguir con nuestra cotidianidad sin asumir al otro/a, sin responsabilizarnos, de nuestras relaciones y nuestra complicidad mórbida en este gran concierto de miedo, indiferencia y desmoralización … Cachazas que destetan Cachazas.

No es que los valores se han perdido, ello equivale a una mistificación. Las prácticas de solidaridad, de acompañamiento y reconocimiento, han cambiado, ya no son espontáneas y anónimas. Hoy deben ser espectaculares, deben ser vendibles a los medios, con sus espacios publicitarios y de ser posible que la población vote por teléfono para ver cual debe ser salvado, curado, ayudado, etc. Circo Romano,
ciertamente.

Javier Torres Vindas
Estudiante, UCR