No tiene “relaciones carnales” con EE UU pero se ofrece como amigo y socio

Sería una enormidad decir que la política exterior de Néstor Kirchner se parece a la que tuvieron Carlos Menem y Fernando de la Rúa. Pero no se puede pasar por alto que en 2006 se operó un acercamiento a Washington.

A la hora de evaluar la política externa de un gobierno latinoamericano, en este caso el argentino, se deben tener en cuenta sus definiciones y hechos en relación a dos polos que definen la contradicción principal de la región: el imperio, de un lado, y los gobiernos más antiimperialistas, por el otro. Estimar cómo se comportó la administración Kirchner en 2006 implica un análisis de sus relaciones con esos bloques.

Si 2005 estuvo marcado por la tensión con Estados Unidos, sobre todo al finalizar el año con los desacuerdos con George Bush en la IV Cumbre de las Américas, el año que termina tuvo un sesgo opuesto. Es que en enero de 2006 el mandatario argentino concretó el pago de casi 10.000 millones de dólares al FMI, cancelando por adelantado y en efectivo toda la dudosa acreencia con el organismo regenteado por Rodrigo Rato. Ese fue un gesto práctico de reacercamiento con la Casa Blanca.

La tendencia a la distensión con la superpotencia tuvo un momento de encrespamiento en julio con la realización en Córdoba de la XXX Cumbre del Mercosur, pero volvió a su cauce amistoso en setiembre. Fue cuando el patagónico tocó la campanita en la Bolsa de Wall Street y fue agasajado por los banqueros del Consejo de las Américas.

Esa reconciliación siguió afianzándose en los meses siguientes, cuando la Casa Rosada compró la tesis del Congreso Judío Mundial y el Departamento de Estado norteamericano, declarándole virtualmente la guerra a Irán. El ex presidente iraní Alí Rafsanjani y ocho funcionarios de Teherán fueron acusados por la justicia porteña como responsables de la voladura de la AMIA. El PEN hizo suya esa enormidad, favoreciendo los planes estadounidenses de sancionar al gobierno de Mahmud Ahmadinejad en el seno de la ONU y preparar el terreno político para justificar eventuales acciones bélicas.

La llegada del nuevo embajador Earl Anthony Wayne, el 6 de noviembre, acentuó la buena onda. El diplomático, con antecedentes antiargentinos y de espía, fue recibido cinco veces por el canciller Jorge Taiana. El resto de los ministros, salvo Ginés González García y Daniel Filmus, le dio audiencias y recibió propuestas indecentes sin ruborizarse. La superpotencia quiere volver a las “relaciones carnales” del menemismo y recibe como respuesta que aquí se prefieren las “relaciones maduras” del kirchnerismo.

El centrismo

La derecha argentina, siguiendo las pautas de sectores cavernícolas del capital financiero internacional, califica a Kirchner como un “izquierdista”. Igual que Rato y su secretario del Departamento Occidente, Anoop Singh, consideran que el argentino es un símil de populismo, como Hugo Chávez y Evo Morales.

En realidad Kirchner comparte con éstos la pertenencia política al Mercosur, negocios en materia de energía y de comercio exterior, pero en política no son lo mismo.

El aymará que está en el Palacio Quemado de La Paz introdujo desde el 1 de mayo último una modificación básica en hidrocarburos: la renta que antes iba 82 por ciento a las multis y 18 para el Estado, pasó a ser la inversa. Y eso no sucede en Argentina. Ni hablar del rol del Estado en la petrolera venezolana Pdvsa luego que Chávez quebrara la jerarquía empresaria golpista a comienzos de 2003.

Chávez y Morales son la izquierda latinoamericana, junto al gobierno cubano, y Kirchner y su colega brasileño Lula da Silva son el “centro”, que busca regatear con el imperio apoyándose en aquéllos y en simultáneo no pierde ocasión de deslindarse de la izquierda.

Eso se prueba en que el vínculo con Caracas, si bien se mantiene en buena forma, fue afectado por Argentina al echar prácticamente al embajador bolivariano Roger Capella en noviembre. En esto Kirchner se copió de Michelle Bachelet, quien había expulsado al embajador venezolano en Santiago por criticar el rol de la Democracia Cristiana como cómplice del pinochetismo.

Como buen político que es, el venezolano asimiló el golpe, retiró al diplomático y siguió encomiando la buena sintonía con Buenos Aires. La diplomacia y el comercio tienen razones que a veces el corazón no entiende. Pero está claro que en Balcarce 50 quisieron ponerle un límite a Chávez y darle una satisfacción al matutino que expresa a la Sociedad Rural y la Bolsa de Comercio. Darle tantas audiencias a Wayne y pedir el retiro de Capella fue toda una definición política.

Otro ejemplo de centrismo de las autoridades argentinas se vio en setiembre, cuando deliberó en La Habana la XIV Cumbre del Movimiento de Países No Alineados. Allí se agrupan 118 países de Asia, Africa y América Latina, que mantienen una serie de reclamos históricos a las potencias más desarrolladas (léase imperiales). Argentina no envió ni al presidente ni al canciller, y no pidió la reafiliación al Mnoal, del que se desafilió en 1991 por orden de Menem.

No ir a la cita habanera tenía un fundamento extra. Kirchner está obsesionado en no viajar como prueba de desagrado hacia Fidel Castro por no dejar salir del país a una contrarrevolucionaria cubana. Es un insólito caso de injerencia en los asuntos internos cubanos y toda una zalamería hacia Washington.

Unipolar, no

Para los análisis primarios de Rato-Singh, Kirchner es de izquierda porque deplora las recetas del Consenso de Washington. Para los también primarios Elisa Carrió y Raúl Castells, Kirchner es de derecha y aún fascista, un etiquetamiento que enciende aplausos en “Gaceta Ganadera” y sus columnistas Mariano Grondona y Joaquín Morales Solá.

La verdad es que entre Argentina como país dependiente y la superpotencia subsisten contradicciones objetivas. Incluso la reciente medida del Capitolio prorrogando por dos años las preferencias arancelarias para productos argentinos -implican 600 millones de dólares en exportaciones- fue un alivio pero mostró quién tiene la sartén por el mango.

Además están las diferencias políticas entre el gobierno K y el de George W., que no se agotan en la negativa del primero a seguir al segundo en la invasión a Irak. Hay varios escollos, entre otros el rechazo de Argentina y el Mercosur a aceptar el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca) en los términos concebidos en el Norte.

Con el FMI las cosas no están bien, aunque esto no tiene mayor importancia porque ya le pagó toda la deuda. En la asamblea anual del Fondo y el Banco Mundial realizada en Singapur en agosto último no hubo diálogo entre Felisa Miceli y Rato, que cruzaron críticas en público. Con el organismo presidido por Paul Wolfowitz tampoco hay buena relación, sobre todo luego que el BM votara el crédito millonario para Botnia y realimentara el conflicto de nuestro país con Uruguay.

Más allá del asunto Capella, a los Bush´s boys no les agrada la relación que mantiene Argentina con Chávez. Y esto es así por razones políticas, mucho más allá de que éste desbaratara el negocio de George Soros para apoderarse de Sancor.

Desde el Salón Oval se monitorea el movimiento de chinos y rusos en Argentina, y no les gusta nada. Vieron cómo Nilda Garré viajaba a Moscú y estudiaba la adquisición de material militar. Y tomaron nota de la visita del canciller Sergei Lavrov, invitado a participar de la última reunión de cancilleres del Mercosur, en Brasilia.

También preocupa a Washington la creciente asociación kirchnerista con China, reafirmada por la reciente gira de Taiana por Beijing, Shangai y Nanking, donde firmó acuerdos comerciales y políticos.

En un plano diferente, tampoco agrada el intento de consolidar una relación especial con España y, a través suyo, con la Unión Europea. Es que la superpotencia está empeñada en moldear un mundo unipolar y K, sin ser ningún prócer de la independencia, quiere aprovechar las posibilidades que brinda un esquema multipolar.

Fuente:  www.laarena.com.ar