Realizadas las elecciones, ahora la nación debe exigir a sus empleados, los políticos, urgencia en la reforma política. A ella le tocará librar al Estado de su carácter religioso. ¿Cómo religioso, dirán los incautos, si nuestro Estado es laico, no confesional, digno fruto de la modernidad ilustrada?

Religioso no es sólo el Estado fundamentalista, en el cual quien tiene poder religioso tiene también el poder político y viceversa. Ya Marx, en “La cuestión judía”, había percibido que la religión es la esencia del Estado burgués. ¿Qué reconoce este Estado en un individuo que se encuentra en la pobreza, además de su condición formal de ciudadano?

La Constitución de 1988 ostenta orgullosamente el título de “ciudadana”. En principio toda la población brasileña se siente parte integrante del Estado, aunque una considerable parcela viva en la miseria y tenga como consuelo la renta mínima de la Bolsa Familiar y otras modalidades de asistencialismo. De los 190 millones de brasileños, el 70% sobreviven con una renta mensual inferior a dos salarios mínimos. Sin embargo no estoy contra las medidas asistencialistas, mientras sean provisionales y señalen el rumbo de la puerta de salida, de modo que el beneficiario pueda volverse independiente de los favores del poder público y disponer de medios para garantizar sus propios ingresos.

Una persona en la pobreza sólo puede sentirse parte del Estado si lo representa como un ser superior. En eso consiste el carácter religioso del Estado burgués. La esencia de la religión consiste en la sumisión del fiel a una instancia que lo trasciende, Dios. Es lo que sucede con el Estado burgués, que se presenta como una instancia superior y soberana que no discrimina a nadie y reconoce a todos como ciudadanos.

Esa máscara encubre una cara terrible: la que escinde al individuo en dos. Por un lado el Estado acoge al pobre como ciudadano y reconoce todos sus derechos. Ningún político admitirá jamás que el mendigo de la esquina no tenga derecho a la salud, a la educación, al trabajo y a la vivienda. Por otro lado el Estado lo abandona en la vida real y no le asegura ningún acceso a los derechos elementales.

Ese Estado abstracto, divinizado, es el Estado de una clase y no de un pueblo. Sin embargo, en su índole de Leviatán, de quien detenta el monopolio de la violencia, nunca pierde de vista a ese mendigo de la esquina. Si él roba o mata será castigado con el rigor de la ley. Rigor que no se aplica a los miembros de la clase que el Estado representa y defiende efectivamente. Todos son iguales ante la ley, pero algunos son más iguales que otros…

Ese mismo Estado cuyo brazo represivo no pierde de vista al pobre, de hecho lo ignora cuando se trata de tenderle su brazo administrativo. Las exigencias legales le son impuestas, pero los derechos sociales negados. Que él se arregle para obtener alimentación, salud y educación de calidad. O que se contente con las migajas que caen de la mesa en forma de políticas sociales.

El mendigo de la esquina ignora que, ante los ojos del Estado, él es ‘el vizconde partido por la mitad’, como diría Ítalo Calvino. Por eso no transforma su impotencia en potencia, no se rebela, no protesta, no organiza a los excluidos. Cual pecador en la fila del agua bendita a la espera de su curación milagrosa, el pobre madruga a la fila del SUS, a la distribución de canastas básicas, a la oferta de empleo.

La reforma política será un simple artificio si no saca al Estado de las alturas celestiales en que se encuentra, incensado por la burguesía. Es necesario traerlo al suelo de la vida, de modo que los derechos virtuales de la ciudadanía universal se vuelvan reales, y el ciudadano asuma su debido lugar de sujeto capaz de interactuar con el poder público, a través de vías institucionales que le permitan controlarlo y dirigirlo.

Mientras esa reforma llega, se espera al menos del presidente Lula, que admitió públicamente, en los comicios del 22 de octubre, que el Estado sólo tiene ojos para los ricos, haga que su gobierno destine más recursos para los pobres, inyectando en Salud los US$ 20 mil millones/año previstos en la Constitución; y en Educación al menos el 5% del PIB; y que lleve a cabo el Plan Nacional de Reforma Agraria, promesa del 2002, a fin de que la Bolsa Familiar encuentre su puerta de salida.

– Frei Betto es escritor, autor de “Bautismo de sangre”, entre otros libros

Traducción de J.L.Burguet