Dos meses después de los atentados, un libro editado en Bs.As. reveló que los mismos contaron con el visto bueno de la Administración estadounidense. El fascismo lanzaba su ataque global.

¿Quiénes son y por qué se quejan Thomas Kean y Lee Hamilton? Presidieron la comisión oficial investigadora de los atentados del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York y Washington. Acaban de publicar el libro “Sin precedente: la historia interna de la comisión 11 – S” y sostienen que la Casa Blanca obstaculizó su trabajo con infinitas y variadas maniobras de ocultamiento.

Afirman también que el propio presidente George W. Bush y su vice, Dick Cheney, fueron y son los más empedernidos silenciadores de lo hechos, y que, en esa tarea, cuentan con el apoyo de un grupo de asesores encabezado por el actual secretario de Justicia, Alberto Gonzáles, y por la mayoría republicana en el Congreso.

Fue Gonzáles el responsable de impedir que se investigue y discuta aquél informe del 6 de agosto de 2001, firmado por el entonces director de la Central estadounidense de Inteligencia (CIA), George Tenet. El título del informe en cuestión es “Ben Laden decidido a atacar en Estados Unidos” y, como ya se habrá notado, fue elaborado y elevado a Bush algo más de un mes antes de los atentados.

No pasará mucho tiempo hasta que Kean y Hamilton se animen a reconocer en público lo que ya muchas veces han admitido en conversaciones reservadas: si la comisión hubiese trabajado con total libertad, sin las obstrucciones planteadas desde la burocracia del Ejecutivo, los estadounidenses tendrían la confirmación de que los atentados del 11 – S fueron parte de la más macabra operación encubierta nunca antes planificada y ejecutada por un gobierno de Estados Unidos, dentro de su territorio.

Varios investigadores estadounidenses y de otros países han trabajado en los últimos años sobre ese tipo de hipótesis y constataciones. Entre ellos el prestigioso intelectual demócrata Gore Vidal, autor del libro “Dreaming Wars”.

La primera de esas investigaciones publicadas fue la perteneciente a quien esto escribe. El libro “Bush & Ben Laden S.A.” (Editorial Norma, Buenos Aires, noviembre del mismo 2001) sostiene y prueba que en la conspiración participaron en forma coordinada funcionarios de la Administración y los sectores más concentrados del sistema empresario corporativo con asiento en Estados Unidos.

Entre ellos, grupos del sector seguros, consorcios financieros – bancarios y para bancarios -, elementos rectores del complejo bélico industrial y hasta operadores oficiales dentro de la estructuras del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Uno de los más activos autores intelectuales de los atentados fue el entonces número dos del Pentágono, Paul Wolfowitz, quien – no por casualidad – luego pasó a ejercer el cargo que aún ocupa, titular del BM.

En el diseño y puesta en marcha del plan participaron en forma directa Cheney, la por aquellos tiempos máxima jefa del Consejo Nacional de Seguridad y actual secretaria de Estado, Condoleezza Rice y el jefe de Wolfowitz, Donald Rumsfeld, quien continúa al frente de la secretaría de Defensa.

Como bien recuerda el libro “Los nuevos mandarines del poder americano”, del académico Alex Callínicos, de la Universidad de York, Wolfowitz perteneció a los equipos de Richard Nixon Y Ronald Reagan, como embajador en Indonesia. Fue también el ideólogo de la invasión a Irak, en 2003, para que, como él dijo, “ese país deje de nadar en petróleo”, y en silencio trabaja ahora en el diseño de la política de Washington en Irán.

Wolfowitz fue el discípulo preferido del “gran pensador” de la Guerra Fría, Albert Wohlstetter; estudió en la Universidad de Chicago y fue alumno también de Allan Bloom, “mentor espiritual” de la ideología neoconservadora o “neocon”. Asimismo, con fuertes vínculos en la ultraderecha israelí, fue el arquitecto de la actual estratégica alianza que defiende Bush con Tel Aviv.

Durante la década del ´80, esos cuadros políticos de la ultraderecha estadounidense, casi todos ellos con el respaldo de organizaciones sectarias de fundamentalistas cristianos y judíos, comenzaron a trabajar en un diseño estratégico apoyado sobre los siguientes pilares.

Control de los resortes políticos de la Administración; despliegue militar a escala global; recuperación del control hegemónico absoluto de las grandes reservas de recursos naturales en todo el globo; reidentificación de “enemigos” (mundo árabe) y de “hipótesis de conflictos post Guerra Fría (guerra global contra el terrorismo”; definición y puesta en marcha de escenarios políticos y acciones propagandísticas tendientes a la generación de “opiniones públicas favorables, tanto doméstica como internacional, a la consigna confrontación total contra el terrorismo”.

Programas de este tipo fueron comentados y elogiados desde publicaciones neoconservadoras como The Weekly Standard, dirigida por William Kristol, y se basan en los antecedentes doctrinarios de Leo Strauss, académico de la Universidad de Chicago, fallecido en 1973.

Uno de los discípulos de Strauss, Abram Shulsky, tomo algunos de los ejes teóricos de su profesor para construir la teoría de lo oculto. “La acción del gobierno, como gestor de alta política, debe propender a la búsqueda de consensos por medio de la mentira, entendiendo a ésta como propaganda, tanto desde el discurso como desde la acción, incluso cuando esta pueda aparentar ser opuesta a nuestros intereses y repugnante a nuestras conciencia”, afirmaba Shulsky en una de sus tantas conferencias ubicables en la biblioteca de la Universidad de Chicago.

Shulsky inspiró a Rumsfeld cuando éste se decidió a crear, con el visto bueno de Bush, la llamada Oficina de Planes Especiales, aparato de poder que tomó estado público como orientador político de la invasión e Irak en 2003, pero que en realidad comenzó a operar en enero de 2001, con su primera misión: “conmover a la opinión pública estadounidense y mundial, para comenzar entonces con nuestra estrategia infinita y guerra global contra el terrorismo”.

Nueve meses después el mundo vio en directo los atentados contra las Torres Gemelas gracias al don de ubicuidad -casi de carácter divino- que tiene la CNN. Las voces en privado de Kean y Hamiltón deberían convertirse en públicas. Y toda identificación entre los programas revelados en este artículo y las prácticas políticas del actual gobierno de Estados Unidos en el mundo – por supuesto también en América Latina – no es consecuencia de la casualidad.

Fuente: Agencia Periodística del MERCOSUR (APM), Mar del Plata / Argentina
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