En Argentina cuando falta más de un año para las elecciones nacionales algunos políticos van poniendo en condiciones las maquinarias propias y las partidarias que, como sucede frecuentemente, tenderán a forjar nuevos intentos para hacerse del poder o mantenerlo a cualquier costo; y particularmente buscando el menor compromiso con el ciudadano. Ese compromiso que tanto les molesta y que su ausencia los libera.

Una vez más la cuestiones partidarias pasarán por la fuerza, ahora abonada por las reiteradas amenazas emitidas desde el “eje del poder”, que un grupo de supuestos iluminados pueda imponer sobre aquellos que necesitan de los pactos y acuerdos impunes para no perder los beneficios de todo tipo que supone gobernar y legislar.

Hasta el día de las elecciones la participación ciudadana estará como siempre nuevamente ausente, salvo para los actos y concentraciones que se irán haciendo para demostrar fortalezas, las que contarán con la disposición de medios, dineros y presiones de cualquier tipo provenientes de las rentas públicas. Esas tristes imágenes de humanos trasladados como ganado, o bien un chorizan reemplazando a la zanahoria nos recuerda la fábula.

La caterva dirigencial de los partidos y movimientos políticos irán buscando colocarse a uno u otro lado del “eje del poder”, desde donde mezquinamente articularán las formas de hacer todo aquello que deba ser hecho, por supuesto que en sus propios beneficios. Léase traicionar al ciudadano y relegarlo a la condición de “pone votos”.

Durante estos tres años de hegemonía kirchnerista tan adornada por interminables y penetrantes vociferaciones y con algunas decisiones acertadas en los hechos llevados adelante -aunque muy vacías de una definición ideológica clara y precisa- donde el autoritarismo y patoterismo se hizo carne desde el presidente hasta los eslabones más lejanos del poder real, muchos personajes han tenido que adoptar decisiones que se encuentran peleadas con un pasado y con las pertenencias logradas en el campo político, sindical, social, popular, periodístico, empresario, etc.

Solamente un hecho imprevisible, o la suma de ellos, pueden torcer el acompañamiento cívico que el kirchnerismo tendrá en los tiempos futuros -mediatos e inmediatos-. La fauna política preferirá, una vez más, convalidar cualquier tipo de políticas con sus abigarradas intenciones antes que oponerse desde una posición crítica y superadora, convalidando así un modelo democrático no participativo en donde la representatividad está ajustada a las mentiras y fraudes ideológicos que no lograrán quebrar la dirección del proyecto vigente. O sea, el mantenimiento del “eje del poder”.

Con una caja superabundante, con todas las manos necesarias en las cámaras del Congreso para convalidar las políticas presidenciales y con los representantes y ejecutivos en cada una de las provincias rendidos al “eje del poder” es muy poco lo que se puede esperar de la aparición de aires nuevos. Menos aún, la posibilidad de que se produzca una construcción de nuevos espacios de representación que pongan freno y límites a los abusos del poder y que puedan diseñar, o esbozar al menos, un esquema creíble para la proposición de cambios de rumbos para lograr saltar las barreras de las injusticias sociales, ampliar el campo del trabajo y las posibilidades del pueblo, lograr el mejoramiento de la educación y de la seguridad social, entre otros asuntos urgentes.

Claro está que nadie puede, a esta altura de los acontecimientos y del conocimiento de quién es Kirchner, pensar que bajo el pretexto de un progresismo disfrazado no serán muchos los que se opongan al poder dominante y decidan construir o reconstruir, como en muchos casos es necesario, espacios que disputen el poder, tanto desde la izquierda como desde la derecha.

La bonanza en la recaudación del Estado, el contexto regional favorable, los grandes negocios y negociados logrados con una política económica y cambiaria ajustada a las necesidades de las grandes concentraciones de capital; junto con políticas activas desarrolladas al amparo de superpoderes, con escaso o inexistente debate político parlamentario y preferentemente armadas desde la necesidad y la urgencia dentro de una emergencia económica y social endémica, donde los parches que se van poniendo a medida que los reclamos sociales se hacen insoportables son hechos de la realidad que nadie puede desconocer o soslayar. Salvo, seguramente, que sea un beneficiario más del modelo imperante.

La publicidad y la propaganda perfectamente impuestas, diseñadas, contratadas y generosamente pagadas por el “eje del poder” martilla incansablemente sobre la opinión pública: la forma, la moldea y la domestica a su real y reverendo antojo. Cuando cualquiera, y desde donde sea, alza la voz para emitir juicios o prédicas que no agradan al gobierno son tapados, impugnados y descalificados al mejor estilo que el autoritarismo impone sin sonrojarse, alentado por aplausos y risas de todo el funcionariato.

En este contexto reinante se hace prácticamente imposible generar otras opciones o al menos conseguir cambios y consensos en los caminos a seguir. Porque la respuesta es y seguirá siendo siempre la misma: “comparen con lo que sucedía antes”. Claro que ése antes tuvo como protagonistas, socios y acompañantes a los mismos que hoy reniegan de su pasado complaciente y que los encontraba ayer apoyando a los que hoy critican, no sin razón por supuesto. Ahora de vil manera se hacen los distraídos y los inocentes desde una posición tan mendaz como intolerable, cuándo no echan mano a supuestas, que conocemos falsas e indignas, defensas anteriores de los Derechos Humanos.

En fin, la cuestión del futuro es clara. No habrá ningún cambio posible y menos siquiera la perspectiva de su construcción en el corto plazo si como pueblo no nos decidimos a que así sea.

Quizás sea posible y esperable, tanto como deseable, que el futuro no sea tan previsible, que la Argentina pueda vivir momentos de mayor participación, y que entre todos podamos cambiar este “eje del poder” para que sea posible el “eje del pueblo” el que ponga a los representantes al servicios de un país digno, justo, libre y soberano.

Perder estas esperanzas en algún sentido sería perder nuestro derecho de ser ciudadanos libres.