El mundo de nuestros días, en líneas generales, se ha convertido en un universo de creciente exclusión y desamparo, en donde muchos de nuestros hermanos, que viven en situaciones de marginalidad, alienación y pobreza, ven sus necesidades básicas insatisfechas y sus derechos humanos violentados. Algunos de los que están en esta situación, tienen la firme convicción de haber perdido el control sobre el devenir de su existir, el cual se encuentra marcado por una cotidianeidad en donde impera la impotencia, la falta de sentido, el aislamiento social y un desmedido egocentrismo.

En este contexto, la Iglesia, como depositaria y servidora del mensaje de Cristo, está obligada a realizar un serio esfuerzo de discernimiento, desde la fe, sobre todas aquellas cuestiones que atentan contra la vida del hombre. Por su parte, “ a los seglares corresponde, con su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que viven ” ( cf. Pablo VI, Enc. Populorum progressio, N. 81 ).

Ahora bien, estas palabras nos interpelan como cristianos en, cuanto menos, dos sentidos. Por un lado, nos comprometen a reconocer en la violación de los derechos humanos, que afecta principalmente a los sectores mas humildes de nuestros pueblos, y que tiene su raíz en estructuras económicas y políticas que originan condiciones de extrema vulnerabilidad individual y social, una fuente de pecado, ya que favorece la degradación y humillación humana, y genera situaciones de dominación y sometimiento. Y, por otro lado, nos obliga, allí donde existe una necesidad no satisfecha, a actuar eficazmente en defensa de la dignidad humana, condenando cualquier tipo de atropello que se realice contra nuestros semejantes, y asistiendo a quienes carecen de todo aquello que es imprescindible para subsistir ( cf. Lc. 10, 29-37 ).

Por estos motivos, a semejanza de Jesucristo, debemos realizar una opción firme, preferencial y solidaria, pero no excluyente, por quienes viven en situaciones de inhumana miseria, y sienten en su ser el peso del humillante flagelo de la exclusión social, política y cultural, ya que en los desheredados – enfermos, encarcelados, hambrientos, solitarios, sedientos y desnudos – hallamos el rostro del Señor ( cf. Mt. 25, 31-46).

De esta manera, y tomando la Palabra de Dios con la decisión y lucidez que se requieren para transformar nuestra cultura, podremos realizar acciones concretas, humanizantes y liberadoras, y no solo “decorativas”, a favor del pueblo que demanda justicia, libertad, respeto de sus derechos fundamentales y satisfacción de sus necesidades elementales. En otras palabras, la fe en Cristo, junto con la esperanza y la caridad, es la única vía a partir de la cual podremos crear un espacio de paz, justicia y solidaridad para quienes hoy sufren el menosprecio y la indiferencia de los demás.

– Lic. Daniel E. Benadava es psicólogo