Poco tiempo después de que el presidente Kichner en la Rioja afirmara que la muerte del Obispo Angelelli no fue accidente sino asesinato (5 de Agosto 2005), el episcopado manifestó públicamente que propiciaría la reapertura del caso Angelelli en la justicia. Acaba de reiterarlo el nuevo Obispo de La Rioja, Mons. Rodríguez que ocupa la vacante dejada por Mons. Sigampa, ascendido a Arzobispo en base seguramente al mérito de haber dejado de lado la persona y los criterios de Angelelli para gobernar su diócesis.

Hay, oficialmente una recuperación de la figura de Angelelli. El trigésimo aniversario de su muerte será celebrado en muchos lugares convocando a quienes hace un tiempo no querían ni oír hablar de él. Ahora, en que la jerarquía católica, como sacudiéndose una pelusa molesta de la solapa, ha decidido tenerlo en cuenta para contrarrestar una variedad de acusaciones brotadas desde todos los sectores, muchos se atreven a nombrarlo como modelo de padre y pastor.

Nunca me atrevo a señalar segundas intenciones en las declaraciones y proyectos de los gobiernos. Sí me aventuro a indagar ese asunto en el proceder de la jerarquía eclesiástica que conozco profunda y largamente. Aunque muchos respiran aliviados y dicen ¡por fin el episcopado va a cumplir con uno de sus más meritorios miembros en los tiempos difíciles!, creo que no se trata de eso, sino de un recurso para terminar con tantos argumentos que los señalan como cómplices desde el silencio y la complacencia de ayer y de hoy con los responsables de la represión militar.

Y el signo más evidente de esos propósitos es que, junto con el proyecto de reiniciar el juicio interrumpido por el indulto menemista que, a su vez recibió aprobación del episcopado como condición indispensable para la reconciliación de los argentinos, se evita en todo momento hablar del mártir Angelelli.

La esperanza está puesta en que, transcurrido tanto tiempo de los hechos, desaparecidos los testigos y las pruebas inmediatas, el juicio caminará a pasos de tortuga y entre descubrir complicidades de la justicia y ocultamiento de pruebas, y hasta con una posible exhumación del cadáver, todo se irá diluyendo como tantos otros crímenes en que las influencias políticas impidieron la sentencia final.

Llamar a Enrique Angelelli mártir significa reconocer un modo heroico de ser iglesia, el de la denuncia profética en tiempos y circunstancias de dictadura y opresión. Y significa sobre todo afirmar culpabilidades y complicidades. Que es precisamente lo que se pretende evitar.

Por eso afirmo que nos están robando a Angelelli, el obispo santo y mártir, porque con criterio político se comprometió tomando partido por los desheredados y oprimidos de su diócesis arriesgando y entregando finalmente su vida.

El pueblo lo ha canonizado. Toda una comunidad cristiana de Latinoamérica y el mundo está marchando sobre sus huellas. No hace falta dejar aclaradas las circunstancias de su muerte en los tribunales. No hace falta otra canonización que nunca llegará porque dejaría al descubierto no sólo delitos civiles sino también complicidades eclesiásticas. Basta con la canonización popular, como en los primeros siglos.

No nos lo dejemos robar.

– Pbro. José Guillermo Mariani

Fuente: http://www.sintapujos.org