El tema de Irán está llegando a un punto explosivo, al conocerse una serie de informes que surgen de la administración Bush que hablan de un ataque militar, e incluso de la posibilidad de usar bombas “bunker” nucleares para “destruir” la capacidad nuclear de Irán. Aún en el caso de que se elimine el escenario del uso de armas nucleares, la movida para colocar a Irán en el marco del Capítulo VII en el Consejo de Seguridad y luego legitimar la futura acción unilateral estadounidense disimulada bajo el fino velo de una resolución de las Naciones Unidas, nos deja un sensación de “deja vu”. Una vez más, hay informes para nada sustanciados sobre la presencia de armas de destrucción masiva y la ascendente generación de una guerra de histeria sobre una futura amenaza para el “mundo civilizado” a manos de un Irán con armas nucleares, seguida de la posibilidad de una nueva y desgraciada aventura militar estadounidense en Asia Occidental.

Dicho ataque militar probablemente no será una acción puntual, como fue el golpe de Israel contra la planta iraquí de Osirak. Un simple juego de guerra mostraría que ese ataque debe ser seguido por un bombardeo aéreo permanente del tipo del que vimos en Yugoslavia, y la total destrucción de la capacidad industrial y militar de Irán. De lo contrario, Irán podría infringir serios daños a los intereses estadounidenses en Asia Occidental y a Israel.

Para las personas sensatas, esta perspectiva es horrenda. El mundo ya tiene que cargar con el colapso de Irak como nación, un desastre humanitario de gran envergadura, acompañado por la pérdida de petróleo que se usa para el abastecimiento de la economía mundial. Es posible pensar que un ataque sobre Irán podría implicar el bloqueo del estrecho de Hormuz a través del cual circula el 70% del petróleo del mundo. En el mejor de los casos, significaría la reducción de la oferta iraní en un futuro previsible y la suba del precio del petróleo que podría superar los US$ 100 por barril. La economía mundial, que ya está en el filo de la navaja, entraría en una catastrófica espiral descendente que traería inenarrables miserias a la población en todo el mundo. De producirse una depresión económica así, los países más pobres y los pobres del mundo serán quienes seguramente lleven la peor parte.

La causa contra Irán se sustenta en que el país ha instalado una cascada de 164 centrífugas en Natanz para el enriquecimiento de uranio, abriendo así el camino a la construcción de una bomba atómica iraní. El argumento que esgrimen Estados Unidos y la Unión Europea desde hace un tiempo es que al enriquecer uranio, Irán adquirirá la capacidad de construir armas nucleares, y que esto es inaceptable. Lo que no dicen es que Irán tiene derecho a enriquecer uranio en el marco de su programa de energía nuclear, de conformidad con el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP).

Incluso si aceptamos que Irán tiene planes a largo plazo para desarrollar armas nucleares utilizando el programa de energía nuclear para encubrirlo, el número de centrífugas instaladas actualmente es insignificante para representar una amenaza real. Irán necesita por lo menos entre 1.500 y 2.000centrífugas para enriquecer la cantidad de uranio de calidad armamentista necesario para producir una o dos bombas por año. En cualquier caso, faltan entre 5 y 10 años para que ese escenario sed transforme en realidad. Irán ha declarado reiteradamente que está dispuesto a abandonar el enriquecimiento de uranio excepto a escala de laboratorio, y a recibir de Rusia el suministro de uranio enriquecido para su programa de energía nuclear. Pero en lugar de negociar sobre estas bases, Estados Unidos –en colusión con los europeos- intentan empujarlos a una posición en la que se vean obligados a abandonar el TNP o a declarar que seguirán con el enriquecimiento de uranio a escala total. En cualquiera de estos casos, Estados Unidos podrían utilizar esto como justificación para un ataque militar, argumentando que existen riesgos para la seguridad futura.

Si miramos los últimos tres años de la crisis que se le ha impuesto a Irán, quedará claro que tiene muy poco que ver con las violaciones que pudiera efectivamente haber cometido el país. Sin embargo, estas acusaciones son las que se usan para negarle al país su derecho de participar en el marco del TNP en el ciclo de la energía nuclear. Como esa restricción sería obviamente ilegal según los términos del TNP, el caso que se presenta ante la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA, o IAEA por sus siglas en inglés) acusa al país de no haber brindado antes la información completa sobre su programa nuclear, y en consecuencia, que le corresponde al país presentar evidencia de que no tiene un programa clandestino; y mientras no presente esas pruebas, se le debe negar el derecho. A pesar de esto, después de las investigaciones, la OIEA ha aceptado que las violaciones son de procedimiento y de presentación de informes y que no ha encontrado ninguna prueba de que Irán realice actividades que infrinjan el TNP.

Probar lo imposible

Es importante registrar aquí que lo que Estados Unidos y sus aliados europeos le exigen a Irán es que pruebe lo imposible. Es simple probar que uno ha hecho algo, ya que siempre se puede mostrar evidencia de lo que se ha hecho. Pero si se le pide a uno que pruebe que no ha hecho algo, esto resulta imposible. ¿Cómo se puede producir evidencia negativa? ¿Qué clase de prueba puede ser suficiente? Ésta es precisamente la estrategia adoptada por Estados Unidos también en Irak. Día tras día, la exigencia era que Irak informara dónde había escondido sus armas de destrucción masiva. Negar la acusación constituía de por sí evidencia de que Irak no estaba cooperando con los inspectores. En otras palabras, en Irak antes y en Irán ahora, la única prueba que dejaría contento a Estados Unidos es la prueba de su culpabilidad. Cualquier otra cosa solamente probará que Irán no está dispuesto a brindar toda la información. Esto es lo que se esconde detrás de la insistencia de Estados Unidos en que Irán pruebe que no está violando el TNP.

Previo a la resolución de la OIEA que refirió a Irán ante el Consejo de Seguridad, los inspectores tenían acceso irrestricto a las instalaciones nucleares de Irán. En vez de continuar con las inspecciones, que podrían haber dado aún mayores certezas de que Irán no estaba escondiendo nada, Estados Unidos y sus aliados europeos se precipitaron a recurrir al Consejo de Seguridad. La disposición para referir el asunto al Consejo de Seguridad exige encontrar evidencia de actividad clandestina. El jefe de la OIEA, El Baredei, en vez de presentar esa evidencia, publicó un informe estableciendo que aunque no se había encontrado evidencia de dicha actividad, Irán no había podido presentar la imposible prueba negativa de que no había ocultado nada. Esto es coherente con una serie de informes anteriores de la OIEA sobre Irán, donde establece que “no puede confirmar la ausencia de material y actividades nucleares no declaradas dentro del territorio iraní”. Sobre la base de este hallazgo negativo, el tema fue referido al Consejo de Seguridad, contando también con la connivencia del gobierno indio, en una maniobra que fue evidentemente ilegal.

Una vez más el paralelismo con Irak es sorprendente. A diferencia del mito que publicitan los medios occidentales, no fue Saddam el que solicitó a los inspectores de armas que abandonaran el país. Los inspectores de la OIEA se retiraron explícitamente a solicitud del Reino Unido y Estados Unidos, cuando éstos se decidieron a llevar adelante una campaña prolongada de bombardeos en Irak. Éste es también el caso de Irán, ya que el país había acordado suspender el enriquecimiento de uranio y aceptado voluntariamente el régimen de inspecciones mucho más invasivo que estipula el Protocolo Adicional del TNP, mientras negociaba con la UE el curso futuro de su programa nuclear. También había dejado claro que si el tema era llevado al Consejo de Seguridad, Irán abandonaría este régimen restrictivo autoimpuesto que estaba aceptando. Fue sólo después que el tema fue llevado al Consejo de Seguridad que Irán reinició su actividad de enriquecimiento de uranio y se desentendió de sus obligaciones bajo el Protocolo Adicional.

Si analizamos las acciones de Estados Unidos, quedará claro que su intención fue siempre empujar a Irán contra las cuerdas. No tenía ninguna intención de negociar un acuerdo en el que Irán renunciara a algunos de los derechos que tiene actualmente en el marco del TNP a cambio de obtener garantías de seguridad, y la certeza de contar con el suministro de uranio enriquecido de otro origen. Desde el comienzo, la intención fue obligar a Irán al camino de la confrontación, después de la cual fuera posible para Estados Unidos declarar que “todas las opciones, incluso la [intervención] nuclear están sobre la mesa”.

Agenda a largo plazo para reconfigurar el TNP*

Aunque la agenda inmediata es obviamente un cambio de régimen en Irán, hay también otro objetivo de más largo plazo para Estados Unidos. Consiste en cambiar el actual régimen del TNP, para negarle a una serie de países su derecho al ciclo de energía nuclear.

El convenio de no proliferación de armas nucleares es simple: todos los países que todavía no han producido la bomba atómica renuncian a desarrollarla, a cambio de obtener acceso irrestricto al conocimiento científico, la tecnología y los materiales para desarrollar un programa de energía nuclear. El único acuerdo que se les exige es que no harán la bomba atómica. Éste es el convenio que Estados Unidos y otras potencias que poseen armas nucleares ahora quieren cambiar.

Lo que Estados Unidos y sus aliados buscan en esta etapa es que a pesar de que ellos no cumplan con su parte del trato de negociar de buena fe el desarme nuclear, los países que no tienen armas nucleares renuncien también a su derecho a desarrollar la energía nuclear. Solamente unos pocos países, a los que se ha definido como países avanzados tendrían ese derecho. Citando a George Perkovitch, uno de los principales ideólogos estadounidenses de la no-proliferación, “En el Artículo IV del TNP se establece, con una redacción bastante vaga, el derecho “de desarrollar la investigación, la producción y la utilización de la energía nuclear con fines pacíficos”, esto no debe interpretare como una aprobación para que nuevos países adquieran instalaciones de enriquecimiento de uranio o división del plutonio”. (Yale Global, 21 de marzo de 2005). Esto es lo que subyace a la propuesta de que Irán abandone completamente el enriquecimiento de uranio y dependa de Rusia para la obtención del uranio enriquecido para su programa de energía nuclear.

Estados Unidos piensa que puede seguir ejerciendo a perpetuidad el monopolio de las armas nucleares, amenazar a otros países con ataques preventivos con armas nucleares, construir nuevas generaciones de armas nucleares, y negarle a los demás países el derecho a producir incluso su propio combustible. Estados Unidos gasta actualmente más de US$ 6.500millones en armamento nuclear –50% más que lo que gastaba en promedio durante la guerra fría. La nueva generación de armas nucleares incluye las bombas de baja potencia destructoras de búnkers (*bunker busters*), justamente el tipo de armamento que se propone utilizar en Natanz.

Es comparativamente fácil iniciar hoy la producción de combustible nuclear. Una vez que un país tiene instalada esta capacidad, recorrer la distancia que existe para convertirla en industria de armas nucleares no representa ningún desafío técnico insuperable. Por eso, resulta fácil que los países puedan adquirir la capacidad de construir bombas atómicas bajo el disfraz de un programa de energía nuclear. El proceso de enriquecimiento es el mismo sea que se quiera obtener Uranio de bajo enriquecimiento (LEU por sus siglas en inglés) o Uranio de alto enriquecimiento (HEU por sus siglas en inglés). El gas hexafluoruro de uranio pasa a través de un conjunto de centrífugas en cascada, cada una de las cuales produce una concentración mayor del isótopo fisionable U235 (Uranio 235). En tanto que el programa de energía nuclear requiere un enriquecimiento de entre 3 y 5%, el programa de armas nucleares exige un nivel de enriquecimiento del 90%. Como es el número de etapas en las que el material se somete a este proceso de concentración lo que decide el nivel de enriquecimiento, una vez que se cuenta con el número de centrífugas necesario, es solamente cuestión de tiempo para que un país –si así lo quiere— pueda disponer de material fisionable en el grado de enriquecimiento necesario para construir una bomba atómica. Sin embargo, poner en marcha una gran cascada de centrífugas es una operación compleja, y a Irán le tomará algún tiempo dominar la tecnología, si desea utilizar sus instalaciones de enriquecimiento para desarrollar la bomba atómica.

El giro estratégico que quiere introducir Estados Unidos en el régimen del TNP pretende modificar la redacción anterior, que supone una renuncia voluntaria al desarrollo de armas nucleares por parte de los países que no tienen armas nucleares –es decir, es un problema de voluntad política. El nuevo régimen del TNP que se busca impulsar agregaría un régimen muy coercitivo, que permitirá negar a la mayor parte de los países la tecnología o el conocimiento para poder hacer la bomba. Esto también explica el porqué del régimen de inspección mucho más invasivo que solicitan los Protocolos Adicionales de la OIEA, que ahora se busca introducir como obligatorios, al igual que el deseo de agregar cláusulas que establezcan que los firmantes del TNP no pueden retirarse del tratado. Otro elemento de este nuevo escenario del TNP es el cerco que se pretende generar en torno al ciclo de combustible. A cambio de renunciar al derecho a enriquecer el uranio, estos países obtendrían la seguridad de contar con energía nuclear proveniente de los mismos países que no han mantenido la promesa que hicieran anteriormente de iniciar su desarme nuclear. Resulta muy interesante comprobar que los interlocutores de las anteriores negociaciones con Irán, el E3, integrado por Francia, Alemania y el Reino Unido, son todos países que integrarían este nuevo cartel de la energía nuclear.

En los planes de Estados Unidos, los países que ya disponen de armas nucleares más Japón, Alemania y Holanda –los otros tres países que también tienen instalaciones de enriquecimiento de uranio—se transformarían en la nueva OPEP, con el monopolio absoluto de toda la energía nuclear. Si la energía nuclear se vuelve más popular –y ya hay evidencia de que se está haciendo cada vez más atractiva debido al aumento del precio del petróleo y el calentamiento global provocado por los gases de efecto invernadero provenientes de los combustibles fósiles—entonces estos países podrían dictarle al resto del mundo el precio del combustible nuclear. Esto ya ha tenido por consecuencia que varios países, como Brasil y Sudáfrica, que ya habían renunciado a las armas nucleares, se sientan ciertamente desconformes –una disconformidad que también la India debería compartir si no estuviera tan seducida por establecer una alianza estratégica con Estados Unidos.

Inmoral y condenada al fracaso

El problema de esta política de dos caras no es solamente que es inmoral (uno no puede decirle al resto del mundo que renuncie a las armas nucleares y al mismo tiempo pretender monopolizarlas), sino que está condenada al fracaso. Año tras año, la tecnología de producción de centrífugas y otras tecnologías auxiliares se vuelven más sencillas y accesibles. En la medida en que resulta más fácil adquirir las tecnologías y sus costos caen, el cerco al ciclo nuclear como parte de un nuevo régimen de TNP es muy poco probable que pueda tener éxito.

Lo desafortunado de la actual crisis de Irán es que la OIEA y las Naciones Unidas están aceptando implícitamente elementos del nuevo escenario de TNP como objetivos legítimos, aunque no estén en el TNP. El caso de Irán se puede utilizar como la nueva “norma” internacional para medir en el futuro a todos los países que no cuentan con armas nucleares. Éste es el motivo por el cual la mayoría de los países no alineados se opusieron en la OIEA a los intentos de negarle a Irán el ciclo del combustible nuclear, con la deshonrosa excepción de la India.

El problema de la preocupación por la agenda de no proliferación es que no se aborda en primer lugar la razón por la cual los países que tienen armas nucleares se sienten atraídos por esta tecnología bélica. Si Israel tiene el monopolio de las armas nucleares en Asia Occidental y Estados Unidos exige tener derecho a utilizar armas nucleares en las guerras “preventivas”, incluso contra países que no tienen armas nucleares, no parece nada sorprendente que las armas nucleares sean cada vez más atractivas. Ante la enorme superioridad de Estados Unidos en el plano de las armas convencionales y su capacidad de perforar las defensas convencionales en cualquier conflicto futuro, los países más débiles también ven a las armas nucleares como elementos “igualadores”. Podemos condenarlos por eso, pero no podemos negar que es una respuesta a lo que perciben como amenazas de guerra. Condenarlos no es suficiente; es nuestro deber abordar asimismo y encontrarle soluciones a sus legítimas preocupaciones por su seguridad.

Cualquier intento de imponer un régimen de no proliferación de las armas nucleares a largo plazo para los demás, sin que las potencias nucleares adopten una política de desarme, es improbable que pueda sostenerse indefinidamente. Es sólo una cuestión de tiempo antes que la tecnología del armamento nuclear esté al alcance de cualquier país que quiera seguir esa ruta. Las intervenciones armadas de Estados Unidos y los “matones” locales como Israel, solamente ayudarán a transformar al mundo en tierra fértil para la proliferación de las armas nucleares y hacerlo un lugar infinitamente más peligroso.

Las actitudes de la India en el tema Irán están plagadas de hipocresía y obsecuencia con Estados Unidos. El gobierno indio ya está demorando ex profeso la construcción del oleoducto a través de Irán, mientras se lanza agresivamente a llevar adelante la iniciativa estadounidense de realizar un nuevo oleoducto que atraviesa Afganistán. El acuerdo nuclear Indo-estadounidense busca atar a la India en forma permanente a los intereses estratégicos estadounidenses. Se corre el peligro real de que si se producen ataques militares sobre Irán, el gobierno indio sea considerado cómplice de estos ataques, con consecuencias a largo plazo para la India. Incluso ahora todavía no es demasiado tarde. La India debe unirse a los demás países no alineados para detener la locura que significa la acción militar que está contemplando llevar a cabo Estados Unidos. Debe intervenir en forma positiva para que Irán ponga fin a su desliz hacia las armas nucleares y al mismo tiempo retenga sus derechos a la seguridad y al ciclo de combustible nuclear. Para la India, evitar esa confrontación y posible acción militar, no es solamente un imperativo moral, hace también a nuestro interés nacional

– Prabir Purkayastha es activista por la paz y miembro de All India Peoples Science Network.

Fuente: Enfoque sobre Comercio Nº 119, boletín mensual de distribución electrónica, publicado por “Focus on the Global South”

Traducción: Alicia Porrini y Alberto Villarreal para REDES-Amigos de la Tierra Uruguay www.redes.org.uy

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