El 6 de julio del 2006 habrá elecciones presidenciales en
México (mismas que acontecen cada seis años). Para cuando
esto ocurra, el país habrá ya estado marcado por el
“ambiente preelectoral” –con toda la descomposición
política, escándalos y pugnas que conlleva- por tres años.
¿Por qué está siendo así?

En el 2000, el Partido Revolucionario Institucional (PRI)
perdió las elecciones por primera vez en setenta años. A
pesar de la imagen exterior de ser un país democrático, el
PRI había mantenido a México prácticamente bajo la
dictadura de un solo partido, organizando a la sociedad de
manera corporativa, y recurrido a la represión más brutal
cuando el “consenso social” no era suficiente. Diversos
movimientos políticos y sociales, especialmente desde 1968,
fueron enfrentando y minando al régimen del PRI. La
izquierda mexicana creció y jugó un papel central en todo
esto. Incluso, en 1988 una buena parte de la izquierda
apoyó la candidatura democrática y nacionalista de
Cuauhtémoc Cárdenas –quien venía del PRI- y ganó las
elecciones presidenciales, pero el triunfo le fue
arrebatado a Cárdenas por un fraude. Cárdenas habría de
formar entonces el Partido de la Revolución Democrática
(PRD), en el que se disolvió una buena parte de la
izquierda bajo la dirección del ala que recién había roto
con el PRI.

Sin embargo, en el 2000, quien terminó capitalizando los
avances hechos por todo este movimiento democratizador y
sacando al PRI del poder fue el Partido Acción Nacional
(PAN), el partido tradicional de la derecha, y su candidato
Vicente Fox, ex gerente de la Coca Cola. El fenómeno del
“voto útil” arrastró a la mayoría del voto popular, incluso
de sectores de la izquierda que juzgaron que lo importante
era sacar al PRI. De esa manera, el gobierno de Fox inició
con una importante legitimidad y con grandes expectativas
de transformación de lo que habían sido los pilares del
PRI, al menos en el terreno democrático.

La gestión de Fox

No obstante, la frustración sobre “el gobierno del cambio”
llegó pronto y Fox comenzó a mostrar una incapacidad y una
debilidad inauditas. No sólo intentó, como era de
esperarse, dar continuidad a la agenda neoliberal de su
antecesor y avanzar en la integración subordinada de México
a Estados Unidos, sino que no hizo nada por cambiar las
estructuras antidemocráticas legadas por el PRI –pactó por
ejemplo con la vieja estructura sindical corporativa— y no
saldó como había prometido las cuentas pendientes del PRI
en cuanto a crímenes de Estado: las desapariciones de
personas durante la guerra sucia de los setentas, las
matanzas de estudiantes, los magnicidios. Pero, además, no
consiguió tampoco avanzar gran cosa en su intento de
“reformas estructurales” neoliberales, pues el PRI y el PRD
juntos tienen mayoría en el Congreso. Es decir, no ha
tenido contentos ni al pueblo ni al capital, además de
cultivar una imagen de presidente torpe e inexperto. Así,
de manera inédita, a mitad de su periodo declaró abierta la
“carrera presidencial”, como si todo lo que un país debiera
esperar son las elecciones de cada seis años. A partir de
entonces, la descomposición social y política ha ido
avanzando, incluyendo la guerra desatada por el
narcotráfico, los escándalos de corrupción, los golpes
entre los “precandidatos” de los distintos partidos e
incluso los crímenes políticos.

En este marco, la figura de Andrés Manuel López Obrador,
hasta hace poco Jefe de Gobierno de la Ciudad de México por
el PRD, ha ido creciendo inconteniblemente. Desde hace más
de un año, todas las encuestas lo ubican muy por encima de
sus adversarios en las preferencias electorales para la
presidencia. La torpeza y desesperación que han
caracterizado diversos intentos del gobierno federal por
desacreditarlo o incluso sacarlo de la carrera electoral
con trucos legales sólo han conseguido fortalecerlo. Si
las elecciones fuesen mañana, lo más probable es que ganara
López Obrador y el PRD, seguido por el PRI. Incluso
algunos sectores importantes de empresarios han empezado a
pensar que es mejor acercársele y negociar. De hecho, el
problema es que, a pesar de las acusaciones de ser
populista y de izquierda, López Obrador se asume a sí mismo
como una persona de “centro” y no representa realmente un
proyecto de izquierda, y mucho menos el PRD, que se ha ido
descomponiendo cada día entre la corrupción y los intereses
electorales. Ciertamente, sin embargo, el triunfo de López
Obrador podría representar un cambio sobre todo en el
terreno geopolítico, si es que se inclina por mirar hacia
los bloques de países progresistas de Sudamérica en lugar
de mantener la subordinación hacia Estados Unidos. Y
todavía no está clara cuál será la estrategia de Estados
Unidos frente al escenario mexicano.

A fines de este año, pues, estarán arrancando formalmente
las campañas electorales y el país estará aún más marcado
por esta coyuntura, en medio sin embargo de un gran
cansancio de la población por este interminable show y con
un gran descrédito de toda la clase política.

La “Otra Campaña” Zapatista

En los últimos meses, sin embargo, ha saltado al escenario
nacional otro actor político clave: el movimiento
zapatista, quien ha anunciado su intención de recorrer todo
el país en lo que ha llamado “la otra campaña”, al margen
de la competencia electoral.

Como se recordará, el 1 de enero de 1994, también en
vísperas de elecciones presidenciales, se produjo en el
sureste mexicano el levantamiento armado de los pueblos
indios organizados en el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN), quien ha tenido como su vocero al
Subcomandante Insurgente Marcos. El levantamiento sacudió
a todo el país, rompió el espejismo neoliberal construido
por el presidente Salinas de Gortari y catalizó una
profunda crisis política de los de arriba que incluyó
asesinatos entre las propias filas del poder, si bien el
PRI terminó imponiéndose en las elecciones.

La fuerza del EZLN, el apoyo decidido de la sociedad civil
nacional e internacional y las circunstancias políticas
obligaron al gobierno a negociar un acuerdo de paz. Sin
embargo, desde entonces, se mantiene en el estado de
Chiapas una “guerra de baja intensidad” contra el EZLN, que
incluye la presencia permanente de decenas de miles de
soldados del gobierno federal en las zonas indígenas. En
cierta forma, además de las tropas insurgentes acuarteladas
en las montañas, el ejército popular del EZLN basado en las
comunidades indígenas está ahí también todos los días
frente a frente del ejército federal.

En medio de esto, el EZLN ha impulsado en todos estos años
distintas iniciativas políticas nacionales e
internacionales convirtiéndose incluso en un factor global,
sin abandonar sin embargo la autocircunscripción a la causa
del reconocimiento de los derechos y cultura indígenas como
absoluta y casi única prioridad durante todo este periodo.
La última iniciativa fue la llamada Marcha del color de la
Tierra en el 2001, que llevó a una delegación zapatista a
recorrer todo el país para buscar la reforma constitucional
que permitiese el reconocimiento de los pueblos indios tal
y como se había pactado en las pláticas de paz. El
Congreso, no obstante, traicionó esos acuerdos. El EZLN,
entonces, optó por el silencio y por dedicarse a construir
en los hechos la autonomía de los pueblos indios con la
creación de municipios rebeldes y las Juntas de Buen
Gobierno, proceso que ha culminado en las zonas rebeldes.

Así llegó este nuevo periodo electoral y de descomposición
política, y el EZLN decidió hablar nuevamente y actuar. En
la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, el EZLN ha
marcado su postura opuesta a todos los partidos políticos,
incluso al PRD y López Obrador; ha anunciado que ya no se
limitará a la lucha indígena, aunque sigue siendo su
prioridad, sino que se dirigirá a todos los sectores
sociales explotados y oprimidos; ha declarado que tomará
iniciativas nacionales e internacionales, incluyendo un
nuevo encuentro intercontinental; ha convocado a construir
con todos los de abajo y desde abajo un verdadero nuevo
proyecto de nación; ha declarado que se propone impulsar
con todos los que estén de acuerdo un nuevo y verdadero
proyecto de izquierda, y que todo este esfuerzo no está
sujeto a la coyuntura electoral, que va mucho más allá.
Para ello, ha convocado a sumarse a la realización de “otra
campaña”, paralela a las campañas electorales y ajena a los
intereses que se dirimen ahí, sin que eso signifique un
llamado a no votar, como un diálogo de los de abajo. La
Otra Campaña iniciará el 1 de enero del 2006 con la salida
para recorrer todo el país del Subcomandante Insurgente
Marcos. Después de ese recorrido saldrá una delegación más
amplia del EZLN para dar pasos más concretos en la
construcción de una nueva alternativa de izquierda en
México. Con ese propósito, centenas de organizaciones y
miles de personas participaron ya en reuniones con el EZLN
en la selva chiapaneca para organizar esta nueva
iniciativa.

De esta manera, el escenario político mexicano tiene un
nuevo actor que viene a completar la complejidad de los
próximos meses y del futuro del país que está en juego.

Los movimientos sociales, que se han venido fortaleciendo y
dando pasos en su compleja y frágil unidad, son otro actor
fundamental que sin embargo no enfrenta con una sola
estrategia este panorama. Algunos sectores están
abiertamente involucrados en la negociación con los actores
políticos hacia las elecciones; otros, simpatizan
claramente con el zapatismo; y la gran mayoría tiene
dividido su corazón. Después de las elecciones todo será
diferente. ¿Cuál es el futuro del país y de la izquierda
mexicana? Mejor no hacer predicciones.

Héctor de la Cueva es Coordinador General del Centro de
Investigación Laboral y Asesoría Sindical (CILAS A.C.) y
miembro de la Coordinación Nacional de la Red Mexicana de
Acción Frente al Libre Comercio (RMALC)