Es paradójico, pero hasta ahora ningún Gobierno
colombiano formalmente se ha sentado con el Ejército de
Liberación Nacional (ELN) en un proceso de conversaciones
hacia la búsqueda de la paz. Sin embargo, es posible que
en la sociedad colombiana haya la sensación de que hace
mucho tiempo se ha estado negociando con esta guerrilla.
La realidad es que los distintos Gobiernos, por lo menos
los últimos tres, han hecho esfuerzos de aproximaciones
para iniciar un proceso formal y hasta el momento las
cosas no han fructificado.

Ahora estamos ante la posibilidad de que el Gobierno de
Álvaro Uribe, a través de su Alto Comisionado para la Paz,
efectivamente se siente con el responsable militar del
ELN y segundo hombre en el Comando Central de esta
organización, Antonio García. Si se produce este
encuentro, como lo deseamos la mayoría, ambas partes van
a estar con una gran responsabilidad ante los colombianos.

El Gobierno colombiano actual va a enfrentar por primera
vez en una mesa de conversaciones a un adversario
histórico del Estado colombiano -desde 1964 el ELN se ha
enfrentado con once gobiernos distintos- y va a tener el
reto de mostrar que efectivamente es capaz de lidiar en
el ámbito de las conversaciones, de los argumentos, de la
dialéctica a un adversario a quién antes ha enfrentado
solamente en la dimensión de la confrontación armada.

El ELN tiene el desafío de mostrar que tiene la capacidad
de maniobrar en la dimensión de la política, porque un
ejercicio de conversaciones no es otra cosa que buscar en
el escenario del diálogo una controversia de argumentos,
de razones, de justificaciones para convencer a su
interlocutor, que además ha sido su adversario, de la
necesidad de llegar a acuerdos sobre aspectos que están
asociados a la confrontación armada. Pero también, que
tiene su propia hoja de ruta, sin depender de otros
actores.

Adicionalmente, el ELN ha planteado en los últimos diez
años que cualquier proceso de superación de la
confrontación armada debe contar con una participación
sustancial de la sociedad colombiana en su diversidad y
ahora va a tener la posibilidad de llegar, junto con el
Gobierno colombiano, a un esquema de participación que
sea viable, que contribuya a una reflexión y
sensibilización acerca de los grandes problemas de la
Nación -que son producto de acumulados históricos-, pero
sobre todo, que sea un mecanismo que contribuya a
viabilizar la salida política de la confrontación y no un
entrabe adicional para la misma.

Las dos partes se van a encontrar empoderadas: el
Gobierno Nacional con un alto nivel de respaldo en la
opinión y sobre todo con un frente unificado de las
elites dirigentes del país, todo lo cual le da una gran
capacidad de maniobra. El ELN, igualmente con un mandato
sólido de todos sus mandos regionales y de sus
estructuras, como lo anunció un comunicado conjunto de
éstos de los últimos días, pero sobre todo, dirigida su
delegación por el segundo dirigente de la misma y a quien
sectores de la opinión le atribuyen las posiciones más
duras.

Por ello tienen una gran responsabilidad -y estamos
convencidos que la van a cumplir a cabalidad- el Alto
Comisionado para la Paz y Francisco Galán, en las
próximas semanas: preparar de manera reservada pero con
gran tacto, todos los aspectos de procedimiento y de
contenido de ese primer encuentro, de tal manera que la
realización del mismo garantice que se va a echar las
bases sólidas de un proceso de conversaciones hacia la
paz y no simplemente las condiciones para un encuentro
más, del cual no salga nada y produzca una nueva
decepción a los colombianos.

Todo indica que están dadas la mayoría de las condiciones
positivas para que un proceso de esta naturaleza pueda
arrancar en firme. Ahora la palabra la tienen las partes,
Gobierno y ELN.

Alejo Vargas Velásquez es profesor Universidad Nacional.