El debate sobre el dedo de Lourdes da la impresión que va a ser más revelador de los pensamientos profundos de sus interpretadores, que de las intenciones de la candidata.

Lo obvio es que la doña tuvo su momento de irritación y se le salió la otra parte de su personalidad que tenía sofrenada por razones de campaña (así como tiene ocultos a Woodman y la banda blanca y con dinero que compone Unidad Nacional).

Después de todo la vía crucis que le diseñaron hacia el poder le exigía recorrer barrios populares, provincias y distritos rurales, mares de pobreza, en los cuales no siempre es bien vista la oportuna visita electoral de los candidatos de derecha, que suelen ser asociados con la gente de mayores recursos económicos.

Lourdes lo sabía y por eso ha aguantado estoicamente pifias e insultos, cáscaras y líquidos dudosos, apretujones y contramanifestaciones, y a todo ha tratado de responder con media sonrisa, frases de circunstancia y baños de pueblo que ella entiende como comer todo lo que se le alcance. Hasta que por ahí se le escapó la mano.

Sin embargo, no hay que dramatizar demasiado.

Salvo que uno se crea aquello de que Lourdes no es capaz de una grosería. Que es lo mismo que decir que Vargas Llosa no podía decirle “cacasenos” a los que votaban por otras opciones; o que Belaúnde no se daba cuenta de los que robaban en su gobierno; que Pérez de Cuellar no se hizo pagar devengados extraordinarios cuando estaba en relaciones Exteriores; que Ugaz, Vargas Valdivia, Santisteban, no pueden haber pasado de defensores del Estado a defender las empresas corruptas que pactaron con Fujimori y Montesinos, etc.

Hay ciertas personas que no pueden estar haciendo lo que hacen. La patada en García y los dedos en Olivera van mucho más ajustados a la imagen que tenemos de ellos. Y se imaginan ustedes lo que hubiera sido si a la Valenzuela le alcanzaban una toma de Ollanta volteando el torso dentro de su caravana para dirigir el dedo medio a los que le gritan desde la calle. ¿Cuántas semanas se repetiría la escena?, ¿cuántos sicólogos serían invitados a analizarla?, ¿cuántas encuestas tratarían de lapidarlo?

Pero no es sólo asunto de preferencias políticas. Detrás de esas increíbles excusas que nos hablan que la señorita se limpiaba el dedo o se secaba el sudor de esa delicada forma, o que estaba en pleno movimiento para mostrar los cinco de la mano, o que ese es el símbolo de las votaciones o que Bedoya también mostraba el dedo para darse confianza, que la foto es de hace un mes (¡!) o que no me di ni cuenta, existe la idea de que una ofensiva mediática puede enderezar la realidad para que sea como se quiere.

Pero bastaba ver el día de ayer a la candidata en su gira por Chiclayo para darse cuenta que el talante con qué inició la campaña ya se cayó en pedazos y está buscando un nuevo tono para poder orientarse. Los nervios la están venciendo a pesar de todo el soporte de prensa. Para los peruanos es una ganancia que sea así. Que Lourdes abandone la torre de cristal en la que quisieron encerrarla mientras su prensa adicta se encargaba del trabajo sucio. Que pelee con sus propias manos y que exprese abiertamente las emociones que produce estar cerca de perder otra vez lo que se creía ya ganado. Eso hace bien. Humaniza.