Una cosa debiéramos tener clara a estas alturas: Los problemas de la
nación mapuche en Chile sólo pueden ser resueltos por nosotros. No
será gracias a un decreto o una ley constitucional o una concesión del
Parlamento que los mapuche nos convertiremos en un pueblo o una nación.
Lo seremos en la medida que lo creamos, que seamos capaces de forjar
una identidad nacional y estemos dispuestos a luchar por
autodeterminarnos, le guste o no al Estado y su clase político-
empresarial. En nuestras manos se encuentra el futuro de nuestro
pueblo, lo que implica a su vez asumir varios desafíos.

La victoria electoral obtenida por Michelle Bachelet (Partido
Socialista, PS) en el balotaje del pasado 15 de enero abre elementos
de un nuevo escenario que es necesario comenzar a revelar. Felices se
pronuncian distintos personeros en la Concertación de Partidos por la
Democracia al señalar que está victoria abriría “nuevas y grandes”
oportunidades para Chile, así como cambios culturales profundos a un
país tradicionalmente conservador. Sin embargo, más allá de estos
pronósticos para la galería ¿qué encierra el futuro gobierno de
Bachelet para el movimiento mapuche en particular?

En primer lugar, será el cuarto gobierno de una alianza que ha sabido
perpetuarse el poder por ya casi dos décadas. Si Bachelet es la
continuidad de las recalcitrantes políticas implementadas por su
coalición, esto no quiere decir otra cosa que -más allá de ciertos
retoques- persistirá la profundización del modelo económico neoliberal,
con su secuelas de injusticias sociales y depredación del medio
ambiente. Es así como escándalos como Celco o Pascua Lama seguirán
estallando más allá de lo que establezca la legislación vigente,
porque bien sabemos que las leyes son siempre salvables para quienes
detentan el poder económico y cuentan además con la complicidad de los
gobernantes de turno.

Entre las secuelas de injusticias sociales, los ejemplos también
sobran y de ellas los más perjudicados siempre hemos sido las naciones
originarias y, particular-mente, nosotros los mapuche en la zona sur
de Chile. En el Wallmapu, el País Mapuche, hoy día estamos sometidos a
un nuevo proceso de invasión a manos de empresas transnacionales de
diverso signo, las cuales ni siquiera tributan en el territorio,
llevándose ganancias extraordinarias a costa de nuestros recursos
naturales y una legislación laboral a la medida de sus intereses.
Según la encuesta CASEN, las regiones que se destacan por su pobreza
son la Octava (52,3%), la Novena (43,2%) y la Décima (41,6%).

Los mismos datos oficiales señalan que en la actual IX región, 1 de
cada 3 habitantes está en situación de pobreza y de ellos al menos un
tercio es indigente. Esta pobreza se encuentra asociada mayormente a
zonas rurales, siendo las comunas donde mayormente se concentran las
reducciones mapuche las más pobres entre las pobres. Y a esta opresión
de tipo material, se suma –en el caso de la ciudadanía mapuche- una
opresión también política, en tanto nuestro derecho a autodeterminar
nuestro destino, a participar de la cosa pública o, cuando menos, a
ser consultados a la hora de ejecutar megaproyectos estatales y
privados, no se reconozca.

¿Cuál será la respuesta de Bachelet frente a está situación? Tendemos
a pensar que más indigenismo de estado, fracasado y mal oliente.
Fracasado por cuanto nunca ha logrado, en ya casi cien años de
aplicación y millonarios programas de inversión, sacarnos de la
pobreza extrema en que nos dejó la guerra de invasión a fines del
siglo XIX. Y mal oliente, por cuanto se complementa con estrategias
represivas que poco tienen que envidiar a regímenes dictatoriales en
lo que a detenciones extrajudiciales, campañas de guerra sucia,
procesamientos arbitrarios y uso de leyes antidemocráticas se refiere.
Pero más allá de las eternas promesas de reconocimiento constitucional,
ratificación de convenios internacionales y desgastadas políticas
asistencialistas bautizadas como “nuevo trato”, ¿qué futuro estamos
proyectando, luchando y construyendo, nosotros mismos los mapuche para
nuestra nación? Más allá de nuestras desgastadas estrategias para
influir al poder mediante acuerdos, pactos o compromisos originados en
rimbombantes mesas de diálogo o consejos ciudadanos ¿qué es lo que
estamos haciendo para cambiar una dinámica que nos tiene reaccionando
ante escenarios, en vez de ser capaces de generarlos en función de
nuestros intereses?

Una cosa debiéramos tener clara a estas alturas: Los problemas de la
nación mapuche en Chile sólo pueden ser resueltos por nosotros. No
será gracias a un decreto o una ley constitucional o una concesión del
Parlamento que los mapuches nos convertiremos en un pueblo o una
nación. Lo seremos en la medida que lo creamos, que seamos capaces de
forjar una identidad nacional y estemos dispuestos a luchar por
autodeterminarnos, le guste o no al Estado y su clase político-
empresarial. En nuestras manos y solo en nuestras manos se encuentra
el futuro de nuestro pueblo, lo que por cierto implica a su vez un
gran desafío a enfrentar para quienes actuamos en el quehacer
político-social.
Enhorabuena, pareciera existir un consenso al interior del movimiento
mapuche respecto de la necesidad de avanzar hacia un proceso de
organización de nuevo tipo, que permita la emergencia de un
instrumento de lucha política pertinente con los tiempos que vivimos.
En este sentido, se ve como una verdadera urgencia romper con la
dinámica de acción contestataria que nos ha caracterizado en los
últimos años, así como poder transitar hacia la elaboración de
propuesta políticas concretas. Y no tan solo en lo referido a
estrategias para revertir la expoliación territorial que nos afecta en
el ámbito rural, piedra angular donde ha girado el accionar del
movimiento mapuche por más de medio siglo.

Nos referimos a propuestas de tipo integral, capaces de interpretar
los intereses de aquel abanico de sectores que componen en los hechos
nuestro pueblo en Gulumapu, entre ellos campesinos, estudiantes,
profesionales, pescadores, obreros, jóvenes, adultos mayores, etc. En
definitiva, todos aquellos sectores hasta hoy no representados y que
exigen ser integrados a los nuevos discursos de nuestros dirigentes,
si es que en verdad hablamos de construir una nación en el día a día,
dejando aquellos discursos maximalistas que en los hechos no
entusiasman a nadie o a muy pocos. No es fácil generar este cambio de
mentalidad. Implica, en parte, terminar con aquel culturalismo que
impregna a un sector importante de nuestras organizaciones y que en su
cara más extrema, solo nos conduce al ostracismo y el aislamiento
social. Fácil en teoría. Reconocemos que no tanto en la práctica.

Implica, también en parte, creernos el cuento de que somos sujetos de
nuestra historia. Sentir y creer que somos también capaces de actuar
en la primera división de la acción política. Como lo hicieron, allá
por la lejana década del treinta, nuestros predecesores de la Sociedad
Caupolicán y la Federación Araucana, disputando elecciones
parlamentarias, estableciendo transversales alianzas políticas,
levantando estructuras partidarias y soñando incluso con el
establecimiento de una República Indígena y un Banco Nacional que
pudiera apoyar a los emprendedores comerciantes de la “raza”. Evo
Morales, nos parece, sueña en Bolivia algo no muy diferente para los
suyos por estos días. Y vaya si nos emocionamos de solo imaginarlo
para nosotros.

¿En qué momento comenzamos a actuar en política desde la derrota,
desde la exasperante humildad del colonizado? Urge un cambio de
actitud. Esto implica, como punto de partida, romper con aquel
espejismo de los “frentes indígenas” al interior de los partidos
chilenos, microclimas hoy en día reactivados y donde campea la
cooptación dirigencial, sumada al paternalismo y la subvaloración de
nuestras capacidades de conducción y liderazgo, que subyacen en el
inconsciente de la clase política desde que Chile se pensó como
República. He aquí la importancia de levantar un nuevo tipo de
organización política, capaz de enarbolar nuevos discursos y
propuestas, pero también capaz de transformarse en alternativa para
todos aquellos ciudadanos y cuadros dirigenciales mapuches hoy al
servicio de estructuras y programas políticos ajenos.
Para quienes escriben, este instrumento político lo constituye hoy en
día Wallmapuwen, partido político en construcción y en el cual
confluyen los esfuerzos y capacidades de una nueva horneada de
dirigentes y militantes de nuestro pueblo, provenientes de escuelas
tan diversas como la dirigencia campesina, etnogremial, estudiantil-
universitaria, el trabajo académico y la cada vez más urgente
reflexión intelectual. Un abanico de experiencias de liderazgo y
militancia mapuche que busca refrescar con sus ideas y proyectos
nuestro quehacer político. El camino que nos queda por recorrer es aún
extenso. Inmerso en una primera fase de gestación y estructuración
interna, Wallmapuwen aspira a convertirse, en definitiva, en factor de
cambio y renovación dirigencial, además de motor de progreso social y
bienestar para todos, mapuches y chilenos.

Y es que los errores cometidos nos fuerzan a replantear antiguas
prácticas y formas de actuar. Creemos que ya no se puede seguir
insistiendo, por ejemplo, en aquel manido antagonismo de los mapuches
contra el Estado Chileno, o aquel más extremo aún de los mapuches
contra los winka a la hora de interpretar el conflicto existente, por
cuanto esto supone erigir contradicciones irreconciliables en cada
caso, contradicciones que solo nos entrampan y nos impiden forjar
alianzas con amplios sectores de la sociedad en general. ¿Es posible
entonces elaborar un discurso político democrático, pluralista,
incluyente y que aspire representar a vastos sectores mapuche y
chilenos en el Wallmapu? Creemos que no sólo es posible. Es
absolutamente necesario si queremos avanzar hacia mayores grados de
control político sobre nuestro destino.

– Rodrigo Marilaf y Pedro Cayuqueo son ex dirigentes universitarios.
Miembros de la Comisión Política de Wallmapuwen. Artículo publicado
en el Periódico Mapuche Azkintuwe Nº 18, Febrero-Marzo de 2006. Pag.
26. http://www.nodo50.org/azkintuwe