Los partidos políticos tradicionalmente se consideran como fuerzas políticas organizadas que agrupan ciudadanos de una misma tendencia política, para buscar movilizar la opinión alrededor de unos objetivos y participar del poder o influenciar su ejercicio para realizarlos.

Es decir, todo partido debería tener elementos de orden ideológico: todo partido político, si no es portador de una ideología, expresa al menos una cierta orientación, una cierta visión del hombre, es fruto de una cultura política; de tipo organizativo: un partido es una organización, es un grupo con cierta durabilidad, es una institución. El partido se distingue así de una clientela (grupo que se forma en torno a un individuo); tiene una finalidad: la conquista y el ejercicio del poder político; es expresión de cierto número de reivindicaciones destinadas a influir sobre el gobierno busca influencia política que a su vez le asegure el apoyo popular. Igualmente los partidos políticos cumplen un rol fundamental de legitimación -se deben legitimar a sí mismos y al régimen político en su conjunto-.

Pero, los partidos políticos colombianos históricamente formularon sus proyectos pensando más en el Estado que en la sociedad, por eso, cada vez menos representaban intereses sociales; han sido fundamentalmente legitimadores del régimen político.

Ahora bien, la intención de la reforma política del 2003, ante el proceso de crisis y dispersión de las fuerzas políticas, buscó crear mecanismos legales que contribuyeran a un proceso de organización partidista. Pero lo que hemos visto en la actual campaña electoral son agrupaciones transitorias de personalidades políticas, que difícilmente se parecen a una idea de partido. El proceso de conformación de las listas al Congreso ha sido una muestra de lo anterior. Por ello no hay plataformas políticas propuestas a los electores, sólo unos genéricos –apoyo o no a la reelección del actual Presidente- y una feria de ofertas de cada uno de los candidatos de las disímiles listas. Por eso tampoco hay listas cerradas que reflejen la coherencia y organización partidista, sino listas con voto preferente. Ojalá en un futuro próximo este espectáculo de rapiña de candidatos por los distintos partidos se transforme en un proceso serio de organización y cohesión partidista.

Los partidos políticos, o mejor las listas al Congreso, se moverán dentro de la coexistencia de diversas formas de hacer política: la ideológica, movilizadora de una pequeña capa del electorado -el electorado de mayor edad de los partidos tradicionales y el de partidos ideológicos o los cristianos-; la clientelista, predominante en el ámbito local y regional, por la capacidad de los políticos tradicionales de intermediar recursos y nominar a la administración pública; las presiones armadas, con gran peso en bastantes espacios del territorio nacional; las fidelidades de tipo primario presentes en algunos ámbitos rurales y locales; y la pragmática-opinión pública cada vez con mayor peso en los escenarios urbanos más influenciados por los medios masivos de comunicación.

Lo anterior muestra que las próximas elecciones parlamentarias se moverán en la tensión de mantener los discursos y las prácticas electorales ligados al clientelismo, que han sido eficaces para su reproducción, coexistir con actores armados y al mismo tiempo buscar renovarse con nuevas caras (no importa que éstas sean prolongaciones dinásticas de viejas familias), expresión del nuevo perfil del político que se busca promocionar, tecnócratas jóvenes supuestamente eficaces.

No es claro, por lo anterior, cómo van a operar en el Congreso las bancadas como expresión de fuerzas políticas organizadas y cómo van a concertar medidas de política pública, con partidos –o remedos de partidos- que carecen de legitimidad interna en sus estructuras de dirección, dispersión y fragmentación organizativa, anarquía programática, desfase entre sus discursos y las demandas de la sociedad civil o incapacidad de transformar demandas y problemas sociales en políticas públicas, y con el clientelismo como práctica política fundamental.

– Alejo Vargas Velásquez, profesor Universidad Nacional