Algunos defensores criollos del modelo neoliberal, que hoy
esconden la mano y no denominan así el objetivo de sus
afanes, deberían explicar que el mismo es de aplicación
sistemática en los países de la periferia de EE.UU.,
especialmente los que reciben todavía los “consejos” del
FMI. La potencia del norte, en cambio, luego del pujo
“reaganista”, se contenta internamente con la continuada
utilización de un neokeynesianismo modernizado.

Esos “teóricos” entienden que el fracaso del modelo, fenecido
en la Argentina y ahora olvidado en Uruguay, está en algunas
diferencias esenciales de las dos lamentables “experiencias”.
Afirman que el derrumbe en un lado y el paulatino deterioro
en el otro, se vinculó a procesos distintos. El primero (caso
argentino), fue el resultado de la corrupción, dicen, que se
vivió en el país hermano y el segundo (caso uruguayo), en
razón de contingencias externas a las que les atribuyen todos
los males.

Ahora que Néstor Kirchner se ha manifestado – para horror de
algunos economistas que siguen aspirando a algún cargo en un
organismo internacional de crédito – como un neokeynesiano
convencido, de este lado del Río de la Plata los mismos que
timonearon el barco del país en el rumbo más peligroso y
dirigiéndolo al centro de la tormenta, siguen en su llano sin
haber advertido que los vientos en la región han cambiado.

Por supuesto que equivocan tozudamente lo aconsejado en la
bitácora básica, que es un rápido golpe de timón que
modificaría el signo que hoy sigue provocando destrucción de
riqueza. Deberían aceptar, por los menos, que los vientos han
cambiado, modificando el derrotero hacia uno parecido al que
se evidencia en la región donde comienza a jugar de nuevo un
papel protagónico el MERCOSUR, especialmente, con el ingreso
de Venezuela.

Por suerte el presidente de la República, Tabaré Vázquez,
tiene las cosas claras y anunció para el año que comienza
dentro de pocos días una nueva etapa para el país, la
productiva. Al parecer se pondrán en marcha políticas de
reactivación interna. Reactivación que actualmente está
comenzando a insinuarse con mejores negocios en el mercado
interno, producto del crecimiento del poder de compra de los
trabajadores del sector privado, favorecidos por la política
del Consejos de Salarios.

Los paradigmas y el modelo

Con el advenimiento del neoliberalismo como modelo económico,
abriéndose la sociedad a una competencia tangible por los
bienes materiales, se fueron modificando los paradigmas
individuales y colectivos. Se desembocó en la última parte
del siglo XX en lo que es el denominador común de todas las
sociedades en que se ha intentado ese camino tan
extranjerizante como excluyente. Se desencadenó, en el marco
de un proceso con altos niveles de corrupción, una sangrienta
y brutal lucha por la apropiación del ingreso, la que se
manifestó en forma dramática en la Argentina. Uruguay,
obviamente, tampoco quedó fuera de sustancia. Una
profundización de un proceso implacable de extracción de
riqueza que no solo afectó a los asalariados sino también a
la burguesía nacional.

No en vano la destrucción de riqueza, medida en el año de la
más profunda crisis (2002), determinó una caída del Producto
Bruto Interno superior a los 10 mil millones de dólares.

En la primera parte de este siglo pasado – para manejar una
serie de ejemplos – el objetivo paradigmático de nuestros
mayores y de algunas generaciones subsiguientes, que se
derramaba indistintamente en las distintas clases sociales,
era ir construyendo la imagen del buen padre de familia,
trabajador, honrado y sobrio en su conducta. La modestia
austera era un elemento que se llevaba con orgullo y los
valores que la sociedad premiaba eran muy distintos a los de
hoy.

Era austero el industrial, el productor agropecuario, el
comerciante, los empleados, los obreros. La ostentación de
riqueza, pese a que nuestro país tuvo períodos de “vacas
gordas”, no era de buen recibo. El desarrollo del hombre,
como unidad individual y de la sociedad, como expresión
colectiva, eran fundamentos de una comunidad que se afirmaba
en sus valores democráticos.

Era evidente la seriedad del trabajador común que más allá de
la lucha por sus reivindicaciones, con una conducta
intachable se esforzaba para llevar el pan a su casa y educar
a sus hijos en los valores republicanos, dentro de una moral
con clara influencia del cristianismo, más allá de que muchos
optaran por posturas para nada confesionales (anarquistas,
marxistas, batllistas, etc.)

El ejemplo de la austeridad

Los líderes de esa etapa del país mostraban con su ejemplo de
vida, en el marco de una sociedad de construcción
inmigratoria aluvional, lo que era el paradigma que se
alimentaba en esa época. José Batlle y Ordóñez fue un ejemplo
de austeridad republicana, así como su alterego político,
algo más joven, pero también ejemplo de modestia, austeridad
y sentido común, como fue el nacionalista Luis Alberto de
Herrera.

Si enfrentamos la realidad de ese pasado no muy alejado de
nuestra actualidad – pues un siglo de distancia no es mucho
en la historia – con lo que está resaltando por estos días,
podemos advertir la profundidad de una crisis social que fue
deteriorando las bases mismas de la convivencia.

Que un ladronzuelo corrupto, de guante blanco (Rohm)
perseguido por nuestra escuálida justicia, esté viviendo de
manera ostentosa en Miami, no solo es una afrenta para los
organismos de seguridad que debieran haberlo detenido, sino
una demostración del nivel de mediocridad de esos señores.
Roban para ser participes de una vida rumbosa, vacía de
contenido. Personajes, delincuentes, que son deshonrados por
todos, incluso por los representantes del poder globalizado
que, en ocasiones los utilizan, pero que continuamente
desprecian.

Lujos pagados con dinero robado, cientos de millones de
dólares, de una institución financiera que prácticamente le
fue regalada al grupo que la vació por uno de nuestros
gobiernos. Lujos afrentosos e indignos que los uruguayos
estamos pagando a ese siniestro personaje con facturas que
deberemos cubrir entre todos, mientras muchos conciudadanos,
agredidos por la claudicación del modelo, viven el drama del
hambre y la expresión de la más impía pobreza. Una cuenta muy
onerosa para un pueblo empobrecido, golpeado por la crisis,
que sufre un proceso de marginación más que dramático.

Algunas décadas atrás era de recibo ser un buen artista, un
músico de nota, un pintor, un buen padre de familia (veamos
el crédito social que obtuvieron “post mortem” los llamados
“impresionistas”, todos ellos humildes caballeros que
murieron no disfrutando el imperecedero éxito de su arte,
sino en el marco de una pobreza franciscana. Lo que valió fue
su obra, su maravillosa creación, no los frutos materiales
resultantes de la misma).

Reflejos parecidos tuvimos en nuestra sociedad: recordemos a
Florencio Sánchez, nuestro principal dramaturgo, a Juana de
Ibarburú, a Roberto Ibáñez y a otros tantos. Pensemos en las
veladas culturales que nuestros prohombres de principios de
siglo realizaban en el marco de algunos cafés, como el Tupí
Nambá, donde se construía belleza y paralelamente se
discutían las bases que conformarían luego los cimientos
fundamentales de la cultura del país, sin medir las monedas
que unos y otros tenían en sus bolsillos.

Mientras hoy, grupos de zánganos vinculados a la política
todavía disfrutan sus escandalosos “acomodos” en el servicio
exterior cobrando sueldos alejados de la realidad uruguaya. Y
no olvidemos nunca a muchos banqueros.

Verdaderas mafias atadas a los conglomerados políticos
tradicionales que, obviamente, son uno de los escollos que
tiene cualquier gobierno que quiera modificar este aberrante
estado de cosas.

El capitalismo como sistema y el neoliberalismo como modelo,
han cambiado los paradigmas que movilizaban a las sociedades.

Hoy se compite por la riqueza y con la riqueza y la sociedad,
por la deformación cultural impuesta por el mismo modelo, se
resquebraja en sus lineamientos solidarios.

La corrupción implícita

La corrupción está implícita en el neoliberalismo como
modelo, midiéndose a las personas por sus logros materiales
no por sus cualidades humanas, morales o éticas.

Entonces que no se diga que en la Argentina el neoliberalismo
fracasó por la alta dosis de corrupción allí existente, pues
la misma es una consecuencia del modelo.

Alta dosis de corrupción que también se ha explicitado en
Uruguay. Sin embargo aquí el modelo no funcionó porque puso
la economía al servicio del gran capital financiero, que
destruyó la riqueza nacional creando mecanismos perversos,
destinados a la exclusión a mansalva de sectores, logrando el
triste récord de que hoy un importante porcentaje de la
población se encuentre por debajo de la línea de la pobreza.

Una crisis brutal en que tuvo un papel de primera importancia
la caída del mercado interno, proceso que derrumbó a miles de
empresas que no pudieron soportar un achique de consecuencias
impensables.

Un derrumbe nacional que fue impulsado por la gigantesca
transferencia de ingreso hacia el exterior, por sectores
poderosos vinculados al sistema todos ellos representantes
del volátil capital financiero multinacional.

Otro estertor final

Algunos de los responsables todavía siguen sin mácula, aunque
no hagan nada para pagar sus deudas con el país y la gente.
Sectas foráneas, encabezadas por extraños personajes con aire
místico, pero de estilo mafioso, que utilizaron los
beneficios dados por los distintos gobiernos, para utilizar
el dinero depositado en sus bancos en beneficio de sus
empresas y para enriquecer a sus dirigentes.

Otros, elegantes y desafiantes, lograron en el halago de todo
un sector de nuestra sociedad que, casi, los endiosó. No en
vano algunos de los que robaron a mansalva cientos de
millones de dólares, mientras cometían sus tropelías
ostentaban cargos al frente de la Asociación de Bancos y,
todavía, osaban delinear políticas destinadas a
responsabilizar de las sucesivas crisis al sindicato de los
trabajadores del sector.

A esta altura ya no es de recibo que alguien siga diciendo
que en la crisis uruguaya el determinante esencial fue el
factor externo. Lo ocurrido de un lado y otro del Río de la
Plata son procesos paralelos de deterioro, en los que influyó
la índole de un modelo rapiñador de la riqueza que, además,
instauró paradigmas que solo se pueden alcanzar en base a la
acción corrupta.

– Carlos Santiago es Secretario de redacción Bitácora.