Una de las características poco resaltadas respecto de la lucha contrasubersiva, fue su manipulación -desde ciertos sectores en el poder- en función de intereses subalternos, principalmente de su uso para la política doméstica o de pequeños intereses de grupo. En los momentos mas duros del enfrentamiento, esta manipulación pasó desapercibida no sólo para las grandes mayorías sino incluso para quienes de buena fe y con patriotismo, civiles y uniformados, lucharon sin tregua contra la subversión terrorista.

Esta manipulación fue posible debido a que en las “guerras políticas” lo que buscan los contendientes es neutralizar o ganarse la adhesión de la población. De ahí que las “operaciones sicológicas” llegaron a ser cada vez más importantes conforme el conflicto se extendía. Abimael Guzmán y los mandos senderistas fueron expertos en engañar a campesinos y pobladores, se les decía para convencerlos que “el triunfo estaba a la vuelta de la esquina” o que nadie debería abandonar el territorio controlado por ellos- es decir, su “base de apoyo”- porque “afuera” los esperaban los militares para torturarlos y acuchillarlos.

Pero también desde la estrategia contrainsurgente, principalmente en la década de los 90’. Así, se implementaron operaciones sicológicas a favor de los intereses de la dupla Fujimori-Montesinos y de sus allegados, civiles y uniformados, mas cercanos. Un paradigmático ejemplo de esto fue la planificación desde el SIN del autogolpe del 5 de abril de l,992. La campaña de demolición contra el Senado -Felipe Osterling era su presidente- fue el primer paso. También ya se conoce cómo, entre los organizadores del autogolpe, se preveía conseguir la legitimidad necesaria a partir de los duros golpes que inevitablemente iban a sufrir los terroristas, con autogolpe o sin él, principalmente como producto del avance de la DIRCOTE y del absoluto desbalance de fuerzas a favor del poder militar del estado, conocimiento que hábilmente fue mantenido oculto por quienes sí controlaban esta información clasificada.

De igual manera, la pugna entre Fujimori-Kenyi, Hermoza y Montesinos por acreditarse el éxito del rescate de los rehenes del MRTA, o lo sucedido en la captura de Feliciano, etc., tenían como objetivo disputarse la adhesión de la opinión pública ¿Se acuerdan cuando Fujimori le confirió a Kenyi el rol del estratega de los túneles secretos? ¿Y la disputa entre el SIN-Fournier y la PNP por la autoría en la captura de Feliciano? Curiosamente, tanto Kenyi como Fournier han sido encargados por Fujimori de dos importantes tareas; al primero, como su vocero familiar y el más autorizado para dilucidar cualquier controversia al interior de su movimiento, y al segundo, nada menos que de organizar las bases de SI CUMPLE.

De otro lado, y terminado en lo fundamental el conflicto armado interno, en ciertos ámbitos de la política actual todavía se percibe una de sus secuelas mas perniciosas: considerar la disputa democrática como si fuera “guerra política”, es decir, se usa el engaño como método, la fuerza como un instrumento necesario para acumular fuerzas y, por lo tanto, las operaciones sicológicas como una técnica válida para conseguir la adhesión popular a partir de la demolición de la imagen del adversario (contra Toledo, algún alcalde , empresa minera, ley de educación, etc.)

Esta secuela también se expresa, por ejemplo, en la manera como se construyen liderazgos extremistas que se aprovechan de algunas justas reivindicaciones, tanto a nivel gremial o regional. Buscan fortalecerse convocando la adhesión al método radical de la protesta más que en torno a la viabilidad del objetivo propuesto. ¿Por qué después de la violencia desatada en 1980-2000 ocurre todo esto? A nuestro entender, por la manera como se resolvió el conflicto armado interno. No fue un nuevo curso democrático en el país el que venció a la subversión terrorista, y en esto todos tenemos responsabilidad. Como consecuencia de lo anterior es que al interior del país y en las regiones mas golpeadas por la violencia, determinadas minorías activas fueron ganadas por un sentido común, construido desde la experiencia de la guerra interna, en el que el uso de la fuerza se mostraba eficiente para resolver los más diversos conflictos.

Si uno pone atención sobre lo que de común tienen los múltiples movimientos protestatarios que se vienen produciendo en las provincias, descubre dos características comunes: el uso de la fuerza de “masas” en su lucha y los crecientes intentos para utilizarlos a favor de la conformación de liderazgos político-sociales de carácter local o regional. Este nuevo escenario deberá tenerse muy en cuenta cuando se analiza la eventual amenaza de “ingobernabilidad” en el país, conforme se aproximan las elecciones del 2006, y, después de éstas, de una correlación de fuerzas en el próximo parlamento que, además de la presencia fujimorista, cobije una fracción radical, fácilmente utilizable como caja de resonancia de extendidos movimientos sociales.