Una vez superada la crisis es posible hacer un balance reposado
sobre lo que fue el origen de la misma, su manejo y la forma como
se solucionó. Esto puede ayudar a derivar aprendizajes para los
colombianos acerca de cómo manejar la convivencia con nuestros
vecinos.

1) La lucha anti-subversiva del gobierno colombiano tiene límites,
los propios del Estado de Derecho y de la legislación
internacional; el gobierno no puede actuar con la lógica de ‘todo
vale’ porque de esta manera terminaría equiparado con las
organizaciones a las que está combatiendo y perdería su principal
activo que es el de la legitimidad, derivado de su comportamiento
ajustado a la legalidad. Hay que partir de una realidad: la
sociedad colombiana vive hace más de cuatro décadas un conflicto
interno (cambiándole el nombre no se modifica la realidad), que
como sucede en todos los casos similares, tiende a expandirse a
sus vecinos y a buscar convertirlos en retaguardia o zona de
actividad delincuencial –secuestro, tráfico de armas y explosivos,
circulación de personas ilegales-, independiente de qué tipo de
gobierno exista allí, simplemente acudiendo a unas fronteras
extensas casi siempre difíciles de controlar. El gobierno
colombiano debería partir de esa realidad y hacer esfuerzos al
máximo para que la cooperación de inteligencia y policial se
perfeccionen y de esta manera se minimice el uso de los países
limítrofes como retaguardias de las organizaciones ilegales.

2) El nacionalismo, que fácilmente puede transformarse en
chovinismo, está relativamente a flor de piel en cualquier
sociedad y por ello, ni los gobernantes, ni los medios de
comunicación, deben caer en la tentación de estimularlo, porque
existe el riesgo de que se convierta en una caja de Pandora que
luego se vuelve inmanejable. Una cosa es el sano sentimiento de
pertenencia a una nación y a partir de allí derivar las
responsabilidades para con ella y otra es promover actitudes
hostiles frente a otras naciones; mucho menos cuando se trata de
vecinos.

3) El manejo de las situaciones conflictivas con nuestros vecinos
no se puede dejar en manos de funcionarios (civiles o militares)
ni de alto, ni de mediano nivel, que en la mejor tradición
colombiana, terminan ante el micrófono, como se diría
coloquialmente, soltándoseles la lengua; para ello existe una
institución especializada, la Cancillería, que tiene experiencia,
tacto y recursos para el manejo de las mismas. La situación vivida
muestra que los mecanismos diplomáticos, que parten del respeto
por los otros gobiernos, más allá de sí nos gustan o no los
mismos, es el recurso fundamental para solucionar las
controversias pacíficamente.

4) Es básico reconocer que los mecanismos de tipo regional cumplen
el principal papel en el manejo de cualquier situación conflictiva
y no caer en la tentación de creer que el contar con una relación
privilegiada con la potencia hemisférica eso permitiría una cierta
actitud prepotente, porque las grandes potencias actúan es en
función de su agenda de intereses y en esa medida no tienen
amigos sino intereses. Fue fundamental en la solución de esta
crisis el papel de países de la región como Cuba, Perú, Brasil que
aportaron cada cual su ‘grano de arena’ de manera discreta pero
eficaz, como debe ser el rol de la diplomacia y de los verdaderos
amigos y no echándole más leña a la hoguera como se dice
popularmente.

5) Sería deseable para Colombia que del lado venezolano existiera
igualmente un manejo más diplomático de la situación de
conflictividad colombiana, reconociendo que es un problema interno
y sobre el cual es mejor guardar prudente silencio y por supuesto
que abandonará la tendencia a manejar los problemas de política
internacional con la diplomacia de micrófono o de plaza pública e
igualmente los canalizara siempre hacia la vía diplomática.

* Alejo Vargas Velásquez, Profesor Universidad Nacional