Es oportuno, en vísperas de un acontecimiento de la importancia
del Foro Social de las Américas, y en una coyuntura
internacional tan crítica como la actual, preguntarse acerca de
la vitalidad y fortaleza de las fuerzas sociales que resisten la
imposición del proyecto neoliberal, el momento de su aparición y
las formas organizativas bajo las cuales lo hacen. Las razones
de la irrupción de nuevos sujetos políticos son múltiples y
complejas, pero existen algunas que se reiteran a lo largo y lo
ancho de América Latina y que, por eso mismo, conviene destacar.

El fracaso del neoliberalismo.

Después de casi treinta años de cruentos ensayos, iniciados en
el Chile de la sangre todavía caliente de Salvador Allende en
1973, continuado luego por la dictadura genocida establecida en
la Argentina en 1976 con el objeto de instaurar el predominio
del capital financiero y diseminado posteriormente como una
pestilencia medieval por todo el Tercer Mundo, el veredicto de
la experiencia histórica es inapelable: (i) el neoliberalismo ha
demostrado ser incapaz de promover el crecimiento económico, y
en este sentido su desempeño ha resultado ser, tomando un
período suficientemente largo, uno de los fiascos más
estruendosos de la historia económica del siglo veinte, con
tasas de crecimiento muy inferiores a las de los períodos que le
precedieron; (ii) el neoliberalismo ha fracasado de manera aún
más rotunda en redistribuir los ingresos y las rentas, pese a
las reiteradas promesas en contrario, ahora silenciosamente
archivadas, de las argumentaciones basadas en la “teoría del
derrame,” esa engañifa que pretendió pasar por una verdad
revelada. No hubo tal cosa: los ricos se enriquecieron cada vez
más al paso que la gran masa de la población se sumergía más
profundamente en la pobreza; (iii) al dar rienda suelta a las
tendencias predatorias de los mercados el neoliberalismo provocó
notables fracturas de todo tipo al instituir un verdadero
“apartheid” económico y social que destruyó casi
irreparablemente la trama de nuestras sociedades y debilitó
hasta límites casi desconocidos la legitimidad del estado
democrático trabajosamente instaurado en los años ochentas del
siglo pasado.

Este triple fracaso del neoliberalismo potenció las
contradicciones desencadenadas por la crisis del modelo de
acumulación establecido en los años de la posguerra al imponer
como estrategia de salida de la misma las políticas de “ajuste y
estabilización” impulsadas por el Consenso de Washington y cuyos
resultados están a la vista. Todo este cuadro no podía sino
tener consecuencias bien significativas en lo relativo a la
constitución de nuevos sujetos políticos, por cuanto:

a) precipitó el surgimiento de nuevos actores sociales que
modificaron de manera notable el paisaje sociopolítico de varios
países. El caso de los piqueteros en la Argentina; o los
pequeños agricultores endeudados de México, nucleados en “El
campo no aguanta más,” arrojados a la protesta social por el
despojo y la exclusión económica y social a que los someten las
políticas neoliberales son de los más conocidos. Habría que
agregar también en esta categoría a los jóvenes privados de
futuro por un modelo económico que los condena y a toda una
variedad de organizaciones de inspiración identitaria -de etnia,
género, opción sexual, lengua, etcétera- y los movimientos
“alterglobalización” (sobre los cuales volveremos después)
hastiados de la mercantilización de lo social y las políticas de
supresión de las diferencias promovidas por el neoliberalismo;

b) acrecentó la gravitación de otras fuerzas sociales y
políticas ya existentes pero que, hasta ese momento, carecían de
una proyección nacional debido a los insuficientes niveles de
movilización y organización que las caracterizaban y a las
dificultades para instalar sobre el terreno de la política
nacional sus formatos organizativos, tácticas de lucha y
reivindicaciones históricas. En una enumeración que no pretende
ser exhaustiva señalaríamos el caso de los campesinos en Brasil
y México, o el de los pueblos originarios en Ecuador, Bolivia y
partes de México y Mesoamérica;

c) atrajo a las filas de la contestación al neoliberalismo a
grupos y sectores sociales intermedios, las llamadas “clases
medias”, a causa de sus impactos pauperizadores y excluyentes o,
como en el caso argentino, por la lisa y llana expropiación de
sus ahorros sufrida por estos grupos a mano de los grandes
bancos y con la complicidad del gobierno. Los “caceroleros”
argentinos son un ejemplo muy concreto, pero también lo son los
médicos y trabajadores de la salud en El Salvador; o los grupos
movilizados por la “Guerra del agua” en Cochabamba; o la
resistencia a las políticas privatizadoras del gobierno peruano
en Arequipa.

Los infranqueables límites de los “capitalismos democráticos”

En segundo término es preciso decir que el surgimiento de estas
nuevas expresiones de resistencia al neoliberalismo se relaciona
íntimamente con el fracaso de los “capitalismos democráticos” en
la región. Aclaremos que preferimos utilizar esta expresión en
lugar de las más usuales como “democracias capitalistas” o
“democracias burguesas” porque, tal como lo demostráramos en
otra parte, estas acepciones más corrientes ofrecen una imagen
distorsionada de la realidad política y social de los estados de
la región al sugerir que en ellos lo esencial es su componente
democrático siendo lo “capitalista,” o lo “burgués,” meros
aditamentos adjetivos a un orden político que fundamentalmente
democrático cuando la realidad enseña exactamente lo contrario.
Baste con señalar que la frustración generada por el desempeño
de los regímenes llamados democráticos en esta parte del mundo
ha sido intensa, profunda y prolongada.(1)

Fue de la mano de estas peculiares “democracias”, que
florecieron en la región a partir de los años ochenta, que las
condiciones sociales empeoraron dramáticamente. Mientras que en
otras latitudes el capitalismo democrático aparecía como
promotor del bienestar material y cautelosamente tolerante ante
las reivindicaciones igualitaristas que proponía el movimiento
popular –e insistamos en eso de que aparecía porque, en
realidad, tales resultados eran consecuencia de las luchas
sociales de las clases subalternas en contra de los
capitalistas– en América Latina la democracia trajo bajo el
brazo políticas de ajuste y estabilización, precarización
laboral, altas tasas de desocupación, aumento vertiginoso de la
pobreza, vulnerabilidad externa, endeudamiento desenfrenado y
extranjerización de nuestras economías. Democracias pues vacías
de todo contenido, reducidas –como recordaba Fernando H.
Cardoso antes de ser presidente del Brasil– a una mueca sin
gusto ni rabia incapaz “de eliminar el olor de farsa de la
política democrática”, causado por la incapacidad de ese régimen
político para introducir reformas de fondo en el sistema
productivo y “en las formas de distribución y apropiación de las
riquezas.”(2)

Tal como lo planteáramos en Tras el Búho de Minerva, nuestra
región apenas si ha conocido el grado más bajo en la escala de
desarrollo democrático posible dentro de los estrechos márgenes
de maniobra que permite la estructura de la sociedad
capitalista. Democracias meramente electorales, es decir,
regímenes políticos sustantivamente oligárquicos, controlados
por el gran capital con total independencia de los partidos
gobernantes que asumen las tareas de gestión en nombre de aquél,
pero en donde el pueblo es convocado cada cuatro o cinco años a
elegir quién o quiénes serán los encargados de sojuzgarlo. Con
democracias de este tipo no es casual que, al cabo de reiteradas
frustraciones, se produzca el renacimiento de fuerzas sociales
de izquierda y el avance de los movimientos que resisten a la
globalización neoliberal.

La problemática de la organización

En tercer lugar habría que decir que este proceso ha sido
también alimentado por la crisis que se ha abatido sobre los
formatos tradicionales de representación política. Pocas dudas
caben que la nueva morfología de la protesta social en nuestra
región es un síntoma de la decadencia de los grandes partidos
populistas y de izquierda, de los viejos modelos de organización
sindical y de las formas tradicionales de lucha política y
social. Decadencia que, sin duda, se explica por las
transformaciones ocurridas en la “base social” típica de esos
formatos organizativos debido a: (i) la creciente heterogeneidad
del “universo asalariado”; (ii) la declinante gravitación
cuantitativa del proletariado industrial en el conjunto de las
clases subalternas; (iii) la aparición de un voluminoso
“subproletariado” –denominado “pobretariado” por Frei Betto– que
incluye a un vasto conjunto de desocupados permanentes,
trabajadores ocasionales, precarizados e informales,
cuentapropistas de subsistencia (¡los futuros “empresarios
schumpeterianos”, en la delirante visión del teórico neoliberal
peruano Hernando de Soto) y toda una vasta masa marginal a la
que el capitalismo ha declarado como “redundante” e
“inexplotable.” Esto, en una sociedad como la capitalista que se
asienta sobre la relación salarial, significa que esas masas ya
no tienen derecho a vivir. De ahí que con sus políticas y sus
criminales de “cuello blanco” y con estudios doctorales de
economía en los Estados Unidos el neoliberalismo practique una
silenciosa pero efectiva eutanasia de los pobres en América
Latina, África y Asia.

La decadencia de los formatos tradicionales de organización se
relaciona, como si lo anterior no fuera poco, con la explosión
de múltiples identidades (étnicas, lingüísticas, de género, de
opción sexual, etc.) que redefinen hacia la baja la relevancia
de las tradicionales variables clasistas. Si a esta enumeración
le añadimos la inadecuación de los partidos políticos y los
sindicatos para descifrar correctamente las claves de nuestro
tiempo, la esclerosis de sus estructuras y prácticas
organizativas (no en todos los casos igual, pero sí
predominantemente), y el anacronismo de sus discursos y
estrategias comunicacionales, se comprenderán muy fácilmente por
un lado las razones por las cuales estos entraron en crisis y,
por el otro, las que explican la emergencia de nuevas formas de
lucha y movimientos de protesta social. Unas y otros son
también síntomas elocuentes de la progresiva irrelevancia de las
llamadas instituciones representativas para canalizar las
aspiraciones ciudadanas, lo que a su vez explica, al menos en
parte, el visceral –¡y suicida!– rechazo de las fuerzas sociales
emergentes a enfrentar seriamente la problemática de la
organización que tantos debates originara a comienzos del siglo
veinte en el movimiento obrero, y el creciente atractivo que
sobre dichos sujetos ejerce la “acción directa”. Tal como lo
demuestra contundentemente la experiencia argentina es de la
mayor importancia abrir una discusión que permita dilucidar las
razones por las cuales un vigoroso movimiento popular pudo poner
fin a un gobierno, el de la Alianza presidido por Fernando de la
Rúa, pero no pudo poner fin al ensayo neoliberal. Lo mismo
aconteció en Ecuador y, más recientemente, en octubre del 2003,
en Bolivia. Esta asignatura está aún pendiente en los
movimientos populares de América Latina.

Globalización de las luchas

Un cuarto y último factor, en una lista que no intenta ser
exhaustiva, que explica la emergencia de nuevas fuerzas sociales
es la globalización de las luchas en contra del neoliberalismo.
Estas comenzaron y se difundieron rápidamente por todo el orbe a
partir de iniciativas que no surgieron ni de partidos ni de
sindicatos ni, menos todavía, se generaron en la “escena
política oficial”. En el caso latinoamericano el papel estelar
lo cumplió el zapatismo, al emerger de la Selva Lacandona el 1º
de enero de 1994 y declarar la guerra al neoliberalismo. La
incansable labor del MST en Brasil, otra organización no
tradicional, amplificó considerablemente el impacto de los
zapatistas. Luego, en una verdadera avalancha, se sucedieron
grandes movilizaciones de campesinos e indígenas en Bolivia,
Ecuador, Perú y en algunas regiones de Colombia y Chile.

Las luchas de los piqueteros argentinos, lanzadas como respuesta
a las privatizaciones del menemismo, son de la misma época y se
inscriben en la misma tendencia general. Los acontecimientos de
Seattle y otros similares escenificados en Washington, Nueva
York, París, Génova, Gotemburgo y otras grandes ciudades del
mundo desarrollado le dieron a la protesta en contra del
Consenso de Washington una impronta universal, ratificada año
tras año por los impresionantes progresos experimentados por la
convocatoria del Foro Social Mundial de Porto Alegre. Se
produjo así una especie de “efecto dominó” que, sin lugar a
dudas y contrariando una teorización muy difundida en nuestro
tiempo, la de Hardt y Negri en Imperio, reveló la comunicación
existente entre las luchas sociales y procesos políticos puestos
en juego en los más apartados rincones del planeta.

El neoliberalismo armado

Dada la proliferación y la fortaleza de los movimientos
contrarios al neoliberalismo no sorprende su explícita
transformación en una doctrina y una práctica fuertemente
autoritarias. A medida que sus políticas tropezaban con una
creciente resistencia popular tanto en los capitalismos
metropolitanos como en la periferia el neoliberalismo fue
progresivamente abandonando su fachada falsamente democrática y
demostró que en el fondo no era otra cosa que un proyecto
reaccionario y autoritario de contrarreformas que pretendía
disimularse en la supuesta racionalidad y anonimato del mercado.
En este proceso involutivo podemos distinguir tres etapas: una
primera, anterior a los acontecimientos de Seattle, en noviembre
de 1999, en la cual el neoliberalismo se empeñaba en mostrar su
“rostro humano” y en exhibirse como el portador de la sensatez
técnica en el manejo de las complejas cuestiones económicas.
Luego del trauma de Seattle el neoliberalismo elabora
estrategias defensivas y comienza a desarrollar un discurso y
una práctica orientados a la militarización de la política y a
la criminalización de la protesta social. Huelga aclarar que
estas directivas provenían de Washington y eran transmitidas a
través de una densa red de mediaciones que las presentaban no
como una estrategia en contra de la protesta social sino como
parte de un plan socialmente más ambiguo diseñado para combatir
al narcotráfico y las insurgencias guerrilleras de la región.

La etapa posterior, la tercera, está marcada por el evento
traumático del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y al
Pentágono y comienza, para ser muy estrictos, con el anuncio de
la nueva doctrina estratégica norteamericana en septiembre de
2002, en donde se afirma el principio de la “guerra preventiva”
y se clausura en los hechos la posibilidad de un orden
internacional plural a partir del principio de que, en palabras
del presidente George W. Bush Jr., “ésta es una guerra entre el
bien y el mal, y Dios no es neutral.” En esta interpretación
Dios, naturalmente, está del lado de los mercados y la
democracia liberal al estilo norteamericano. Quienes no
comprendan una verdad tan elemental como ésta, un axioma que no
requiere de prueba alguna, sólo pueden ser personeros del mal a
los cuales se les debe tratar sin ninguna clase de
contemplaciones. Su mera existencia como seres humanos
poseedores de derechos inalienables se desvanece, ante los ojos
de los imperialistas de hoy, de la misma manera como lo hiciera
la humanidad de los pueblos originarios de América Latina ante
la llegada de los conquistadores ibéricos.

La satanización de los críticos de la globalización neoliberal,
unida al vertiginoso endurecimiento del clima ideológico y
político nacional e internacional, provocó en los meses
inmediatamente posteriores a los acontecimientos del 11 de
septiembre del 2001 un importante reflujo en las movilizaciones
y las protestas que se venían produciendo con un ritmo cada vez
más intenso en numerosos países. No obstante ello, pocos meses
después la ofensiva de los movimientos sociales contrarios a la
globalización neoliberal recuperó su dinámica expansiva, que se
ha sostenido hasta la actualidad. Es que tales protestas nada
tienen de coyuntural, sino que son indicativas de una condición
estructural de esta nueva fase del desarrollo capitalista, en la
cual la proporción de excluidos sin ninguna posibilidad de
reintegrarse al mercado de trabajo crece sin cesar. En ese
sentido, la exitosa realización del Foro Social Mundial de Porto
Alegre a comienzos del 2002, cuando aún no se terminaban de
remover los escombros de las Torres Gemelas de Nueva York, fue
de alguna manera el síntoma de una irresistible recuperación,
que se ratificaría después en numerosas ciudades de las Américas
y Europa, para encontrar su apogeo en las gigantescas
demostraciones de Génova y poco después en Florencia, durante la
realización del Foro Social Europeo en noviembre del 2002.

Por otra parte, las formidables manifestaciones contrarias a la
guerra de Irak y muy particularmente las que tuvieron lugar en
las principales ciudades del mundo el 15 de febrero del 2003 en
la Jornada de Protesta Global contra la Guerra promovida desde
el Tercer Foro Social Mundial de Porto Alegre, que convocaron en
ciudades como Londres, Roma, Madrid, Barcelona, París y Berlín,
entre tantas otras, a la más grande cantidad de personas jamás
vista ratificaron este ascenso de la lucha de masas contra el
neoliberalismo y la agresión imperialista. La exitosa
realización del IV Foro Social Mundial en Mumbay, en febrero del
2004, y la revitalización de las luchas contra el ALCA en toda
América Latina son otras tantas señales de que pese a su
creciente despliegue represivo las clases dominantes no logran
detener a las fuerzas sociales contestatarias.

En este marco no puede sorprender la renovada agresividad del
imperialismo y sus aliados locales, evidenciada en Afganistán e
Irak y también por su incondicional apoyo al fascista Sharon en
Israel y a cuanto gobierno reaccionario exista en el mundo.
Violencia que se manifiesta, en América Latina, por la escalada
de agresiones y hostigamientos contra Cuba y Venezuela, y contra
cualquier gobierno que en América Latina insinúe tímidas
críticas a los intereses dominantes. El neoliberalismo,
despojado de todas sus artificiosas justificaciones morales, se
presenta ahora desnudo, fuertemente armado y dispuesto a todo.
Ante esto sería bueno que los movimientos sociales
latinoamericanos y, sobre todo, las siempre titubeantes buenas
almas progresistas, recordasen la sentencia que el Dante
inscribiera en la entrada del Séptimo Círculo del Infierno:
“este lugar, el más horrendo y ardiente del infierno, está
reservado para aquellos que en tiempos de crisis moral optaron
por la neutralidad.”

1) Atilio A. Boron Tras el Búho de Minerva. Mercado contra
democracia en el capitalismo de fin de siglo (Buenos Aires:
Fondo de Cultura Económica, 2000), pp. 149-184.

2) Fernando Henrique Cardoso, “La democracia en América Latina”,
en Punto de Vista (Buenos Aires), Nº 23, Abril de 1985.

* Atilio A. Boron, politólogo argentino, es secretario ejecutivo
del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

Publicado en América Latina en Movimiento, No. 385-386, edición especial, Foro Social de las Américas, ALAI, 20 julio 2004

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