El huracán Jeanne, además de poner de manifiesto que la
naturaleza es implacable cuando desata su furia;
también ha dejado a su paso, la lamentable realidad que
golpea al mundo: la desigualdad y la muerte. Quizás,
los medios de comunicación, ya nos acostumbraron a las
muertes. Todos los días escuchamos y vemos por Tv, que
mueren miles y miles de seres humanos, asediados por
bombas que invaden territorios, en busca de yacimientos
minerales, bajo falsos pretextos de armamentos
nucleares nunca encontrados. Otras veces nos cuentan,
como ahora, que un huracán arrasó un pueblo y dejó
tirados sin vida a 2700 hermanos. Y quién sabe a
cuántos niños huérfanos, familias y seres humanos, que
de por vida quedarán quebradas con el mundo y consigo
mismas.

Lamentablemente, nos estamos acostumbrando. La muerte
se convirtió en una compañera irremplazable de las
noticias. Que poblados y generaciones enteras se
extingan, es una condición natural de la noticia. Y lo
más triste, que también para nuestras conciencias. Esta
naturalización, se forja desde que el niño abre los
ojos y es capaz de mirar la televisión. Los dibujos
animados están cargados con dos aditamentos
característicos: la violencia y la muerte. Triunfa el
que mata. Y la muerte antes que una tristeza, se
convierte en un recurso para obtener un premio. Y
cuando llegamos a la juventud y madurez, ya
naturalizados con el homicidio, simplemente decimos
como aquel personaje de Mafalda que se espantaba ante
el mendigo que buscaba comida en un basural: ¡ qué
bárbaro !. Y tarea cumplida con nuestra conciencia.

Y al naturalizar el homicidio y el genocidio de pueblos
enteros, tampoco vemos una realidad que es tan
dramática como la muerte y a la vez una de sus causas:
la desigualdad. El mismo huracán Jeanne que pasea por
América, en Haití, pueblo pobre y subdesarrollado,
extinguió a 2700 personas, dejando en desastre
irreparable a todo un pueblo, con casas destruidas, sin
alimentos y agua desde hace más de 7 días. Los
lugareños, se matan por un mendrugo de pan y una gota
de agua. Decía la televisión: solamente la ayuda
internacional (léase las migajas de algunos países
grandes) puede revertir este cuadro dramático. Y de
genocidio, agregaría. Mientras que por la Florida, en
los Estados Unidos, se tenía noticia que 6 personas
habían perdido sus vidas. Y resaltaban el “perjuicio
económico”: alrededor de 5.000 millones de dólares.

¿Por qué esta diferencia?. ¿El Huracán Jeanne aplacó su
violencia en los Estados Unidos?. ¿Ellos son más
inteligentes y precavidos que nosotros, sudamericanos
que todavía no entramos a la ola de la tecnología y de
la cultura globalizada?. ¿O efectivamente, hay
diferencias estructurales, económicas y logísticas, que
discriminan entre países ricos y pobres?. ¿Diferencias
que en última instancia terminan con la vida o la
conservan?.

Los medios de comunicación, por lo menos, en ningún
momento plantearon la disminución de la intensidad del
huracán. De modo, que la diferencia de resultados
trágicos, no es atribuible a este fenómeno natural. Si
pensamos que somos portadores de cualidades humanas e
intelectuales inferiores, entramos en una argumentación
darwiniana, tan o más peligrosa que un fenómeno natural
como el comentado, con resultados que la historia se ha
encargado de mostrar: guerras, muertes, discriminación,
genocidios, provocados por la malicia del ser humano.
Tampoco esta realidad se puso en evidencia con este
fenómeno climático, mientras que la previsión de
catástrofes precisa de recursos económicos y logísticos
dimensionados para dar respuestas a un pueblo entero.
Haití como la mayoría de las naciones latinoamericanas,
están signadas por el endeudamiento, la pobreza que
azota a más del 45 % de la población, la intervención
político / militar de los Estados Unidos y un dato
característico de la región: la desigualdad. Es el
continente con mayor índice de desigualdad del planeta.

Sin entrar en datos estadísticos y porcentuales, que
dicho sea de paso, poco nos dicen de la realidad y más
aún, pensamos que si la realidad no tiene un signo
porcentual, carece de seriedad objetiva; la desigualdad
en términos de distribución de riqueza, de logística,
de estructura productiva, etc., traen consigo la
imposibilidad de contener a la vida.

Quizás parezca una fórmula extremadamente simplista,
relacionar tan directamente desigualdad / vida o
muerte. Aunque así pareciera, lo que aquí se quiere
dejar de manifiesto, bajo ningún punto de vista es
simplista. Por el contrario, nos encontramos ante un
mundo, organizado sobre la base de la desigualdad y
lamentablemente, la realidad se ocupa de mostrarnos que
esta desigualdad tiene un corolario trágico. Hoy es un
fenómeno natural; ayer fue un supermercado que dejó a
más de 300 víctimas; todos los días son más de 30 niños
que sucumben a la desnutrición por falta de
alimentación; son los hogares que viven con menos de 2
pesos por día o aquellas jefas de hogar que reciben 150
pesos para subsistir, obligándolos a comer el cebo, es
decir, la grasa que las carnicerías desechan en los
basureros. ¿Qué posibilidad de contener la vida tienen
estos desiguales?.

El huracán Jeanne, idílicamente llamado, no hace otra
cosa que poner en evidencia la desgracia de la
desigualdad sobre la que convivimos tres cuartas partes
de la población mundial. No es simplismo, es la
realidad la que golpea la dignidad de las personas y
nos obliga a mirar objetivamente a la “organización
social”, si es que así merece llamarse, sea local,
nacional como internacional. Es necesario ver, juzgar y
actuar en consecuencia. El huracán Jeanne puede ser
casualidad o no, lo dirán los científicos meteorólogos,
pero su desenlace trágico, no lo es. Queda visto que
con recursos suficientes, es posible evitar dañar o
matar a la vida humana. Por eso, el problema no es el
huracán; el problema es el huracán de la desigualdad
que nos azota, sino a todos, por lo menos a casi todos.
Tomar conciencia y emitir un juicio crítico de los
esquemas económicos y políticos que generan
desigualdad, y en su momento, actuar en consecuencia,
es el punto de partida para generar un cambio
sustantivo contra la desigualdad y a favor de la vida.

* Daniel E. Sbardella. Abogado, Provincia de Corrientes
– Argentina.