Los temas, al acercarse las elecciones internas y sus
correlativas, las nacionales, que se realizarán en junio y en
octubre de este año, parecen enmarañarse cada día más. Es que
las elecciones en esta ocasión pueden determinar un cambio
dramático en la correlación de fuerzas y, con ello producirse,
una modificación gigantesca en el funcionamiento del Estado.

¿Se imagina el lector a un personaje tan singular como el
ex presidente Julio María Sanguinetti sin la posibilidad de
influenciar en decisiones del gobierno, u otro, como Luis
Alberto Lacalle, sin tener tras de si el reaseguro de cientos de
altos funcionarios enquistados en lugares clave de la
administración que, de una manera u otra, respondan a sus
intereses?

Es posible que los partidos blanco y colorado, centros
indiscutidos de poder durante todo un siglo, deban abandonar su
situación de preeminencia dentro de la administración, siendo
sustituidos sus hombres de confianza (“particular confianza”
como precisa la jerga política a que estamos acostumbrados los
uruguayos), por toda un grupo de jerarcas nuevos que,
evidentemente, tendrán un perfil, posiblemente, más técnico que
quienes ocupan los cargos hoy al frente de las diversas
reparticiones del Estado.

Los uruguayos deberíamos hacer un esfuerzo de imaginación,
para plantearnos un escenario distinto al actual, en que las
personas que sean designadas al frente de las empresas públicas,
por ejemplo, respondan rigurosamente a lineamientos de una
política económica que busque el desarrollo productivo y que
vean, con reparos críticos, otros planteamientos provenientes de
acuerdos con organismos multinacionales de crédito. En
definitiva, qué no digan “amen” a los mismos.

Sabemos que, de acuerdo a lo acordado con el Banco Mundial,
en las próximas semanas se producirá otro aumento de tarifas
públicas, pese que para la Oficina de Planeamiento y Presupuesto
es hoy más difícil (en pleno año electoral), imponer la decisión
a los directorios de las empresas públicas que, obviamente,
también tienen “su corazoncito” y, de alguna manera, se niegan o
son presionados por sus correligionarios, para que las
antipopulares decisiones se posterguen lo más posible.
Pretenden, claro, mantener un nivel “relativamente competitivo”
en las encuestas que cada sector mira, cada día, con mayor
atención.

¿Qué ocurrirá si se produce el dramático cambio de partidos
en la conducción del Estado? Obviamente las decisiones tendrán
otra cadencia y la propia metodología de poder, cambiará de
manera dramática, por cuanto – es evidente – que los centros de
las decisiones trascendentes estarán en otras manos.

Los candidatos a protagonizar legislaturas, fracasados en
ese intento, no serán designados, cambiándose a esos personajes,
seguramente por técnicos, que pese a una presunta inexperiencia
en la conducción de la cosa pública, pueden tener una
orientación más adecuada teniendo primeramente en cuenta los
intereses de la comunidad. Es evidente, además, que el camino a
recorrer está lleno de obstáculos y nuestro análisis prospectivo
está basado en una visión influida en encuestas que, por
contradictorias, hacen dudar de su idoneidad técnica. Las cifras
y los lugares de los distintos sectores muestran diferencias tan
agudas pero, de insolente preponderancia en la atención de los
políticos, que por esa característica de poco sirven para
valorar en lo “fino” el presente de la opinión y el futuro
electoral de los uruguayos.

Sin embargo todas coinciden en que el Encuentro Progresista
– Frente Amplio, encabeza claramente las preferencias y que los
viejos partidos tradicionales profundizan su crisis, paralizados
en un mar de algas que fueron creciendo y aprisionando a los
políticos blancos y colorados. Una situación que ha determinado
que mayoritariamente hayan tenido que ajustar su discurso
electoral a las formas y los contenidos de la centro izquierda.
La excepción todavía competitiva, es la del herrerismo que,
encabezado por Luis Alberto Lacalle, sigue pregonando un perfil
de derecha destinado a aglutinar tras de si a un sector que, de
fracasar en su intento, no tendría expresión electoral
explícita.

¿En qué quedará la tradicional genuflexión, para manejar un
ejemplo extremo, del diario El País, que ha estado aliado
siempre a la derecha y ha sido cómplice de todos los gobiernos
sacando como contrapartida una enorme cantidad de créditos que
terminan como regalías, ondas de radio y televisión, incluso
algunas en su momento de carácter monopólico? Es bueno imaginar
como quedará la cintura de los jerarcas de esa publicación, al
cambiar en los hechos la dirección de la reverencia. Sin embargo
tememos, porque lo que mandan son los intereses, que estos
señores se revelen, escandalicen y incluso se propongan caminos
poco democráticos – como los que ellos transitaron cuando
apoyaron a la dictadura militar – para tratar de conservar
privilegios que a esta altura parecen un bien adquirido pero que
en esencia, son inadmisibles.

¿Y que harán los tránsfugas? Aquellos que a la salida de la
dictadura, ardores juveniles mediante, trabajaron por la
democracia y que luego, paulatinamente asumieron el discurso de
la derecha, expresándose en negro sobre blanco, en radio y
televisión o en cuanta tribuna que se les abriera, en contra los
intereses de la gente. Por supuesto no nos referimos a quienes,
de alguna manera, modificaron su pensamiento ante los nuevos
tiempos, sintieron en carne propia las frustraciones de un mundo
que se derrumbó. Cambiar es bueno en una sociedad de valores
permanentes pero de fluidas concepciones y alternativas
históricas. Lo malo es cambiar los objetivos profundos de la
existencia, valorando solamente lo material y abandonando
ideales que, más que ello, deberían basarse en inalterables
concepciones éticas. ¿Qué harán esos tristes personajes que,
como ellos mismos han afirmado, se niegan a compartir en mismo
techo con periodistas de otros medios y que se definen semana a
semana como defensores de un statu quo?

Por supuesto – lo veremos en conjunto – muchos de ellos,
porque lo han hecho antes, irán variando su discurso para
justificar primero y luego apoyar lo que ahora merece los rayos
y centellas de una continua diatriba.

Por supuesto que estas líneas las escribimos antes de la
aparición semanario de la derecha, pero no es muy difícil
imaginar las palabras que dedicaran a las últimas convulsiones
que se produjeron en el Encuentro Progresista – Frente Amplio,
como consecuencia de desinteligencias entre el discurso y la
oportunidad. Por supuesto que en sus comentarios no valorarán el
fondo del asunto, sumándose simplemente a lo que hacen otros,
que hablan de mentiras y ordinariez, cuando son ellos los
responsables de que cientos de miles de uruguayos vivan por
debajo de la línea de la pobreza.

Vivimos en un Uruguay fluido, en el cual al desencanto que
vive la mayoría de la población se suma la metodología electoral
de la derecha, con sus ingredientes tradicionales. Un discurso
parecido al del sector que encabeza las encuestas, la agresión
concertada contra los dirigentes de ese mismo sector
mayoritario, a lo que agregan ingredientes del terror, el de
siempre. En la oportunidad están tratando de oponer al Encuentro
Progresista – Frente Amplio con las Fuerzas Armadas, intentando
consolidar una ficticia solidaridad entre quienes se encuentran
en actividad y algunos personajes, verdaderas excrecencias del
pasado, que siguen suspirando con nostalgia por el período en
que, sin control, mataron y torturaron, secuestrando a niños,
siempre encubriendo su accionar con lo establecido por la
Doctrina de la Seguridad Nacional, verdadero compendio de la
cobardía.

Los militares hoy en actividad saben muy bien. Buena parte
de la problemática que siguen sufriendo en una sociedad que los
rechaza, se debe a la actuación que le cupo a las fuerzas
armadas en aquel período trágico que demostró que el único
mecanismo que tienen los pueblos para dirimir sus diferencias
está en la democracia.

Sabemos, por último, que muchos de los que tratan de
recrear hoy los fantasmas del pasado, fueron los primeros en
violentarla.

Y punto.

* Carlos Santiago. Periodista.

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