Se calcula que entre el 39 % y el 50% de los ecosistemas de tierra
firme en el mundo han sido ya degradados o transformados por las
actividades humanas. La destrucción de los manglares costeros
alcanza cerca del 50% de su área de distribución original. En
1995 el 22% de las pesquerías marinas estaban ya sobre explotadas
y un 44% adicional había llegado ya a su límite de utilización.
La transformación humana de los ecosistemas ha provocado que las
tasas de extinción especies sean hoy entre 100 y 1000 veces
mayores que las que se darían de manera natural.

Estos datos son sólo algunos de los muchos que se han publicado
sobre la situación del ambiente que nos rodea. Alguien podría
especular que se trata de exageraciones, pero desgraciadamente su
fuente, la prestigiosa revista Science de julio de 1997[1], es
suficientemente fidedigna como para pensar que son hechos
científicamente demostrados. La cuestión, queramos o no
reconocerla, está clara: las actividades del ser humano han
degradado la naturaleza a tales niveles que estamos poniendo en
riesgo no sólo la vida de otros seres, sino también nuestra propia
supervivencia.

Guatemala no es una excepción. Las estadísticas de cobertura
boscosa indican que aproximadamente el 70% del territorio
guatemalteco ha perdido ya sus ecosistemas naturales y el 30%
restante está en acelerada degradación. El manglar ha sido talado
de manera tal que ya se ha perdido aproximadamente el 50% de su
cobertura original[2], y aún continúa degradándose. De todo el
sistema nacional de áreas protegidas, únicamente dos mantienen aún
la capacidad de conservar por sí mismas la diversidad biológica
que albergan[3]. El resto depende de un entorno que va
desapareciendo de manera irremediable.

La selva tropical de Guatemala se ha reducido a unas partes de la
Reserva de la Biosfera Maya y a unas pequeñas áreas protegidas
que están seriamente amenazadas o que ya han fracasado en la
conservación de la diversidad biológica. Pocos conocen, aunque no
por ello deja de ser cierto, que áreas como el Biotopo Chocón
Machacas han perdido la casi totalidad de sus características
biológicas terrestres[4], o que el Monumento Cultural Ceibal está
en degeneración al haber perdido desde hace años los grandes
felinos que en otra época albergaba. Estos no son más que dos
casos entre muchos otros, que sirven para mostrar que o nos
tomamos las cosas en serio o nuestra generación está condenada a
ser testigo de la extinción de los últimos reductos naturales del
país.

Las causas son numerosas y profundas, y su análisis sobrepasa con
mucho los motivos de este artículo. Ahora bien, merece la pena
mencionar que entre ellas se sitúan el descomunal egoísmo de una
sociedad –valga la antítesis– en la que el individuo busca su
bienestar a costa del de los demás. Una de las consecuencias de
él es la corrupción rampante y la mediocridad que impera en todas
las esferas colectivas. Lo cierto es que a una buena parte de la
sociedad guatemalteca le importa poco la destrucción de su
entorno, y por eso no hace nada mientras el deterioro natural no
afecte sus propios intereses. El individualismo y la indiferencia
han provocado que en Guatemala se sucedan los gobiernos que no
buscan el bien común.

En estas circunstancias, celebrar el Día de la Tierra se convierte
en un sin sentido. Mientras se hacen fiestas y exposiciones, la
destrucción de sitios tan importantes como los parques nacionales
Sierra del Lacandón, Laguna del Tigre y Yaxhá sigue su rumbo. No
por celebrar el Día de la Tierra se va a crear la voluntad
política que ha faltado en los últimos gobiernos para enfrentar
los serios problemas ambientales del país. Tampoco esta
conmemoración va a ser el punto de partida para que las
instituciones a las que les corresponde inicien una lucha a muerte
contra la impunidad con la que unos pocos están usurpando nuestro
patrimonio natural. Quizás ese mismo día, algún que otro
gobernador o alcalde esté pensando cómo ganar votos fomentando la
usurpación de áreas protegidas o la construcción de una carretera
en la Reserva de la Biosfera Maya.

Tal como está la situación actual hay poco motivos para pensar que
la celebración del Día de la Tierra va a servir para algo más.
Pero no debe ser esto un motivo para el desánimo, al contrario.
Todos y cada uno de los que queremos que la situación cambie; los
que pensamos que existe una ética que debe prevalecer sobre el
interés particular; los que amamos profundamente la naturaleza y
creemos que necesita una oportunidad de sobrevivir, debemos
continuar sin desfallecer. La conservación del ambiente en
Guatemala tiene muchas dificultades, pero si todos nos rendimos
ante ellas lo seguro es que vamos a conseguir ser testigos de una
tragedia por la que, sin ningún género de duda, nos van a juzgar
las generaciones futuras.

Notas:

[1] Vitousek, P., H. Mooney, J. Lubchenco y J. Melillo. Human
Domination of Earth’s Ecosystems. Science 277 (1997).

[2] Espinosa, P., C. Albacete y E. López, 2001. El manglar, un
ecosistema único. Trópico Verde. Guatemala

[3] Albacete, C, 2002. Estado del Sistema Guatemalteco de Áreas
Protegidas. Trópico Verde, Parks Watch, Center for Tropical
Conservation, Duke University. Guatemala.

[4] Albacete, C., 2003. Perfil del Biotopo Protegido Chocón
Machacas. Trópico Verde, Parks Watch, Center for Tropical
Conservation, Duke University. Guatemala.