A cada momento estoy rodeado de reporteros en busca de una entrevista.
La mayoría desea obtener informaciones concernientes a mi trabajo y a
las áreas de mi interés, como el Programa Hambre Cero, literatura y
religión.

Hace días en Belo Horizonte reencontré a un reportero que siempre se
hace presente cuando se trata de entrevistar a políticos o
funcionarios públicos, y que trae, a la par de la libreta, una penca
de bananos. En cuanto oye las preguntas de sus colegas, el periodista
come, uno a uno, los bananos, separando cuidadosamente las cáscaras.
Cuando le toca preguntar no le interesa si el Hambre Cero beneficia a
más de un millón de familias o si se erradicó la mortalidad infantil
en varios municipios. Quiere echar leña al fuego: saber qué pienso
del viaje de la ministra, de la expulsión de la senadora, de la frase
lamentable del ministro. No está preocupado por cumplir su misión
periodística, que consiste en informar bien al público; su objetivo es
arrojar más gasolina al incendio, contraponer figuras públicas,
agarrar una afirmación que le pueda asegurar una clamorosa primera
página. Sobre todo, llevar al entrevistado a resbalar en las cáscaras
de banano.

Si el entrevistado se aparta de las cáscaras de banano y no le da el
placer de caer en la trampa, el reportero se enfurece. Entonces la
supuesta objetividad se aleja de su rostro, que se pone crispado. Y de
entrevistador se convierte en agresor, haciendo afirmaciones
descabelladas, como la de que “el Hambre Cero trata de favorecer la
victoria del Partido de los Trabajadores en las elecciones del 2004”.
Frente a la respuesta -“el peso de la prueba le corresponde a quien
acusa”- se enrabieta aún más. Harto de bananos, parece no admitir que
el entrevistado consiga sortear todas las cáscaras. Entonces se lanza
a hacer el tipo de pregunta sin escapatoria: “En la polémica de los
transgénicos, ¿usted se pone de parte del ministro de Agricultura o de
parte de la ministra del Medio Ambiente?” Y más se irrita cuando
escucha por respuesta: “Me pongo de parte del presidente de la
República”.

Con frecuencia la entrevista cáscara de banano se desliza por el área
económica. “¿Usted cree que el Brasil va a reiniciar el crecimiento
económico respetando los plazos de la deuda pública?” Si respondo sí
o no, molesto al dios mercado. Como todos saben, él es sensible como
los dioses del Olimpo. Nunca creerá que, al opinar sobre economía, no
me valgo, en cuanto asesor presidencial, de informaciones
privilegiadas. Prefiero callarme. No deseo contribuir a hacer subir o
bajar la presión arterial del dios mercado. Todos saben que él vive en
la cima de una montaña y que desde allá arriba está al tanto de cuanto
les sucede a todos los mortales. Madrugador como es, antes que salga
el sol por el horizonte llama por celular a los comentaristas
económicos y evacua sus emociones. Después sus oráculos nos comunican,
por radio o televisión, que el mercado no reaccionó bien a la
entrevista del ministro ayer por la tarde y quedó de mal humor. O que
reaccionó bien al discurso del Presidente y la Bolsa de Valores cerró
al alza…

Otro día una periodista preguntó si tengo críticas que hacer al
gobierno. Ante mi respuesta positiva, ella se puso en guardia:
“¿Cuáles?” Le di la misma respuesta, que llevo en la punta de la
lengua, preparada para quien en insiste en conocer mis críticas al
poder eclesiástico: “A los amigos los critico, a los enemigos los
denuncio”. La ropa sucia se lava en casa. Es ingenuo quien alimenta la
espectacularización de la noticia exponiendo al público las
contradicciones de la institución a la que uno pertenece. Por eso los
disidentes tienen la voz cautiva en los medios cuando se trata de
desprestigiar al grupo social del cual se distanciaron.

El buen periodismo se hace con objetividad, con el propósito de
informar. Sin embargo ésa es una joya rara. Basta con ojear ciertas
revistas semanales que editorializan sobre todas las materias. La
opinión de los editores se vuelve, en el texto, más evidente que la
noticia. La adjetivación se sobrepone a las informaciones sustantivas.
Todo con buena dosis de congoja y de ira, cuando se trata de opinar
sobre personas o situaciones opuestas a la línea ideológica de la
publicación.

Una entrevista no se debe confundir con un interrogatorio, ni el
periodismo con el tiro al blanco. Por respeto al público, que tiene
derecho a la información y al discernimiento crítico.

* Frei Betto es autor de “Comer como un fraile. Recetas divinas para
quien sabe por qué tenemos un cielo en la boca”, entre otros libros. Traducción de José Luis Burguet.