Conferencia presentada en el I Congreso Bolivariano Nacional de
Dirigentes Campesinos, Agrarios y Pescadores

Barinas, 8 y 9 de diciembre de 2003

Como el tema que nos ocupa es el del impacto del ALCA en la
agricultura, quisiera, en primer lugar, dedicarle un punto de
reflexión al origen de la siembra vinculada en esencia a las
mujeres; y así, aprovechar la atención del contenido para rendirle
un reconocimiento a todas las mujeres, del pasado y del presente,
entre ellas, especialmente, a Paula Correa, ser humano de notable
entereza y madre del General del Pueblo Soberano, Ezequiel Zamora.
Mujeres del pasado y del presente, quienes junto con ella, fueron,
son y seguirán siendo, ejemplos de lucha y resistencia,
compatriotas y compañeras de camino, y que hoy, en este I Congreso
Bolivariano Nacional de Dirigentes Campesinos, Agrarios y
Pescadores, nos brindan sus legados, sus aportes de investigación y
su solidaridad incondicional; estoy segura de que estos datos sobre
el nacimiento de la agricultura servirán de apoyo a nuestra
reflexión y conocimiento; y además, contribuirán a que nuestros
compañeros revolucionarios valoren conscientemente el trabajo de las
mujeres en el campo y en la misma vida cotidiana.

Consideramos este un punto importante, ya que en Venezuela, en estos
primeros años de Revolución Bolivariana, observamos a las mujeres en
una nueva situación, en donde el Estado y las instituciones
vinculadas al desarrollo humano, reconocen conscientemente su
valía humana, sus derechos políticos y sociales, y por ende, sus
derechos culturales y económicos. Las mujeres venezolanas, urbanas
y rurales, ligadas indisolublemente a la estructura y organización
del nuevo sistema económico, como pleno valor de la sociedad,
contribuyen a derribar pilares fundamentales de la sociedad
neoliberal caracterizada por la globalización de un mercado
especulativo; y luchan por erigir, tenazmente, con conciencia de
clase, las bases para la construcción de una sociedad democrática
participativa y protagónica, cuya filosofía es la justicia social.
Germinan, pues, ante nuestros ojos otras formas de sociedad humana;
las mujeres bolivarianas, ya no sólo trabajan y piensan en su
familia; sino que de igual manera, están comprometidas con el
original sistema socioeconómico de la nación; surgen, por tanto, en
la Venezuela Bolivariana Revolucionaria nuevas condiciones de vida,
tanto para las mujeres que viven en la zona urbana como para las que
viven en los asentamientos agrarios. Visualizamos nacientes brotes
de pensar y de hacer, nuevas costumbres, nueva moral, y ante todo y
con especial agudeza, un nuevo papel de las mujeres, importante para
el desarrollo del Estado Revolucionario.

Firmemente convencida de que un estudio y comprensión del pasado,
contribuirá a un entendimiento mejor de nuestra exposición en este I
Congreso Bolivariano Nacional de Dirigentes Campesinos, Agrarios y
Pescadores, y además, persuadida de que estos datos aportarán para
robustecer el semillero de mujeres y hombres en resistencia que
brota en el continente americano; comenzaremos por decir, que hace
ya cierto tiempo, Alexandra Kollontai, una de las figuras más
conspicuas de la revolución rusa, en su libro titulado: La mujer en
el desarrollo social; invitaba a leer con atención el primer
capítulo de la obra del antimilitarista August Bebel: La mujer y el
socialismo; en donde, y según el dirigente político alemán: “Bajo
el primitivo comunismo, en aquel tiempo tan incompresiblemente
lejano para nosotras y nosotros, en que era desconocida la propiedad
privada y los seres humanos eran nómadas en pequeños grupos, no
existía ninguna clase de diferencia entre la situación de la mujer y
la del hombre.

Los seres humanos se alimentaban de lo que le proporcionaba la caza
y la recolección de frutos y hortalizas silvestres. En ese periodo
de desarrollo del hombre y la mujer primitiva, hace diez mil o cien
mil años, no se diferenciaban las tareas y obligaciones del hombre
de las de la mujer. El parto de sus hijos solamente producía una
corta interrupción de sus ocupaciones ordinarias. La mujer era
exactamente como sus restantes camaradas en el rebaño humano, como
sus hermanos, hermanas, hijos y padres; obligados por puro instinto
de conservación a colaborar en la defensa contra los ataques del
enemigo más temido en aquellos tiempos, los animales de presa.

En aquel tiempo, la ley, el derecho y la división de la propiedad
eran cosas desconocidas; no existía la exclusiva dependencia del
hombre, ya que entonces, no había otra cosa que lo colectivo: la
tribu. Quien no se subordinaba a la voluntad de la colectividad,
perecía: se moría de hambre o era despedazado por las fieras. Sólo
manteniéndose firmemente juntos en la colectividad se encontraban
los seres humanos en disposición de defenderse del enemigo más
poderoso y temible de aquel tiempo. Cuanto más firmemente soldada
se encontraba una colectividad, mejor se subordinaban los miembros
particulares a la voluntad de la misma; lo que significaba que
podían formar filas con mayor unidad contra el enemigo común y así
la lucha obtenía mayor éxito y la tribu tenía más posibilidades de
supervivencia. La igualdad y la solidaridad natural –las dos
fuerzas que mantenían unida a la estirpe- por lo tanto, eran
también las armas mejores para la defensa propia.

La humanidad de aquella época no sabía nada de clases, explotación
del trabajo o propiedad privada. Así vivió la humanidad miles y aún
posiblemente cientos de miles de años. Sin embargo, este cuadro
cambió en la fase siguiente del desarrollo humano. Los primeros
brotes de trabajo productivo y de economía doméstica fueron el
resultado de un largo proceso durante el cual la humanidad buscó la
mejor manera de asegurar su existencia.

Por razones de clima y de geografía, según llegara entonces a una
comarca de bosques o a una estepa, una tribu se convertía en
sedentaria, mientras la otra se pasaba al pastoreo, y al mismo
tiempo que esta nueva forma de economía surgían nuevas formas de
comunidad social. Los miembros de la tribu que fijaban su
residencia en una zona de bosques con pequeños campos abiertos, se
fueron convirtiendo en agricultores sedentarios. La otra tribu que
vivía de la caza en extensas zonas esteparias con grandes rebaños de
búfalos, caballos y cabras, se pasaron al pastoreo. En la tribu que
se dedicaba a la agricultura, la mujer no sólo tenía los mismos
derechos, sino, que a veces incluso, asumía una posición dirigente.
Sin embargo, en el pastoreo nómada empeoraba crecientemente la
situación subordinada, dependiente y oprimida de la mujer.

Se ha demostrado que las mujeres de las tribus dedicadas al cultivo
de la tierra gozaban de mucha mayor igualdad. Algunas tribus
campesinas incluso, poseyeron un sistema de matriarcado (matriarcado
es una palabra griega que significa predominio de la mujer). En los
pueblos agrícolas la mujer era la primera productora. Hay
abundantes indicios de que fue a la mujer a quien se le ocurrió por
primera vez la idea de cultivar la tierra y de que fue la ‘primera
que trabajó en la agricultura’. La mujer llegó a la idea de la
agricultura de la siguiente manera. A las madres con hijos
lactantes no las llevaban con los demás en la época de caza porque
no estaban en condiciones de seguir su paso, y además, porque los
niños obstaculizaban las operaciones venatorias. Por lo tanto, la
madre se quedaba con su hijo y estaba obligada a esperar hasta que
la tribu regresara con el botín. No era sencillo procurarse
alimento y con frecuencia la espera era muy larga. No disponía de
muchas provisiones y en consecuencia, estaba obligada a buscarlas
con su propio esfuerzo para alimentarse ella y el niño pequeño.

De ahí, han deducido los científicos que es muy probable que la
mujer comenzara a cultivar la tierra. Si se agotaban las
provisiones de frutos en el lugar en que ella esperaba la vuelta del
clan, tenía que buscar vegetales con semillas comestibles que las
comía y con ellas alimentaba también a su hijo. Mientras trituraba
el grano entre sus dientes -las primeras ruedas de molino- caerían
algunos granos al suelo, y cuando después de bastante tiempo volvía
la mujer al mismo lugar descubría que los granos caídos habían
comenzado a germinar y ella marcaba esos lugares. Y entonces, se
dio cuenta de que era una ventaja para ella volver cuando el vegetal
estuviera maduro: la búsqueda de alimento le costaría así menos
esfuerzo.

También vio donde podría recoger en el futuro el alimento más rico.
Por consiguiente, los seres humanos aprendieron por experiencia que
el grano que caía en tierra comenzaba a crecer; y a base de
experiencia, comprendieron también, que la cosecha era mejor cuando
previamente habían removido la tierra. Sin embargo, esa experiencia
se olvidaba frecuentemente, ya que el saber sólo se hacía propiedad
de la tribu cuando era transmitido a la comunidad y no se propagaría
hasta las generaciones siguientes. La humanidad tenía que realizar
un trabajo increíblemente fatigoso antes de que estas cosas tan
sencillas para nosotros se les hicieran comprensibles y las
asimilaran. Sin embargo, para poder fijar esos conocimientos tenían
que convertirse en costumbres.

La mujer estaba interesada en que el clan o estirpe regresara al
lugar de descanso donde crecían los vegetales plantados por ella;
pero, no se encontraba en condiciones de convencer a sus compañeros
de los beneficios de su plan económico. No podía moverlos con
palabras y convencerles de esa manera. En lugar de esto, contribuyó
a que se infiltraran aquellas normas, costumbres e ideas que
fomentaban sus propios planes. La siguiente costumbre se elevó al
carácter de ley: si el clan había dejado a madres y niños con luna
llena en un campo próximo a un arroyo, los dioses ordenaban que
volvieran después de algunos meses al mismo campo; y quien no lo
hiciera sería castigado por los espíritus. Como la estirpe
descubrió que algunos niños morían cuando no se respetaba esa norma;
es decir, cuando no se regresaba al ‘sitio de hierba’, comenzaron
finalmente a observar estrictamente esa costumbre, y creyeron en la
‘sabiduría’ de las mujeres.

Como a la mujer le interesaba conseguir el rendimiento máximo con el
esfuerzo mínimo, descubrió lo siguiente: cuanto más poroso esté el
suelo a sembrar, mejor será la cosecha. En cuclillas, arañaba en
los primeros campos la tierra con ayuda de ramas, azadas u horcas de
piedra. Se demostraría que esto proporcionaba a los seres humanos
más seguridad que el vagabundear por los bosques en busca de frutos,
con el constante peligro de ser despedazados por animales de presa.

En tal caso, continúa señalando Bebel, por razón de su maternidad
tenía la mujer, entre los miembros de la tribu, una situación
especial. A ella debe la humanidad el descubrimiento de la
agricultura, una nueva fuerza que hizo progresar notablemente su
desarrollo económico. Y fue este descubrimiento el que determinó
durante largo tiempo el papel de la mujer en la sociedad y en la
economía y la colocó en la cúspide de esas tribus que se dedicaban
al cultivo de la tierra”.

Aprovechando esta sustancial referencia del defensor de medidas
progresistas en materia social, August Bebel, y en relación al ALCA
y sus graves impactos, muchas personalidades, sumadas a comunidades
y organizaciones de mujeres, latinoamericanas, caribeñas , y de
otras latitudes; y entre ellos de igual forma nosotras y nosotros;
hemos marcado posición y vamos denunciado a la humanidad el
propósito de ese endemoniado acuerdo comercial, que no sólo busca
anexionarse a América Latina y el Caribe; sino que pretende hacernos
borrar nuestros conocimientos de agricultura tradicionales, para así
imponernos su visión individualista, imperialista e inhumana de la
producción agraria y de la vida.

Debemos enfatizar aquí, que a través de la globalización financiera
y el modelo neoliberal que ya se viene aplicando en nuestros países
desde hace décadas, vivimos peligrosas transformaciones y sufrimos
impactos negativos en la vida, no sólo las mujeres sino de hombres,
niños, niñas, ancianas y ancianos que conforman a la Patria Grande;
violando así, nuestros más fundamentales derechos humanos. Pues,
Estados Unidos, como hegemón, ya aplica y pretende seguir aplicando
con el ALCA, como bien lo decía el científico germano Arno Peters,
un concepto de “economía de mercado que inevitablemente lleva a la
explotación del ser humano, a la polarización de la riqueza social y
a la enajenación del sujeto. Y esto no es economía, o sea, la
satisfacción de las necesidades humanas a través de la
transformación de la naturaleza, sino lo que Aristóteles caracterizó
como “crematística”: la perversión de la economía -de un subsistema
al servicio de la sociedad (polis)- en una maquinaria para obtener
ganancias a costa de las mayorías” Por la aplicación fiel de tal
noción, actualmente existen más de 1.000 millones de personas en el
mundo que viven en pobreza extrema; de ese total, dos tercios (700
millones), son mujeres. La pobreza obliga a que cada vez más mujeres
asuman la responsabilidad de ser “jefas de familia”; hecho que
justifica la realidad dramática denominada “feminización de la
pobreza”; pues son ellas quienes para mantener a sus hijos y salir
adelante en una situación tan dura dan el rostro en las ciudades y
en el campo.

Son millones las mujeres de nuestras comunidades rurales, que se ven
y se verán mayormente forzadas, si se aplicara el ALCA, a emigrar
hacia las ciudades de América Latina y el Caribe, pero, sobretodo a
hacia las ciudades de Estados Unidos y Europa para realizar trabajos
domésticos mal pagados; y de estos millones de desplazadas, habrán
miles de mujeres explotadas, discriminadas y empujadas a la
prostitución como efecto de la miseria. En otro sentido, los
acuerdos agrícolas del ALCA traerán además como consecuencia menores
precios para las cosechas, llevando a más mujeres a las
maquiladoras, situación que ya observamos en el hermano país azteca
a raíz de la implementación del Tratado de Libre Comercio a partir
de 1994; realidad que ya denuncian organizaciones cercanas a México,
se agravará, si se permite la construcción de los corredores
biológicos del Plan Puebla Panamá, que causará la movilización de
más de 10 millones de mujeres, sobretodo de nuestras hermanas
mexicanas, que sólo contarán como estrategia de supervivencia para
cubrir las necesidades básicas de sus familias, la opción de
trabajar en las maquilas; pero lo que debe llamarnos a reflexión es
que serán mujeres que por circunstancias impuestas por el imperio y
su codicia abandonarán el campo, es decir, los espacios donde
desarrollan su agricultura de sustento.

Para complementar este cuadro, agregamos, que el Fondo Internacional
para el Desarrollo Agrícola (FIDA), informa que a pesar del
crecimiento económico generalizado en América Latina, la pobreza
rural aumentó de un 10 a un 20 por ciento en los últimos tres años.
Más de 90 millones de agricultores del Caribe y América Latina viven
por debajo del límite de pobreza, de entre ellos 47 millones en
condiciones de pobreza extrema. El informe indica que el papel de
cabeza de familia lo desempeña en exclusiva la mujer en ocho a diez
millones de casos; dos a tres millones de mujeres se emplean como
jornaleras, y treinta a cuarenta millones de mujeres se encargan del
manejo de sus pequeños asentamientos rurales.

Otro dato económico señala que el 25% del total de la población
latinoamericana y caribeña vive en las áreas rurales, es decir, un
poco más un poco menos de 123 millones de personas que dependen
directa o indirectamente de la agricultura. Y los datos de igual
manera señalan, que en los Estados Unidos y Canadá, países
denominados del primer mundo, vive un gran número de pequeños
productores en la pobreza; en Estados Unidos el 14.2% de la
población rural es pobre, y más de 500 pequeñas empresas agrícolas
van a la quiebra semanalmente.

Sin embargo, y este es un dato que debemos tener presente, lo más
insólito es que el propio Banco Mundial reconoce que en la realidad
rural los índices actuales de pobreza superan los prevalecientes
hace una década; señalando que uno de cada dos habitantes del campo
sobrevive en una situación de extrema miseria, “en medio de un
círculo vicioso en el cual el uso indiscriminado de recursos
naturales representa la única forma de que los pobres sobrevivan”.

Ahora, ubicándonos en el tema que nos ocupa, Impactos del ALCA sobre
la Agricultura, el Sector Campesino y Agrario, podemos acentuar que,
hoy vivimos otros tiempos, y la agricultura no tiene los mismos
principios del pasado de los que nos narraba el progresista August
Bebel; actualmente, frente a esa realidad del campo, en nuestra
Abya Yala, nacen escenarios comprometidos políticamente para
realizar profundas transformaciones que modifiquen las viejas
estructuras económicas y sociales de los países que integran la
región. Esa resistencia de nuestros pueblos y del mundo en general,
es consecuencia, no sólo de los cambios veloces que resultan del
avance tecnológico logrado en los últimos años; es decir, de la
mundialización; son, resistencias que se enfrentan al modelo
económico neoliberal imperante y por ende, al dominio hegemónico de
los Estados Unidos, nación, en esencia culpable uno de los peores
periodos de decrecimiento económico en toda la historia del siglo
XX.

Son alteraciones económicas, lo entendemos así, que se vienen
gestando desde hace décadas, cuyas causas se encuentran en la
aplicación nefasta de políticas imperialistas, donde los capitales
especulativos circulan saqueando la riqueza de naciones endeudadas,
que en el pretérito fueron llamadas por los economistas, naciones
en vías de desarrollo; van especulando contra sus monedas, causando
grandes pérdidas para los ahorristas, respaldados por los Estados
neoliberales e interviniendo a su favor cuando hay pérdidas;
apoyando a los bancos que se declaran en quiebra, interviniendo con
dólares o euros para salvarlos; generando, por el principio de la
crematística, ya señalado por Arno Peters, conflictos o guerras de
conquista en las naciones, como la programada para el pueblo de Irak
por el régimen de George Walker Bush y sus aliados; y presionando
inhumanamente a los gobiernos de la región que han adquirido
compromisos con el Fondo Monetario Internacional y las demás
multinacionales .

Al presente, reafirmamos que como consecuencia de la intervención de
Estados Unidos, se va creado una situación difícil y peligrosa en
el Caribe y América Latina; como los grandes desplazamientos de
comunidades urbanas y campesinas, por la aplicación de medidas
económicas, como las privatizaciones, que sólo han contribuido a
elevar los índices de desocupación. Pero, en contrapeso y para su
pesar, también ese sistema hegemónico ha forjado como respuesta,
consciencia de clase en los pueblos que han ido oprimiendo, han
creado un deseo creciente de transformaciones sociales, económicas
y políticas profundas y el rechazo mayoritario a los acuerdos
neoliberales; ya se siente a nivel mundial un gran clamor de las
gentes humildes y de los pueblos nobles por acabar con la
imposición de ese maldito sistema.

En ese mismo sentido, las comunidades de América latina y del
Caribe, sensibles ante las injusticias sociales, ante la
discriminación y explotación inhumana, que hemos adquirido
consciencia de clase y tenemos claro lo que significa la justicia
social; entendemos que el acuerdo comercial propuesto por Estados
Unidos, el ALCA, es un proyecto neomercantilista, extensión del
neoliberalismo para dominar política y económicamente en bloque a
las naciones de la región; ya comprendemos que el ALCA no es sólo
un acuerdo comercial de gran alcance geográfico; sino, además, que
es un instrumento de “nuevo tipo” que tiene implicaciones negativas
en la economía; en los Estados; y lo más importante, en la vida de
los pueblos que integran a labia Yala; sus recetas definen, de
manera explícita e implícita, un modelo económico y geopolítico que
compromete el desarrollo humano y sustentable, la soberanía, la
democracia y el futuro mismo de nuestros países.

Es un proyecto que no trata únicamente de bajar las barreras
arancelarias, como tan comúnmente se pregona, sino que vendrá a
dar continuidad de las políticas de privatización en la región.
Miami, consideran ellos, será la sede idónea, pues, es la capital
de los negocios de las Américas; en donde fluye más de la mitad del
comercio exterior estadounidense con América Latina y el Caribe;
acoge a 2.100 compañías multinacionales, 25 oficinas de comercio
internacional, 40 cámaras de comercio binacionales, y una de las
mayores concentraciones de bancos de Estados Unidos; y será desde
allí, desde donde Estados Unidos va a dictar las condiciones de
comercio, de privatización de los servicios públicos y las
condiciones para la producción del bloque regional.

Con el Tratado de Área de Libre Comercio para las Américas,
insistimos, los gobiernos de Latinoamérica y las Antillas no tendrán
función económica, ni política; ya que el ALCA aspira sustituir las
funciones de los Estados aplicando su política extremista, buscando
acabar con la soberanía de las naciones que integran a la región.
Es un proyecto que tiene como propósito maldito marginar también a
los productores locales de América Latina, absorbiendo, además, los
servicios de salud y educación que quedan en manos de los gobiernos
nacionales; y como si esto fuera poco, en su propuesta, está la
posibilidad de utilizar los ejércitos latinoamericanos más allá de
sus propias fronteras, posibilitando el reclutamiento de soldados
de Sudamérica y el Caribe para ponerlos a hacer trabajo bélico.

No hay ninguna duda de que el ALCA se configura en el panorama
planetario como una pieza clave para fortalecer la posición de los
Estados Unidos en el ámbito internacional; dirigido, principalmente,
en contra de la Unión Europea, el G7, Japón y China. Proponiendo por
un lado, la alianza de 34 países –de los 134 que integran la
Organización Mundial del Comercio (OMC)- en una posición común
hegemonizada por EEUU; para poner en práctica en todo el hemisferio
las propuestas que han encontrado obstáculos en la Organización
Mundial de Comercio (OMC); y por otro lado, propendiendo a la
protección de más de cincuenta sectores de la economía
norteamericana que no son competitivos.

Ahora, así como en el sector urbano los cambios estructurales y
funcionales tienen su justificación; en el sector campesino
agrario, las reformas agrícolas también tienen un fondo. Hagamos un
poco de memoria histórica para entender desde cuándo están
planificadas estas propuestas del ALCA, y por qué advertimos que al
sector agrario, sustancialmente, impactará negativamente este
acuerdo comercial.

Apoyándonos en los hechos históricos, podemos decir que las
transformaciones más evidentes en el sector agrario mundial
despuntaron con la llamada “revolución verde” a fines de la década
de los 50′. Posterior a la II Guerra Mundial, el paso hacia un
incremento en la producción agraria tecnificada, estuvo justificada
por los Estados Unidos en la notable explosión demográfica que se
estaba dando a nivel mundial. En ese ntonces, la argumentada
necesidad de más alimentos fue paliada, en parte, por la llamada
“revolución verde”, que implicó, desgraciadamente para el agro, el
cultivo selectivo de cosechas tradicionales en busca de mayores
rendimientos, nuevos híbridos, y métodos de cultivo intensivo
adaptados a los climas y condiciones culturales de países densamente
poblados.

Pero en el fondo, esta situación de innovaciones en el sector
agrario propuesta por Estados Unidos, coincidió con otras realidades
socio- políticas importantes que se estaban desarrollando en otras
latitudes del mundo. La década de los 60′ se caracterizó por
trascendentales cambios socio-políticos; y luchando en pos de sus
demandas surgían movimientos sociales, políticos y sindicales, que
junto con la Revolución del pueblo de Cuba, buscaban respuestas a
las desigualdades sociales y a la eliminación de sistemas
autoritarios existentes en la mayoría de los países latinoamericanos
y caribeños. Ante esa situación, Estados Unidos, planteó,
convenientemente, su versión de reforma agraria, con una agenda
circunscrita a la tristemente célebre Alianza para el Progreso, que
fue el programa para el desarrollo socioeconómico de Latinoamérica
que preveía un plan de carácter decenal y fue aprobado por la
Organización de Estados Americanos (excepto Cuba) el 17 de agosto de
1961, en la conferencia que tuvo lugar en Punta del Este, Uruguay, a
instancias del presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy. El
hecho de que Cuba no firmara finalmente el acuerdo fue determinado
por la esencia del planteamiento mismo, que pretendía,
primordialmente, evitar la extensión de los principios políticos que
pudiera aportar al resto de América Latina la triunfante Revolución
Cubana liderada por Fidel Castro.

El plan fracasado, diseñado para el periodo comprendido entre 1961 y
1970, buscaba, según Kennedy y sus aliados, la cooperación y ayuda
mutua de los estados firmantes, el refuerzo de sus “comportamientos
democráticos” y la “redistribución justa de la riqueza” obtenida con
la inyección económica que procuraría la inversión de los 20.000
millones de dólares previstos. Estados Unidos justificó el fracaso
de la Alianza, según, por la falta de realización de las necesarias
reformas agrarias y fiscales de los países de la región, así como
en la propia dirección de la política exterior estadounidense, que
suspendió determinadas ayudas y abusó del intervencionismo en
algunos Estados de la Latinoamérica.

Ante esa realidad cabría preguntarse: Alianza por qué y Progreso
para qué nación? Porque las secuelas del mal llamado programa
“Alianza para el Progreso”, aún están presentes, como lo están
aquellas de la “revolución verde” cuya estrategia, se basó en la
promoción de una reducida gama de cultivos, altamente dependiente de
semillas especializadas, plaguicidas, abonos sintéticos, maquinaria
y tierra con óptimo riego, es decir, cultivos cada vez más
homogéneos y de alta tecnologización. Reconocemos pues, que las
verdaderas secuelas de esa “estrategia de ayuda a los pueblos
latinoamericanos y caribeños” con una nueva “reforma agraria” fueron
y que aún se mantienen: la alteración radical de la naturaleza, de
los cultivos y la vida de miles de campesinas y campesinos, sumidos
en mayores grados de pobreza.

Sus innovaciones tecnológicas; sólo tuvieron repercusiones
desfavorables en la vida de las mujeres y hombres del mundo rural.
Aunado a ello, la década de los 70′, caracterizada por el dramático
golpe dado por Estados Unidos a nuestro continente, con la
instalación de dictaduras que desarticularon todas las
reivindicaciones logradas y sumada a esa circunstancia, la crisis
mundial del petróleo a mediados de la década de 1970, contribuyó al
desabastecimiento de fertilizantes nitrogenados necesarios para el
logro de las nuevas variedades. Simultáneamente, un clima errático y
desastres naturales como la sequía y las inundaciones redujeron las
cosechas en todo el mundo. Se hizo inminente la generalización del
hambre en los diferentes continentes. La situación económica, en
especial, la inflación descontrolada, amenazaron y afectaron por
igual a las y los productores agrarios y al consumidor de alimentos.
Pero a pesar de ello, estos problemas, continuaron siendo utilizados
por Estados Unidos, como factores determinantes para aplicar una
nueva visión hegemónica de desarrollo agrícola.

En tal caso, observamos como al final de la década de los 80′ e
inicios de los 90′, en el marco de una ofensiva global del
imperialismo norteamericano post caída del muro de Berlín, la idea
del proyecto ALCA es lanzada en 1991 por el presidente de los
Estados Unidos Bush padre, quien buscaba como una medida de
reaseguro y de expansión imperialista, constituir un “Bloque
Comercial” hegemonizado por los Estados Unidos, compuesto por Canadá
y todos los países latinoamericanos, menos Cuba. Este bloque
alcanza, aproximadamente, la cifra de 800 millones de habitantes,
generando un Producto Bruto Interno (PIB) de 11.4 billones de
dólares que es el 40% del PIB mundial. Desde entonces empiezan los
preparativos para llevar adelante esta propuesta anexionista.

Recordemos otros datos igualmente importantes: En el año de 1994, en
Miami, se realiza la Primera Cumbre de presidentes de los 34 países
que integran a ese “Bloque Comercial”, y se inician formalmente las
negociaciones, para desarrollar en América Latina y el Caribe el
ALCA; inspirado en el modelo de funcionamiento de las grandes firmas
multinacionales que controlan a más de la mitad del comercio
internacional de América. Para esa Primera Cumbre de las Américas,
los jefes de Estados de los 34 países; en Venezuela gobernaba el
socialcristiano y muy “moralista” Dr. Rafael Caldera; ordenaron a
sus ministros de Comercio Exterior poner en marcha el Área de Libre
Comercio de las Américas; los instruyeron, como puede leerse en la
respectiva Declaración Presidencial, para que sesionaran en el marco
de foros empresariales de inversión y comercio que se adelantarían
de modo simultáneo con las cumbres ministeriales. Dando continuidad
a las conversaciones en otras Cumbres, entre otras, como las de
Santiago de Chile en 1998, la de Québec-Canadá en el 2001; y la más
reciente y firmemente protestada, realizada en Miami, en noviembre
de este mismo año.

Al elevar el ALCA a condición de Tratado Internacional, inalterable,
obligatorio y controlado por comités supranacionales, Estados Unidos
y sus políticas comerciales, primará sobre los gobiernos nacionales;
pues, el propósito del hegemón es tratar de modificar en forma
cualitativa la actual relación de dependencia semicolonial de
nuestros pueblos, en dirección a una nueva dominación colonial; ya
en contra de esa intención, serias y comprometidas personalidades,
estudiosas y estudiosos políticos y económicos nos advierten: el
ALCA instrumento anexionista del proceso de globalización, tiene sus
expresiones claras en el empequeñecimiento de los Estados
nacionales, la desnacionalización del patrimonio por medio de las
privatizaciones, la transferencia de riquezas nacionales al capital
privado nacional e internacional, la liberalización de la economía,
aplicación de una legislación laboral claramente protectora del
mundo empresarial, aumento de la de la deuda externa, la
dolarización de las monedas, la adecuación de las leyes a los
dictados del capital trasnacional, la profundización de la
desocupación, el hambre y la miseria de nuestros países, el control
de las fuerzas militares latinoamericanas y caribeñas por las del
imperialismo, imposición de una brutal superexplotación de los
trabajadores y de los pueblos humildes campesinos, ausencia de una
visión de desarrollo humano sustentable para las naciones que
integran a América Latina y a las Antillas Mayores y Menores; por
ende, la globalización y sus acuerdos comerciales como el ALCA
acelerarán en el mundo rural la dominación hegemónica y absoluta
dependencia de los créditos externos, robusteciendo la presencia de
las transnacionales; manteniendo la concentración inmoral de la
tierra, incrementando, de esta forma, la pobreza en el campo.

Ya estamos, hoy día, como pueblos en resistencia, conscientes de
cómo la globalización a afectado el mundo campesino y rural de
América Latina y el Caribe, expresándose en la ampliación de mano
de obra barata, absolutamente desprotegida, sobreexplotada y carente
de derechos. Con la ejecución del proceso globalizador hegemónico el
campo se ha ido llenando de trabajadoras y trabajadores agrícolas
golondrinas o simplemente jornaleras; mujeres y hombres de zonas
rurales que entran y salen de las economías campesinas y de cuyo
trabajo se han generado gran parte de las riquezas de las
transnacionales. Los rasgos más impactantes de la globalización y
del modelo neoliberal en el sector agrícola son: la
industrialización del campo, el desmantelamiento de la estructura
agraria nacional, la apertura de los mercados, los alimentos
convertidos en mercancía, la depredación de los recursos naturales,
la pérdida de identidad cultural de nuestros pueblos y la grave e
inmoral apropiación de la biodiversidad.

En los asentamientos campesinos venezolanos es común observar como
la flexibilización laboral y la transnacionalización del agro han
arruinado la vida del conjunto de los habitantes del campo; el
trabajo agrario no cuenta con garantías laborales; generalmente es
un trabajo ocasional; no existen medidas sanitarias; se sigue
abusando con productos tóxicos, que ponen en serio peligro el
bienestar y la salud de las familias campesinas; estas
circunstancias han contribuido a las movilizaciones y la
desestructuración de las comunidades rurales; planteando solución a
esta dramática situación, el Estado Bolivariano Revolucionario
decretó la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, con la cual se
persigue, como lo dice su exposición de motivos: “profundizar y dar
operatividad concreta a los valores constitucionales de desarrollo
social a través del sector agrario. Procurando una justa
distribución de la riqueza y una planificación estratégica,
democrática y participativa en cuanto a la tenencia de tierras y
desarrollo de toda la actividad agraria. En este sentido, y en
consonancia con lo establecido por la Constitución de la República
Bolivariana de Venezuela, en su artículo 307, se pretende implantar
los medios necesarios para la eliminación íntegra del régimen
latifundista, como sistema contrario a la justicia, al interés
general y a la paz social en el campo. Otra de las finalidades del
nuevo marco legal, es el aseguramiento de la biodiversidad, la
vigencia efectiva de los derechos de protección ambiental y
agroalimentario, y la seguridad agroalimentaria de la presente y
futuras generaciones”

Pero, las expresiones del ALCA en el ámbito rural plantean otras
situaciones preocupantes; la propuesta del libre comercio y la
libre competencia que planea el ALCA significará el destierro de
mujeres y hombres trabajadores del campo, pues sus producciones de
baja escala no podrán competir en igualdad de condiciones con las
producciones de las corporaciones transnacionales. La aplicación,
tanto del capítulo sobre agricultura como el de la propiedad
intelectual acarrearán un mayor desposeimiento de los conocimientos
tradicionales de las y los campesinos. Se impondrá la agricultura
transgénica en procura de una mayor rentabilidad y se incrementará
la importación de productos agrícolas, de menor calidad y a precios
más bajos que los que puede ofrecer la producción local, poniendo en
serio peligro la producción agrícola de autosustento.

A propósito del tema de los transgénicos, los obispos acompañantes
de la Comisión Pastoral de la Tierra, en Brasil, en documento de
apoyo a la heroica lucha de las organizaciones populares del campo y
haciendo eco a una de las grandes reivindicaciones del Foro Social
Mundial de Porto Alegre, oportunamente adviertieron que: “los
transgénicos son el resultado de la manipulación genética que
permite producir, alterar y transferir genes de los seres vivos,
rompiendo la barrera del cruzamiento natural entre las especies,
creando, alterando y transformando material genético entre
vegetales, animales, bacterias, virus y humanos. Con relación a la
salud humana, la ingestión de granos transgénicos puede provocar
alergias, resistencia a los antibióticos y elevación del índice de
sustancias tóxicas en los alimentos. En el medio ambiente hay
riesgo de erosión genética, que afectaría irreversiblemente a la
biodiversidad por la contaminación de los bancos naturales de
simientes (bancos de germoplasma). Añádase a esto el aumento
asustador de la monocultura y la pérdida de riquísima variedad y
cualidad de las simientes. Es también una amenaza a la soberanía
alimentaria de nuestros países, por la pérdida de control de las
simientes y de los seres vivos por la patentización de los mismos,
convertidos en propiedad legal y exclusiva de los grupos
transnacionales, que sólo buscan fines comerciales. El riesgo mayor
está en la total dependencia, en la destrucción y, finalmente, en la
desaparición de la pequeña y hasta la mediana agricultura por causa
del inexorable monopolio mundial de la producción y comercialización
de las simientes, que pasan a ser dominio de un pequeño grupo de
gigantescas y poderosas empresas transnacionales”.

Bajo el mismo marco de ideas, Oxfam Internacional, una
confederación de 12 agencias de desarrollo que trabaja en 120 países
de todo el mundo en desarrollo, en su trabajo titulado: Agricultura,
Inversiones y Propiedad Intelectual, tres razones para decir no al
ALCA, señalan que “Los materiales biológicos y genéticos que
proporcionan los principales recursos para las industrias de
biotecnología y de producción de semillas, son también la base de
los medios de subsistencia de miles de comunidades rurales pobres.
Los requerimientos del acuerdo TRIPS de proteger la variedad de
plantas bajo la forma de patentes, o de otro sistema sui generis
como los derechos de los productores de semillas, tienen serios
impactos para la seguridad alimentaria y la protección de la
biodiversidad.

El uso de patentes propuestos en el ALCA, amenaza restringir el
acceso de los pequeños productores a la conservación, uso y venta de
semillas, afectando seriamente sus medios de subsistencia. La
preocupación sobre las patentes de semillas es una realidad: se
calcula que ya existen más de 900 patentes sobre los cinco cultivos
que equivalen a más de las tres cuartas partes de la oferta mundial
de alimentos, siendo apenas cuatro empresas transnacionales las que
detentan más de la mitad de ese número. Casi todas esas patentes
están en poder de los países industrializados.

Fuertes medidas proteccionistas para la biotecnología son otro tema
altamente controversial en el ALCA, en cuanto a las ventajas que
podrían ofrecer a la sociedad. Además del cuestionamiento hecho a la
ingeniería genética sobre su incapacidad actual para prever las
mutaciones genéticas dentro de un organismo vivo, es claro que la
lógica del mercado sigue prevaleciendo. Es decir, el motor que
impulsa la investigación biotecnológica y el ímpetu que mueve el
control por patentes están separados de las iniciativas de reducción
de la pobreza. Las investigaciones están dirigidas hacia los
productos que presentan mayores ganancias en el mercado. Las
patentes ofrecen un beneficio doble para las empresas: sube los
precios de las semillas e impulsan las ventas de insumos.

El acuerdo TRIPS incluye pocas garantías contra la creación de
monopolios, por el contrario, los estimula. El control sobre las
innovaciones biotecnológicas está altamente concentrado en seis
grandes industrias que conducen las investigaciones comerciales en
las áreas de los cultivos genéticamente modificados. La extensión de
los derechos de patentes contribuyó a la concentración del poder en
la industria de semillas en varios países en desarrollo. En Brasil,
por ejemplo, el proceso fue seguido de una ola de fusiones y
adquisiciones de empresas. Actualmente, solamente dos empresas,
Monsanto y Dupont, controlan las tres cuartas partes del mercado
brasileño de maíz .

Inclusive, la Convención sobre Diversidad Biológica, que podría ser
considerada en las negociaciones comerciales como un contrapeso
entre los intereses públicos y privados, sobre todo en lo que se
refiere a recursos biológicos, sigue siendo ignorada y confrontada”.

Considerando lo anterior, denunciamos que la gran falacia que
plantea el ALCA es la propuesta de que la liberalización del agro
aportará beneficios a todos y todas por igual, sin contemplar el
universo de desigualdades entre los países, el desbalance de poder
entre hombres y mujeres en el campo, y las brechas entre ricos y
pobres en el mundo rural y fuera de él. Estos acuerdos parten
también de la suposición de que el mercado ofrecerá mejores
posibilidades de desarrollo en el mundo rural, a través del trabajo
que generarán las corporaciones transnacionales.

Sin embargo, con lo que ellos no cuentan, es que nosotras y
nosotros sabemos que no puede haber tal beneficio mientras el
gobierno del presidente Bush subsidie a sus productores del campo
con 118 mil millones de dólares. Estados Unidos y Canadá mantienen
las subvenciones y medidas de protección a la agricultura, en ese
sentido, las condiciones de desigualdad entre los países que
pretenden integrar el ALCA impedirá hablar de competencia entre
iguales. Porque en nuestros países, es cada vez más difícil para
las mujeres y hombres que integran el sector campesino acceder al
crédito, a la tecnología de punta, a la tierra, y a los recursos
para hacerla producir; y más grave aún, si no contamos con
instituciones y funcionarios consustanciados con la urgencia de la
aplicación del Decreto Ley de Tierras y Desarrollo Agrario,
promulgado por el presidente Hugo Chávez Frías, le estaremos
abriendo la puerta a las desigualdades sociales. Aprovechamos
esta reunión de dirigentes del campo para manifestar, como
campesinas y campesinos, que sentimos que el proceso social
revolucionario de nuestra Venezuela Bolivariana está amenazado por
la resistencia al cambio, no sólo de funcionarios de instituciones
agrícolas, sino, que es lo más grave, la de los dirigentes
campesinos.

Fíjense ustedes, que a casi dos años de haberse publicado en Gaceta
Oficial el Decreto con Fuerza de Ley de Tierras y Desarrollo
Agrario, observamos, preocupadamente, que prevalece en la conciencia
de mucha dirigencia política el espíritu de la Ley de Reforma
Agraria promulgada en el Campo de Carabobo el 5 de marzo de 1961 por
el líder de los adecos Rómulo Betancourt; cuyo contenido creó,
básicamente, un campesino mercantil parcelario, es decir, un
campesino individualista, egoísta y dividido del resto de la
población. Actualmente, a diferencia del anterior régimen legal
agrarista, el Decreto del Presidente Hugo Chávez Frías contempla,
como se desprende de su artículo cuarto, la posibilidad histórica de
engendrar en la Venezuela Revolucionaria, un campesino
cooperativista fusionado en fundos colectivos y en granjas
cooperativas donde las y los campesinos cultiven la tierra en común
con ayuda familiar, apropiándose colectivamente de los frutos y
repartiendo los beneficios entre los socios.

En pocas palabras, con la novedosa norma, surge el concepto de una
propiedad agraria comunal; y la norma estatuida por la Revolución
Bolivariana permite, además, la transición de un campesino atomizado
socialmente a uno colectivista que contribuya a la emancipación de
las y los campesinos organizados, para así, a través de su trabajo
agrícola, aliviar un poco la carga de sus miserias; en ese sentido,
entendemos como parte fundamental del pueblo revolucionario
venezolano que el Decreto del presidente Chávez persigue,
fundamentalmente, el desarrollo integral de la nación.

El artículo cuarto, recalcamos y por tanto reclamamos, recoge la
naturaleza de las organizaciones colectivas económicas para la
producción agraria, de allí que su base sea la mutua cooperación y
la solidaridad sin codicia, es más, privilegia el sistema
cooperativo, colectivo y comunitario; en esencia, le da un carácter
institucional al Fundo Colectivo y a la organización de las personas
que han optado por ser campesinas y campesinos para el trabajo
agrario colectivo, al mismo tiempo que habla del empresario
colectivo. Esta es la índole del Decreto-Ley presidencial: la
preponderancia de la organización cooperativista.

Apoyándonos en estas ideas, debemos entender que el campesino y la
campesina cooperativista, instituido en el Decreto Revolucionario,
es un esfuerzo que desde ya tienen que hacer quienes luchan por un
sistema con justicia social, en donde prevalezca el desarrollo
humano. No basta con la entrega de Cartas Agrarias, también es
indispensable que lleguen oportunamente los créditos para la siembra
y para las maquinarias. De eso, dependerá el logro efectivo de
nuestra soberanía alimentaria.

Retomando el rumbo de la Conferencia, finalmente señalamos que el
ALCA nos lo presentan como una ingenua subvención o a lo sumo como
una ‘distorsión ‘comercial’, sin embargo, es mucho más: es un arma
estratégica de control político para derrotar la producción
alimenticia en los países más débiles, incrementando su
vulnerabilidad, es mucho más que economía, es una posición
geopolítica imperialista, como lo dice el propio George Walker
Bush: “¿Pueden ustedes imaginar un país que no fuera capaz de
cultivar alimentos suficientes para alimentar a su población? Sería
una nación expuesta a presiones internacionales. Sería una nación
vulnerable. Y por eso, cuando hablamos de la agricultura
norteamericana, en realidad hablamos de una cuestión de seguridad
nacional. Los subsidios son entonces, de verdad, ‘bombas
inteligentes’, se pueden catalogar como verdaderas armas de
destrucción masiva que en la última década entre nosotros ya han
hecho estragos”.

Así piensa el gobierno de Estados Unidos, que en el año de 1996,
tenía registradas 218.642 patentes en su sistema, el registro más
importante del mundo. La IBM registró, en 1998, 2.657 patentes, más
de 7 por día calendario, y las cinco empresas más importantes del
sector de biotecnología agrícola poseen de manera directa o
indirecta cerca del 50% de las patentes del sector. Aunado a ello,
Estados Unidos posee el 40% del presupuesto anual mundial de
investigación y desarrollo y tiene un superávit de varios miles de
millones de dólares por ese concepto; por lo tanto, con el ‘invento’
de la propiedad intelectual, que es super caro para los países de
ingreso medio y bajo en áreas tan sensible como la salud, pretenden
imponerse y apropiarse por décadas de las fórmulas de los
medicamentos para males como VIH, cáncer, hepatitis y otros; y con
relación a la nutrición se impondrán sobre las semillas y
agroquímicos, ya la MONSANTO posee el 91% de las patentes de la
semilla de soja, y también lo harán sobre los descubrimientos
técnicos y científicos y sobre el desarrollo industrial de las
naciones del bloque.

De igual manera y con toda desvergüenza andan los gringos diciendo
lo que piensan del ALCA; Zoellick, el representante de la oficina
comercial de Estados Unidos dice que: ‘El ALCA abrirá los mercados
de América Latina y el Caribe a las empresas y agricultores de
Estados Unidos, al eliminar las barreras al comercio, a las
inversiones y los servicios y reducirá los aranceles impuestos a las
exportaciones de Estados Unidos, que en esos mercados son mucho más
elevados que los que aplica Estados Unidos. Sin embargo, mientras
que los Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial promueven la liberalización indiscriminada de los mercados
agrícolas en los países en desarrollo, en los países ricos se
mantienen políticas de subsidio y protección; y además, debido al
ajuste estructural aplicado desde décadas pasadas, la mayoría de
países de América Latina y el Caribe han cedido muchas de sus
medidas de protección fronteriza y de apoyo interno; estos países no
han tenido subsidios significativos a la exportación. Por lo tanto,
tienen y tendrán en el futuro con la implementación del ALCA, un
escaso poder de negociación para lograr la regulación de las
prácticas de los Estados Unidos que serán tan desfavorables para sus
propios productores agrícolas.

Tanto los EE.UU. como la Unión Europea, continúan otorgando
volúmenes masivos de pagos directos a los agricultores. Lo que
representa un evidente ejemplo de los dobles estándares en el
comercio internacional, en cuanto a políticas de liberalización
agrícola. El ALCA, como es evidente, junto con el TLC, que legaliza
la política de multimillonarias ganancias de las empresas
norteamericanas, busca destruir las pequeñas economías agrarias de
sustento, así como adueñarse de los extensos territorios de la
región, cuyos recursos naturales como el petróleo, el agua, las
plantas, etc., han proporcionado alimento a millones de humildes
pueblos latinoamericanos y caribeños.

Dentro de las secuelas previstas hay otra muy significativa que se
oculta detrás de la hegemonía de los Estados Unidos. Cuando se
analiza el comercio exterior estadounidense, encontramos que, en
primer lugar, el imperio adquiere recursos naturales, como
petróleo, cobre, carbón, aluminio y estaño, y frutos tropicales como
café, banano, cacao, azúcar de caña y flores, frutas, follajes y
forestales tropicales, entre otros; es decir, productos que elaboran
y exportan las tres cuartas partes de los países signatarios del
acuerdo. Estados Unidos tendría con el ALCA, a su completa
disposición, una amplia gama de dotadores que competirán entre sí
para alcanzar la cacareada vía al mayor mercado del mundo.

En tal sentido, el capítulo de agricultura en el segundo borrador
del ALCA trata ante todo de la libre comercialización de productos
agrícolas, con lo cual los productores quedan a merced del reducido
grupo de multinacionales de este tipo de comercio, que se moverán a
sus anchas llevando de un lugar a otro lo que más sea de su
conveniencia y doblegando la producción rural a esa tráfico, con lo
que las naciones latinoamericanas y antillanas correrán el riesgo de
dejar producir los alimentos para su región, comprometiendo así su
soberanía alimentaria.

Por su parte, y para no quedarse atrás de sus aliados conspiradores,
Colin Powell, el prepotente secretario de Estado, a quien, después
de lo de Irak algunos llaman el ministro de Colonias de Estados
Unidos, ha declarado: ‘”Nuestro objetivo con el ALCA es garantizar a
las empresas norteamericanas el control de un territorio que va
desde el Polo Ártico hasta la Antártica, con libre acceso, sin
ningún obstáculo ni dificultad para nuestros productos, servicios,
tecnología y capital en todo el hemisferio”.

En cuanto a los campesinos, en el ALCA ya no se habla de agricultura
sino de agro empresa o agro industria. La tecnocracia afirma que un
país pobre se desarrolla exportando, lo que está sugiriendo
implícitamente es que lo hace sacrificando el mercado interno. La
competencia con las grandes empresas agrícolas acabará con todos los
medianos y pequeños productores.

Otra de las causas más importantes de pérdida de medios de
subsistencia rural en América Latina y el Caribe será el dumping por
parte de las transnacionales de los Estados Unidos, esto es, la
exportación de productos por debajo del costo de producción, que
compiten injustamente con los productores locales y fuerzan a la
baja de manera artificial los precios mundiales. Los dobles
estándares o pautas, llevarán a resultados predecibles: un
incremento en el dumping agrícola con la caída de precios y
deterioro de los medios de vida de las y los pequeños agricultores a
lo largo del continente, un creciente control corporativo de la
agricultura y concentración de la riqueza, y un aumento en la
pobreza y la desnutrición en las áreas rurales.

En relación al dumping agrícola, veamos este ejemplo, los Estados
Unidos exportan trigo a un 46% por debajo del costo de producción y
maíz a un quinto por debajo del mismo costo. Y, cuando los países
pobres adoptan las políticas de mercados abiertos, como lo han hecho
en mayor o menor medida todos los de América Latina y el Caribe
excepto Cuba, el precio mundial se convierte en el precio local y
los agricultores locales son privados del acceso a sus propios
mercados nacionales con efectos devastadores sobre sus ingresos.

Todos los países actualmente desarrollados, lograron su desarrollo
industrial protegiendo y desarrollando su sector agrícola, para
garantizar la seguridad alimentaria y satisfacer a una creciente
población urbana. Contrario a esta situación; miles de familias
rurales de América Latina y el Caribe, que producen para los
mercados locales han visto destruidos sus medios de subsistencia por
la inundación de productos baratos, principalmente de los Estados
Unidos, sobretodo, las familias de pequeños agricultores, la mayoría
de las cuales tienen baja productividad, poco desarrollo de
capacidades, y enfrentan los retos de infraestructuras precarias e
instituciones débiles. Estos agricultores no están en condiciones de
competir con la producción a gran escala de las economías más
desarrolladas; por lo tanto, con el ALCA, ningún país de la región
será capaz de generar suficientes opciones de subsistencia fuera de
la agricultura que remedien la actual destrucción de medios de vida
rurales ocasionada por la liberalización del comercio.

Es importante aprovechar este espacio que nos brinda la Universidad
de los Llanos EZEQUIEL ZAMORA (UNELLEZ), para concientizarnos
sobre otro punto que está implícito en el ALCA: Estados Unidos
tiene su visión de águila puesta en nuestra Amazonia, que comprende
la más amplia región natural que se extiende de norte a sur entre
el macizo de las Guayanas y el escudo o macizo Brasileño, y de este
a oeste desde el océano Atlántico hasta la cordillera de los Andes;
su enorme superficie es de 7.000.000 km2 y ocupa los territorios de
Brasil, en su mayor parte, y en menor proporción los de Colombia,
Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela, Surinam, Guyana y Guayana
Francesa; por sus componentes climáticos, temperatura y humedad,
tiene una formación vegetal exuberante, donde se calcula la
existencia de más de 60.000 especies arbóreas junto a 125 mil tipos
de plantas esenciales para medicamentos, pesticidas, colorantes,
fibras, aceites, maderas y alimentos, que representan para Estados
Unidos, si le pone la mano a esos recursos naturales, la materia
prima para la ingeniería genética y la biología molecular,
elementos de la industria farmaceútica mundial que le generarán
excelentes ingresos económicos; de otro lado, el sistema
hidrográfico articulado por el río Amazonas, con 6.275 km de
longitud, casi dos tercios de los cuales son navegables, canaliza
el abastecimiento y drenaje de la región, y define la red fluvial
más extensa y caudalosa del mundo, con unos 100.000 m3/s en su
desembocadura en el Atlántico, alojando la tercera parte del agua
dulce, es indispensable tener en cuenta que 51 países están en
riesgo de afrontar conflictos por el agua en los próximos 10 años;
y por ser la Amazonia la región natural de gran valor ecológico
mundial, se constituye en el mayor ‘pulmón verde’ de la Tierra.

De igual manera, y haciéndonos solidarios con nuestros pueblos
originarios, debemos agregar que El ALCA afectará también los
derechos de nuestra hermanas y hermanos originarios, que se verán
afectados en su derecho ancestral a la tierra, a los recursos
naturales, al respeto a su identidad, a su cultura y a sus saberes
tradicionales. Con el ALCA estos pueblos sufrirán atropellos
gravísimos, y también toda la humanidad; pues, sus culturas guardan
valores como el de la solidaridad, la armonía, el respeto hacia los
seres humanos en general y sobretodo a la naturaleza, debido a que
la saben generadora de vida.

Para finalizar, dejamos para la reflexión crítica la opinión del
editorialista del The New York Times, el 20 de julio de 2003,
quien en relación al ALCA , escribió: “Al manipular el juego del
comercio global en contra de los agricultores de los países en
desarrollo, Europa, Estados Unidos y Japón están en esencia
derribándole a patadas la escalera del desarrollo a alguna de la
gente más desesperada del mundo. Esto es moralmente depravado… Con
nuestras acciones estamos cosechando pobreza alrededor del mundo… La
hipocresía exacerba el atropello. Los Estados Unidos y Europa
dominan el arte de forzar las economías abiertas de las naciones
pobres a la importación de bienes y servicios industriales…Resulta
que la globalización puede ser una avenida de una sola vía… Después
de todo lo que en realidad estará en discusión, no obstante la
soporífera jerga comercial, es si una economía globalizada tiene o
no espacio para los más pobres agricultores del mundo”.

En conclusión, quisiera fijar algunas propuestas que se desprenden
de la exposición:

La lucha política por detener la propuesta de libre comercio de los
Estados Unidos es fundamental para evitar el hundimiento de nuestras
naciones en un futuro incierto, aterrador, por lo demás; resistencia
que serviría grandemente, para lograr la necesaria armonía de los
pueblos de la tierra. De lo que se trata, compañeras y compañeros,
es de darle un sentido concreto y organizado a la fuerza de las
masas que se están expresando desde el sur del Río Grande hasta la
Patagonia.

La soberanía alimentaria tiene que ser parte integral de la
discusión de una nueva concepción del desarrollo humano y
sustentable; por lo tanto, la agricultura debe mantenerse al margen
de los acuerdos, no solamente del ALCA, el cual negamos de plano,
sino, además, de los de la Organización Mundial de Comercio.

Incluso, podríamos añadir, que la protección de la tierra, el agua,
la capa de ozono, los bosques, las florestas, fauna y todo lo
relacionado con la salud del planeta, debe ser colocado como tema
urgente y prioritario, no sólo de los gobiernos, hay que comprometer
en ello a las propias organizaciones de campesinos y campesinas.

Esto lo digo, por la sencilla razón de que cuál sería el sentido de
diseñar proyectos de desarrollo humano, si no vamos a tener un lugar
donde realizarlos. Como ustedes saben, el planeta tierra está
amenazado de muerte por la propia acción de los seres humanos.
Recordemos nuestra forma de ser relatada al comienzo en esta
conferencia: Sólo manteniéndose firmemente juntos en la colectividad
se encontraban los seres humanos en disposición de defenderse del
enemigo más poderoso y temible de aquel tiempo. Cuanto más
firmemente soldada se encontraba una colectividad, mejor se
subordinaban los miembros particulares a la voluntad de la misma; lo
que significaba que podían formar filas con mayor unidad contra el
enemigo común y así la lucha obtenía mayor éxito y la tribu tenía
más posibilidades de supervivencia. La igualdad y la solidaridad
natural –las dos fuerzas que mantenían unida a la estirpe- por lo
tanto, eran también las armas mejores para la defensa propia.

Sugiero en ese sentido, que reflexionemos, en esencia, en esta
intervención, acerca del valor de la palabra, como lo dicen y nos
lo demuestran nuestros pueblos originarios, que no debe perderse
sino afirmarse hacia el futuro.

Muchas gracias.

Colectivomujerestacarigua@hotmail.com