A la hora de escribir esta columna, la Registradora anunció que los
resultados del referendo se conocerán en una semana, sin que hasta
el momento alguna de las preguntas haya conseguido el umbral del
25%. No ha terminado tampoco el conteo de votos de las elecciones
municipales y departamentales. Pero la situación política es
enteramente nueva.

El referendo terminó siendo un descalabro para el Gobierno. Después
de la campaña más desequilibrada de la historia reciente, con un
presidente promoviendo el referendo al desayuno, al almuerzo, a la
comida, en los realities; con los empresarios metiendo plata y dando
compensatorios para que los trabajadores fueran a votar el sábado;
con una campaña del NO dedicada a lograr que un porcentaje de los
votantes ayudara con su voto negativo a conseguir el umbral; después
de esto, el secretario general de la Presidencia confesaba en
privado que esperaban conseguir siete millones de votos, y no lo
lograron. No sé aún qué pasará con ese 2% no escrutado, que en el
pasado ha servido para subir y bajar elegidos a cambio de propinas
generosas a funcionarios venales. Pero, sin importar si son
aprobadas algunas de las preguntas del referendo, está claro que el
SÍ no consiguió llegar al umbral. Aun si aceptamos la interpretación
que predica un empate, estamos en una situación nueva.
Por otra parte, todo indica que Lucho Garzón ganará la Alcaldía de
Bogotá, sin ser de los afectos del Gobierno Nacional. Algo similar
sucederá en gobernaciones y alcaldías significativas a lo largo y
ancho del país.

Lo importante es que los sucesos de este fin de semana electoral
tuvieron lugar frente a un presidente muy popular, que se jugó a
fondo por resultados favorables, que amarró el referendo a las
elecciones regionales y locales para buscar una victoria en ambos
escenarios. ¿Qué está pasando? Tal vez una anécdota pueda ayudar a
entenderlo. Este domingo acompañé un amigo a votar al puesto
electoral de Unicentro, donde sufraga el estrato 6 de Bogotá. En un
momento, se me acercó un señor sesentón y me dijo: “Navarro, acabo
de votar por Lucho. No acompaño su partido político. Soy ganadero
del Magdalena Medio. Voté por Uribe a la Presidencia, pero quiero
que las cosas empiecen a cambiar. Se necesita un balance.”
El presidente tiene que oír ese mensaje, expresado en las urnas con
total claridad.

Ese es el mensaje para el presidente. La mayoría de los colombianos
lo apoyan, pero no están dispuestos a decirle que sí a todo. Tiene
que oír ese mensaje, expresado en las urnas con total claridad. Es
hora de un nuevo equilibrio. Hasta ahora, el presidente ha actuado
con unilateralidad, haciéndoles concesiones menores, a lo sumo, a
los congresistas que lo apoyan. Estaba en su derecho, por la manera
como llegó al poder en la primera vuelta y por el prestigio que ha
mantenido. Pero es hora de revisar el modelo. No frente a los actos
de gobierno, pues fue elegido hasta el 6 de agosto de 2006, sino
frente a las decisiones que comprometen a Colombia en los próximos
lustros.

Es hora de que el presidente se siente a concertar con la oposición
-así como suena- tres decisiones fundamentales. El manejo de los
acuerdos de libre comercio, empezando por la decisión de firmar o
no, el bilateral con los Estados Unidos. La estructura del Estado
Social de Derecho, hoy en pleno proceso de desmonte de una parte de
sus herramientas fundamentales. La desmovilización de los
paramilitares. Los tres son temas de Estado, con consecuencias que
van mucho mas allá del final del período del presidente. La voz del
pueblo no siempre es fácil de interpretar. Hoy Colombia habló con
total claridad.