El país ha ingresado en otra etapa. A 14 meses de las
elecciones nacionales que tienen como característica el
favoritismo, avalado por las empresas encuestadoras, del
Encuentro Progresista -Frente Amplio, se advierte un
desesperado intento de los llamados partidos
tradicionales, se cambiar esta pisada adversa
recurriendo, en primera instancia, al deterioro de la
imagen del candidato, Tabaré Vázquez y del ejemplo de
gobierno progresista que es el verificado, por tres
períodos, en la ciudad de Montevideo.

Sin embargo, más allá de los refinamientos estratégicos
de algunos, o de las agresiones, características de
otros, no alcanzan para tapar lo que es innegable: el
fracaso en toda la línea de la política económica que,
para colmo, ha quedado en manos del economista de
“manual”, Isaac Alfie, que seguirá aplicando con dureza
lo “aconsejado” por el Fondo Monetario Internacional,
sin importarle – por ejemplo – que la población por
debajo de la línea de la pobreza en Montevideo ya supere
las 400 mil personas.

Uno de los primeros ejemplos de esta lamentable visión
es la anunciada política tarifaria, que más allá del
contrasentido que significa como mecanismo de
recaudación en el actual marco de los ingresos, servirá
para ahondar la problemática de las familias y, de
alguna manera, agrandar el número de quienes siguen
engrosando el sector marginado de la población uruguaya.

Uno de los elementos que se destacaban del doctor
Alejandro Atchugarry era la capacidad de diálogo que
ostentaba, característica que lo diferenció de manera
notable con su antecesor Alberto Bensión, un economista
ortodoxo, enclavado en una visión anterior de la
economía, cuya gestión se recordará como una de las
peores de la historia moderna del país.

No en vano Atchugarry es un político avezado, con
sobresalientes características para el convencimiento.
Sin embargo como ministro fue tan duro y carente de
imaginación como su antecesor, pese a que su visión en
ocasiones pareció matices más modernos y menos
drásticos. Pero los dos se basaron en parecidos esquemas
de economía ortodoxa, la que llevó al país a la actual
situación.

Es una lástima a las virtudes dialoguistas de Atchugarry
se le adjuntara otra característica. Era un hombre
amable, sin duda, maestro en utilizar su principal
mecanismo de comunicación. Pero, junto a ello, también
demostró una incapacidad muy notoria: la de escuchar y
detectar el clamor de la sociedad que, incluso se está
expresando en los carriles políticos, que reclamaba
equilibrios distintos. Tanto Bensión como Atchugarry,
privilegiaron al sistema financiero, tal como es la
visión de los economistas del FMI y Banco Mundial,
dejando de lado a los demás sectores, en especial a los
asalariados, que debieron pagar los platos rotos de la
caducidad del modelo.

La gestión de Atchugarry no fue muy distinta a la de
Bensión y culminó con un desatino que se recordará como
un hito en la historia económica del país. ¿De qué
hablamos? Atchugarry fue el primer ministro de Economía
que colocó su firma en una Rendición de Cuentas
incompleta, en la que ni siquiera figuran los millones
de dólares que el gobierno, en base a las llamadas
órdenes verbales de Bensión (que luego fueron
respaldadas por varios decretos del presidente Batlle),
transfirió a la banca en un intento de salvataje, que
finalmente no fructificó.

Cientos o miles de millones de dólares que nunca se
recuperarán y que tenían como destino primigenio
establecidas erogaciones presupuestales, que quedaron
sin financiación. Fue un dinero que mayoritariamente
“honró” a los propietarios de capitales “golondrina”, a
quienes habían depositado en Uruguay capitales mal
habidos especialmente venidos de la Argentina, pero que
no alcanzó para cubrir los depósitos de miles de
ahorristas que todavía no han podido recuperar su
dinero.

Para Atchugarry no fue importante que en esta Rendición
de Cuentas, la última del gobierno previa a la elección
de octubre de 2004, se aclararan plenamente esas
millonarias erogaciones que determinaron infinidad de
perjuicios a la economía del país, entre ellos el
gravísimo default interno que aún en gran medida
persiste.

En el período en que Atchugarry estuvo al frente de esa
cartera, se establecieron incluso mecanismos para que
las deudas del Estado con sus proveedores se comenzaran
a licuar por intermedio de una inflación que debió ser
azuzada con sistemáticos incrementos en las tarifas
públicas, acción no muy bien razonada pues en un país
“sobreajustado” como es el nuestro, ese mecanismo no
sólo acentúa la recesión sino que, por supuesto,
perjudicó a las empresas públicas que vieron cómo se
reducía su recaudación y caía la comercialización de sus
insumos. Además todo ello en base a cifras erradas:
primero se había establecido que durante el 2003 la
inflación llegaría al entorno del 27%, cifra que luego
se revisó, indicándose que el flagelo rondaría el 17%.
Ahora se habla de un entorno del 14 %, pese a que al
sacar el gobierno nuevo dinero de circulación, vía el
nuevo incremento de las tarifas, el proceso
inflacionario se aplastará aún más.

Ejemplo de una errada política de licuación, destinada a
perjudicar a los proveedores del Estado, política que
perjudica claramente al sector privado y que,
insólitamente está explicitada en la carta de intención
firmada con el FMI. El resultado del dislate hará que
los uruguayos vivamos nuevos problemas para poder
utilizar la energía eléctrica, los combustibles que
produce Ancap, hablar por teléfono o consumir el agua de
OSE.

En más de una oportunidad desde esta página hemos
afirmado que los ajustes realizados por este gobierno,
bajo los dos ministros de economía anteriores (Bensión y
Atchugarry), deterioraron la economía en niveles
dramáticos. Claro, si se quita de la circulación, de los
bolsillos de la gente, una cantidad de dinero mayor a la
que necesita la economía para funcionar, es imposible
evitar los males sociales que esa política trae
aparejados. Desocupación, marginación, miseria y
destrucción de riqueza, que se mide, entre otras cosas,
por el cierre sistemático de empresas de todo tipo.

Es la política del “sobreajuste” de la cual el ministro
Atchugarry también fue partícipe, que se sumó a todos
los demás clisés de un modelo económico que fue
impulsado con pasión, sin tomar en cuenta lo que estaba
ocurriendo en la región, donde el “monitor” de la clase,
el más aplicado alumno del modelo neoliberal, la
Argentina, vivía una crisis terminal que desembocó en
convulsiones gigantescas y que, como dramático
corolario, determinó que más del 50 por ciento de la
población del país vecino se encuentre por debajo de la
línea de la pobreza.

El saldo positivo que se le puede contabilizar a
Atchugarry como ministro de Economía es prácticamente
nulo. Señalar un cambio en el estilo adusto y cerrado de
su antecesor, no es mucho. Más bien es nada.

Ahora que ingresamos en otra etapa, la “técnica” como ha
dicho el presidente de la República, ya veremos qué nos
espera con Isaac Alfie. Sin embargo, a sus antecedentes
de militante neoliberal e impulsor de todas las medidas
que ha destruido buena parte de la economía del país,
vemos por sus anuncios una total falta de reflejos
positivos. Quiere, sin intentar una política de
reactivación, seguir castigando a la gente en la ilusión
de que ello redundará en una mayor recaudación para
resolver los problemas del Estado.

Peregrina ilusión de un tecnócrata neoliberal, incapaz
de asumir el error de la gestión de un equipo económico
que determinó, más allá de otras lindezas, la mayor
destrucción de riqueza de la historia del país. La que,
también a nivel de la región, es un record negativo
imbatible.

* Carlos Santiago. Secretario de redacción de Bitácora.
Uruguay