Tim Lopes concurrió a la misa celebrada por su resurrección el día 17
en São Paulo. Como observó Chico Pinheiro, se hizo presente para
convocar a sus amigos, que se reunieron en la parroquia de los frailes
dominicos, en el barrio de Perdizes.

A la salida de la iglesia Tim Lopes no se disfrazaba de obrero del
metro de Río ni de quien baila punk en el Complejo del Alemán. Se puso
la piel de un guardacarros de 18 años y adoptó el nombre de Washington
Ignacio Pedro. Tres nombres sin apellido, como quien se llama
multitud.

Allí estaba Tim Washington tratando de sobrevivir al desempleo, con el
ojo atento a los autos de los estudiantes de la Universidad Católica y
del colegio Pentágono, fiel guardián de los vehículos de quien, en la
iglesia, oraba para que en Brasil no haya nunca más Elías Maluco,
poder público negligente, policía incompetente, cementerios
clandestinos y, sobre todo, tortura, un crimen hediondo. Allá fuera el
muchacho cuidaba los autos, mientras que la esperanza de que la sangre
de Tim Lopes no haya sido derramada en vano unía en torno al mismo
altar a Milú Villela, Roberto Pompeu de Toledo, José Alberto de
Camargo, José Genoino y muchos otros.

Ninguno de nosotros sabía que, mientras comulgábamos, Washington
Lopes, conocido como Tim Lopes, había caído en manos de agentes de dos
vehículos de la policía militar que, según testimonios, quisieron
quitarle lo que había ganado durante la noche.

Ante la reacción contraria del guardacarros los policías le
arrinconaron contra los muros del colegio Pentágono y le patearon los
órganos genitales, echaron pimienta en sus ojos y lo golpearon,
dejándolo medio muerto en la esquina de las calles Caiubi y Atibaia.

Los estudiantes que presenciaron las sevicias quedaron aterrorizados.
Poco después un grupo de buenos samaritanos dejó la iglesia. El
primero que vio el cuerpo de Tom-Tim tirado en la calzada fue el
periodista Chico Pinheiro, de la TV Globo. Indignado, hizo parar el
vehículo del senador Eduardo Suplicy.

Caído en el suelo Washington lloraba. Con el torso desnudo, cubierto
de hematomas, apoyaba la cabeza en la camisa arrugada. Suplicy le
cubrió con su saco. Chico Pinheiro llamó por teléfono a las
autoridades responsables de la seguridad pública, mientras que el
senador fue a buscar a los delegados de la 23ª delegación, en
Perdizes, que tardaron en llegar. Luego varias patrullas de la policía
militar acordonaron las esquinas, mientras Washington, acompañado por
Eduardo Samaritano, era conducido a un hospital, llevado por los
bomberos.

Mataron a Vladimir Herzog con torturas y la nación se indignó.
Asesinaron a Tim Lopes y la nación sintió en su carne el corte afilado
de la espada ninja que le abrió el vientre. Pero ¿quién habrá de
llorar y protestar por aquellos que son acusados, maltratados,
torturados y asesinados por hombres delegados para mantener el imperio
de ley? ¿Cuándo el gobierno responderá a las matanzas con políticas
públicas, como la erradicación de las favelas y el combate al
desempleo?

En la última década aumentó un 48 % el índice de asesinatos de jóvenes
entre 15 y 24 años (que son 33 millones en todo el país). En el país
hay un millón y medio de armas legales y, según el ex ministro Renán
Calheiros, veinte millones de ilegales.

Si Tim Lopes no hubiese congregado a los periodistas y políticos a que
oraran por él en la iglesia, es posible que ahora Washington Ignacio
Pedro se encontrase en su compañía en el cielo. Sin derecho a
protestas, indignaciones y oraciones.