Todos estamos indignados ante el poderío de los traficantes que
producen un caos social en Río de Janeiro. Queremos medidas drásticas
pero ellas solo son escandalosas. Meses después vuelve la violencia
con más osadía y mejor articulación de los traficantes. Con excepción
de unos pocos observadores más valientes, los análisis suelen ser
convencionales y poco explicativos. Pero lo que importa es ir a la
raíz de la cuestión y encarar la verdad con honradez.

Cuál es la verdad que no quiere callar y que, pronunciada, nos acusa,
y que, por eso, tendemos a ocultar? Es el reconocimiento de que los
hechos ocurridos en Río y los alrededores resultan de opciones
políticas que estigmatizan desde siempre a nuestro país. Hicimos un
pacto social que no incluye a todos, con un orden, un Estado,
políticas y leyes que son buenas sólo para nosotros, los incluidos.
En ese pacto no caben por lo menos cuarenta millones de brasileños.
Peor todavía: obligamos a estos excluidos a insertarse en ese orden y
a respetar nuestras leyes. Muchos de ellos piensan: por qué respetar
si no somos respetados? Por qué la comunicación con nosotros se hace
por la violencia, forzándonos a obedecer y a funcionar como actores
agregados a un proyecto que atiende los intereses de quienes nos
consideran apenas pueblito?

Tengamos un mínimo de sinceridad: qué se hace de consistente en
términos de políticas públicas para los millones que viven en las
favelas y en los bolsones de nuestro país? Hay mucha rabia y
decepción entre el pueblo ante los políticos y el Estado excluyente.
La ausencia culpable del Estado creó un vacío que fue rellenado por
los traficantes. Ellos ofrecen trabajo, renta, subsistencia básica a
millares de jóvenes para los cuales el Estado y la sociedad no ofrecen
ninguna alternativa decente. Se organizó entre ellos otro pacto
social, tácito, otro orden, otras leyes, el “Estado bandido”. Ahí hay
líderes que dictan normas y comenten crímenes injustificables.

Sin eufemismos, lo que está ocurriendo ahora es un enfrentamiento
entre dos ordenes. El “otro orden” tomo conciencia de cuan injusto,
corrupto é hipócrita es el orden vigente, el nuestro. Es en nombre de
él que los policías suben a las favelas, derrumban puertas, golpeando,
tirando, humillando personas, en su mayoría trabajadora e inocente.

Para nuestro escándalo, no fue exactamente eso que la Carta del
Tráfico dice, en la publicación del 25 de febrero? En ella se
testimonia lo que todos sabemos o tememos reconocer “que los
verdaderos marginales no están en las favelas, ni atrás de las gradas,
y sí, en el alto escalón de la política. Será que entre los presos de
este país existe uno que haya cometido un crimen más repugnante que el
de matar una nación de hambre y miseria? Entonces BASTA. Sólo
queremos nuestros derechos”. Y la carta muestra confianza en Lula,
pues confiesa que “las personas humildes y pobres sólo cuentan con el
Sr. para salir de este lodo”. Y si ellos tuviesen razón?

Todos nos sentimos aliviados con la transferencia de Fernandino Beira-
Mar. Puede ser peligroso, pues nos hace desviar la atención sobre
nosotros mismos, causa decisiva, aunque no la única, de la desgracia
social que produce la marginalidad y los líderes del tráfico. Si no
hacemos otro pacto social que incluya a todos, vamos a tener, de
tiempo en tiempo, caos social y paralelismo de dos ordenes, ambos
perversas, dividiendo de arriba abajo el único país que tenemos.

* Leonardo Boff es teólogo, escritor y profesor emérito de la UERJ.