“Si el error persistiese indefinidamente el desenlace de la tragedia consistiría
en la total despoblación de nuestro territorio”
Dr. Ramón Díaz

¿Por qué se produjo la brutal caída del PBI en Uruguay? Generalmente estos
procesos tienen vinculación con el manejo de la masa monetaria que cubre la
economía, la que al retirarse, achicándose, determina una destrucción rápida de
la riqueza. Si la gente tiene en un período dado de tiempo menos dinero del
necesario para mantener su nivel de vida, hace opciones. Deja de pagar la
mutualista, como han hecho casi 200 mil uruguayos, o suspende los contratos de
los teléfonos celulares, o deja de comprar cosas que no les son imprescindibles.

Todo ello depende del volumen de dinero que ingrese a las familias, que en
nuestro país mayoritariamente, han pedido en primera instancia su capacidad de
ahorro, luego, de manera terminante, los niveles de consumo, afectando en
cascada al comercio, a la industria, a las empresas importadoras, etc. Pero,
además, las labores de exportación, pues las mismas están vinculadas
estrechamente al sostén que les otorgaba el consumo interno.

Podríamos aburrir a los lectores con cuadros comparativos, con los qué
demostraríamos como la reducción de la masa salarial en manos de la gente tiene
una vinculación directa con la caída del PBI y, además, de la recaudación fiscal
que está determinando un déficit que bordeará a fines de este año el 6 por
ciento del PBI. Es una cifra gigantesca, impensable para el desarrollo de un
país que, además, tiene obligaciones externas cuyo pago, por el mismo proceso de
empobrecimiento, se ha convertido en una misión imposible. Lo singular de lo
que ha pasado en el Uruguay es que esta reducción de la masa monetaria no fue el
producto de una batalla entre clases sociales para lograr una mayor apropiación
del ingreso. Si uno estudia la realidad de esta crisis puede sorprendente ante
un fenómeno nuevo: que tanto los asalariados (proletarios), hombres y mujeres
que venden su fuerza de trabajo, como los empresarios, industriales,
comerciantes, productores agropecuarios, exportadores e importadores
(burgueses), o sea los dueños de los medios de producción y cambio (para
utilizar una caracterización proveniente del marxismo) todos se han empobrecido.
Unos han perdido ingresos, el trabajo, la vivienda y hay caído en la
marginación, otros han perdido riqueza en un declive que cada día es más
estremecedor y, en alguno casos, también batallan por sobrevivir en el marco de
un país destrozado.

¿Qué pasó con el volumen de riqueza que desapareció? Fue succionado hacia una
especie de “nada” sartreana, insólita. El gobierno del doctor Jorge Batlle
quiso salvar el espejismo de un país “plaza financiera” que ya no funcionaba y
que, a principios de año, con la crisis argentina, moría definitivamente. En la
tarea de apuntalamiento de ese edificio que se derrumbaba literalmente se
tiraron miles de millones de dólares, como agua a un canasto, que se
volatilizaron y desaparecieron del país, hiriendo gravemente a toda la economía.

La irracionalidad fue atroz. Se fueron además de las reservas atesoradas por el
Banco Central y además se utilizó la recaudación, vaciando las arcas de la
Tesorería del dinero que estaba destinado a cumplir con el ordenamiento
presupuestal. Millones y millones de dólares aventados al aire, locura,
combinada con una insuperable irracionalidad, fenómeno que la psiquiatría deberá
estudiar para que en adelante los libros de economía manejen el ejemplo
uruguayo, claro está, en un apéndice especial destinado a explicar como el
empobrecimiento de un país puede producirse por hechos internos alejados de las
contiendas sociales y de avatares del comercio, de las crisis cíclicas o
terminales. Ese capitulo se podría llamar “la irresponsable locura”

Hay todavía algunos responsables de lo ocurrido que afirman que el gobierno con
el dislate, “honró” las obligaciones que se tenían con los depositantes en las
instituciones financieras. O sea que, con el dinero de todos los uruguayos,
incluso con lo restado a sueldos y jubilaciones vía el Impuesto a las
Retribuciones Personales (IRP), se sostuvo a bancos (empresas privadas) en medio
de una corrida histórica, sin pensar por un momento que por ese camino el país
en su conjunto se estaba desangrando.

¿Si el banco tal o cual no podía hacer frente a sus obligaciones, el Banco
Central podría haber adoptado medidas que ya están establecidas en el formato de
sus competencias?¿Por qué no se hizo nada cuando se detectó el defalco cometido
por los hermanos Rohm y que el Banco Comercial vivía una situación de iliquidez
que teóricamente y legalmente debiera haber impedido cualquier tarea de
“salvataje” por parte del gobierno?¿Qué razón llevó a las autoridades económicas
a transferirle millones de dólares al Banco de Montevideo, cuando era ostensible
que el grupo que lo comandaba había perdido pie a nivel continental y que el
descalabro era su ostensible presente?

Podríamos seguir haciendo preguntas, cuyas respuestas siempre desembocan en
conclusiones neo psiquiátricas. Más allá de esa lamentable comprobación,
también existen responsabilidades políticas que se deben señalar, porque las
leyes de “urgencia” que se votaron para transferir al mismo canasto el dinero
quitado a los trabajadores y jubilados, fueron aprobaron por mayorías
regimentadas y agrupadas en lo que se llamó la coalición de gobierno. En ese
proceso, algunos políticos que parecían ser dirigentes avezados, no tuvieron
ningún resquemor en votar lo que el gobierno imponía, sin advertir (o
haciéndolo) que estaban castigando a los mismos sectores sociales que los
llevaron a ocupar los cargos que ostentan.

Cuando se viven nuevos coletazos de la crisis, cuando el propio FMI se resiste a
seguir contribuyendo y el futuro de los bancos suspendidos es todavía una
incógnita a develar, hay que ver, como algunos se rasgan las vestiduras,
tratando de marginarse de su responsabilidad en el desastre, sin abandonar,
claro está, las chicanas políticas que están en la base de la mentalidad de
parte de la clase política profesional, que tiene como objetivo la prebenda, el
acomodo, la repartija y el usufructo de cargos, elementos, todos ellos que
configuran el innoble y peor mecanismo de ese quehacer.

¿Cómo sortear las consecuencias de toda esa vorágine irresponsable? Las
respuestas no son nada fáciles. Es evidente que debe lograrse restituir el
nivel de circulante adecuado para el funcionamiento de la economía. Pero, ¿cómo
hacerlo cuando no existen recursos genuinos? ¿Cómo restituir a la gente su poder
de compra para, así, reactivar la economía? Algunas respuestas existen y la
visión de que si ese camino que es la base de la reactivación no se comienza a
recorrer, persistiendo el error, el que se convertirá en inviable será el propio
país y tendrá razón el doctor Ramón Díaz cuando especula con la tragedia
nacional que significaría un territorio vacío que antes se llamaba Uruguay.

(*) Secretario de Redacción de Bitácora.