Hace poco menos de dos horas, como previsto, se han producido disparos de
francotiradores no identificados en contra de opositores que acompañan a
los militares insurrectos de la Plaza Francia, en el corazón de Altamira,
un barrio selecto de Caracas. Se contaría a dos muertos y a seis heridos.
En pleno prime time, en el momento en el cual Carlos Ortega, responsable de
un sindicato de la oposición, exigía en vivo y en cadena de televisión la
intervención en Venezuela de la Organización de Estados Americanos,
surgieron las imágenes con el título “Masacre en Altamira”. El conjunto de
los medios transmite en vivo y en cadena este evento, acusando a Chávez de
asesino.

A la oposición minoritaria, después de fracasar en reunir una base social
para llevar a cabo su “huelga general”, no le quedaba sino fomentar la
violencia para poder acusar a Chávez de represión. Ya en abril 2002, las
victimas de francotiradores, atribuidos enseguida a Chávez por la Casa
Blanca, sirvieron como pretexto para desatar un golpe de Estado. Esta vez,
incapaces de conseguir el apoyo del ejercito, los mismos sectores buscan
reunir las condiciones de una intervención internacional, con el mismo
objetivo: sacar del poder a un presidente democráticamente electo quien
entorpece los planes actuales de la administración Bush.

El petróleo es el mayor motivo de esta larga lucha mediática, política y
económica contra la administración Chávez, anteluz en América Latina de una
nueva ola progresista encarnada recientemente por la elección de Lula en
Brasil y de Gutiérrez en Ecuador.

Manipulada directa o indirectamente por las agencias de prensa dominantes,
la matriz periodística mundial se ha vuelto la de un país “ingobernable,
cortado en dos, y de un Chávez autoritario, represivo”. Desde hace semanas
el rumor corría sobre el irrespeto por Venezuela de sus obligaciones
petroleras, lo que se relaciona directamente con los intereses nacionales
de los Estados Unidos. El editorial del Washington Post del viernes 29 de
noviembre era revelador en este aspecto, suplicando al gobierno Bush que
“actúe antes de que sea demasiado tarde”. Rumor hecho realidad desde hace
dos días cuando un capitán de buque petrolero, a pesar de la oposición del
conjunto de su equipaje, se negó a mover la nave. Ante los ojos del mundo
entero el gobierno de Venezuela parece perder el control de la situación.
Los muertos de esta noche no hacen sino reforzar este sentimiento.

Ya lo habíamos señalado en una carta enviada hace dos días al Senador belga
Jean Cornil o al Alcalde francés Georges Sarre, la oposición no buscaba
sino una cosa: crear uno o varios muertos para pasar a la etapa siguiente.
Un guión que ya fue analizado, con apoyo fotográfico, por Maurice Lemoine,
enviado del Monde Diplomatique, presente en Caracas en abril 2002 en pleno
golpe de Estado. Un golpe mediático ya estudiado en escuelas de periodismo
pero que sigue a todo vapor, totalmente impune. Esta noche vemos otra
prueba de ello. Los canales no dejan de amplificar el atentado, con música
de acción permanente, para atribuirlo al presidente Chávez. Obviamente el
gobierno Chávez, que acaba de condenar con toda energía tal crimen, es el
último de los actores políticos interesado en que se produzcan tales
hechos, los cuales refuerzan la posibilidad de una intervención. Desde
hace varios meses la imagen dominante del “gobierno autoritario dispuesto a
todo por conservar el poder” que se había instalado insidiosament No
importa el fracaso de la huelga general lanzada desde hace cinco días, no
importa el apoyo que sigue manifestando la mayoría a este proceso de
cambio, la situación de Venezuela demuestra que una minoría asociada al
monopolio de las imágenes – y segura del apoyo de los pudientes de este
mundo -, puede frenar toda voluntad de cambio de transformación social.

Hoy en día lo esencial no es definirse “en pro o en contra de Chávez” sino
defender en Venezuela como en todas partes la democracia, es decir el
derecho de un pueblo de tomar en sus manos el destino y de construir el
modelo de desarrollo de su elección, fuera del neoliberalismo dominante.

* Thierry Deronne, Maximilien Arvelaiz, Paul-Emile Dupret