Intervención de Rigoberta Menchú Tum en la
3ª Cumbre Mundial de Premios Nobel de la Paz

Roma, 18 al 20 de Octubre de 2002

Apreciado amigo y colega señor Mikhail Gorbachev,
Señor Walter Veltroni, Alcalde de Roma
Estimados colegas y amigos:

Siento un enorme orgullo de ser parte de este movimiento por la paz,
integrado por tan prestigiosas personalidades e instituciones. Siendo,
probablemente, la Premio Nobel más joven, este año cumplo diez años de
haberlo obtenido, y me alegro de compartir con todos ustedes las
lecciones que he aprendido en este tiempo tan fecundo. Agradezco
profundamente la invitación a este encuentro al que asisto con
expectativa y esperanza de que, quienes hemos sido distinguidos con el
Premio Nobel de la Paz, hagamos un esfuerzo especial para enfrentar la
amenaza de la guerra en la compleja y difícil situación que vive el mundo
en estos días.

Los invito a que hablemos sin cálculos políticos, nosotros que tenemos el
privilegio de no tener embargada la voz, que tenemos una voz que puede
ser oida y debe ser respetada. Digamos aquí hoy lo que millones de
personas quisieran poder gritar. Demos la cara por los millones de
gentes sin rostro, sin derechos, sin oportunidades, que deben ocultar su
lengua, su identidad y su dignidad para sobrevivir. Seamos capaces de
asumir compromisos inspirados en la fuerza moral de nuestras luchas
particulares y en la de Gandhi, figura emblemática de la no violencia,
que liberó a su pueblo del yugo colonial y tuvo el valor y la modestia de
rechazar el Premio Nobel.

Es inocultable la gran paradoja que está viviendo el mundo en este
principio de siglo: Nunca como ahora la humanidad ha estado en
condiciones de superar el hambre y las enfermedades y lograr que la
economía brinde empleo pleno y se organice en función del ser humano.
Nunca antes habíamos vivido las oportunidades de la llamada globalización
para conocernos y respetarnos. Sin embargo, la humanidad está viviendo en
mayor incertidumbre, inseguridad y desasosiego que nunca antes. Nunca
como ahora parecemos estar más lejos del mundo fraternal y solidario con
que soñaron los independentistas, liberales y revolucionarios que
forjaron la sociedad moderna. Nunca la humanidad parece haber estado más
irremediablemente condenada a la guerra y la destrucción.

Mientras mayor es el bienestar y la opulencia de unos cuantos, mayor
también es la insaciable voracidad por los recursos que deberían servir
para garantizar lo mínimo para todos. Hemos avanzado en la construcción
de un mundo multipolar, pero ahora estamos sometidos a la unilateralidad
de una sola potencia. Hace sólo dos años los líderes mundiales suscribían
el compromiso de reducir a la mitad los 800 millones de personas que
padecen hambre hasta el año 2015; sin embargo, la FAO nos acaba de
advertir que, al ritmo que vamos y con 25 mil muertos de hambre al día,
esta meta no se alcanzará ni en los próximos 100 años. En fin, nunca
como ahora la comunidad mundial había tenido conciencia de los peligros
en que se traducen los patrones actuales de producción y consumo para la
salud del planeta, pero los intereses políticos que los sustentan,
amparados en su supremacía militar y económica, se niegan a reconocer su
responsabilidad, arrastrando al desastre a todos los pueblos de la
tierra… y a la propia Madre Tierra.

Los síntomas de este fracaso no pueden ser más elocuentes. Desde la
enfermedad social que se expresa en los francotiradores solitarios que en
la capital del imperio hacen que cualquier persona sienta que puede ser
su próxima víctima; pasando por la enfermedad del sistema puesta en
evidencia por las vergonzosas quiebras millonarias de las corporaciones
más ricas del mundo que han destruido la confianza y los ahorros de
millones de ciudadanos; hasta la igualmente inaceptable respuesta
violenta a la que recurre el fanatismo y la desesperación de algunos
excluidos, tan unilateral y despreciable como los designios egoistas del
sistema que los excluye.

No podemos permanecer callados frente a la irresponsabilidad de las
campañas totalitarias que detrás de la propaganda de la “guerra contra el
terrorismo” propician crímenes masivos, ocasionan gravísimas crisis
humanitarias y pretenden reducir a las Naciones Unidas al papel de
bombero. No podemos sumarnos a la satanización de una de las culturas
más antiguas y una de las religiones más respetables de la historia de la
humanidad, cuyo peor pecado parece ser el estar asentadas sobre la mayor
reserva de petróleo del mundo. Un joven finlandés se ha encargado de
demostrar hace unos pocos días que la confusión y los recursos extremos
no son patrimonio exclusivo ni del radicalismo islámico, ni de la gente
que no tiene nada que perder.

No podemos consentir que el Congreso de ningún país pese más que el
Consejo de Seguridad de la ONU a la hora de decidir otra guerra de
caricatura entre el “bien” y el “mal”. Mucho menos, cuando tal campaña
se despliega asegurando la inmunidad de sus soldados frente a la
jurisdicción universal del Tribunal Penal Internacional, creado para
terminar con la justicia discrecional que ha imperado hasta ahora en el
sistema internacional en esta materia. La Italia y la Europa que hoy nos
acogen, conocen muy bien los efectos de las guerras preventivas
destinadas a salvar la “civilización”. La guerra clásica que se nos
pretende imponer como una fatalidad es peor que inútil, puesto que no
sólo no eliminará ni reducirá el terror, sino que lo estimulará. Me sumo
aquí a la voz de nuestro hermano Nelson Mandela y a los millones de voces
que se están levantando en todos los rincones del mundo, reclamando que
una eventual agresión militar unilateral instruida por el presidente Bush
en contra de Irak no se haga “en nuestro nombre”.

Nuestra conciencia no puede permanecer tranquila ante la pasividad de la
comunidad internacional frente al régimen israelí que, amparado en el
poder de veto de los Estados Unidos –su valedor ante la ONU- lleva
adelante implacable e impunemente una política criminal en contra del
pueblo palestino, sus autoridades y sus derechos nacionales inalienables,
desconociendo TODAS las resoluciones que ordenan retirarse de los
territorios palestinos ocupados y la creación del Estado Palestino como
base de la seguridad individual y colectiva de todos los pueblos y
Estados de la región.

Quisiera aprovechar esta tribuna para saludar la valiente posición del ex
presidente Jimmy Carter –a quien espero encontrar en nuestra próxima
Cumbre- frente al gobierno de su país, denunciando esta complicidad,
llamando a poner fin a la arbitrariedad israelí y a la prepotencia
estadounidense.

En América Latina enfrentamos los efectos no menos dolorosos de la
desestabilización económica y política de unas democracias frágiles a
manos de los ajustes estructurales impuestos por los organismos
financieros internacionales. Estos organismos antidemocráticos, cuando
no logran la sumisión de los gobernantes de turno, o cuando aparece un
candidato popular victorioso, no vacilan en sacudir sus débiles sistemas
bursátiles y espantar a los capitales volátiles de los que dependen
críticamente el empleo, el crecimiento y la paz interna de nuestros
países.

Los pueblos indígenas del mundo hemos sabido preservar la vida y el
equilibrio en el planeta. A pesar de haber sido despojados de nuestros
territorios y recursos, despreciados por el temor y el odio racista,
invisibilizados y marginados por las políticas de Estado, continuamos
luchando por el reconocimiento de los derechos que los pactos
internacionales reconocen a todos los pueblos. Hemos abierto
significativos espacios de participación en diversos ámbitos nacionales e
internacionales, concurriendo con propuestas y forjando acuerdos como el
que acabamos de suscribir en la Cumbre de Río+10 para proveer de agua
potable a los pueblos indígenas del mundo. Como un nuevo ejemplo de esta
dinámica, dentro de un mes, tendré el honor de presidir la Primera Cumbre
de Mujeres Indígenas que reunirá a más de 300 lideresas en la ciudad
mexicana de Oaxaca, para intercambiar nuestras experiencias, dialogar con
los factores institucionales y perfilar un plan de acción y una
plataforma que nos conviertan en sujetos activos de las políticas que nos
afectan

Señor presidente, quiero referirme a otro tema en el que creo que también
debemos decir una palabra clara: me refiero a la impostergable necesidad
de reformar las instituciones políticas y económicas del sistema
internacional. A pesar de los avances que nadie puede desconocer, su
crecimiento y complejización han diluido significativamente su papel
político, han minado su eficacia, lo han burocratizado y el veto tiene
secuestrada a la democracia en su seno.

Parece, pues, llegada la hora de una reforma que rompa la exclusividad
que hasta ahora han tenido los representantes gubernamentales convertidos
en mandatarios de los intereses de las grandes corporaciones
empresariales, las mafias corporativas y los intereses supranacionales.
Una reforma que dé paso a la participación de actores sociales que hoy no
encuentran caminos apropiados de representación en la estrechez de los
sistemas institucionales existentes. La capacidad de contribución y la
independencia de los pueblos sin Estado, las iniciativas ciudadanas, las
organizaciones civiles y los movimientos sociales, reclaman que su
compromiso se traduzca en reconocimiento y corresponsabilidad en las
grandes decisiones que tengan que ver con la paz, la justicia, el
desarrollo y la democracia en el nuevo mapa institucional del sistema
internacional.

A ese objetivo se orientó una de las principales contribuciones de la
Cumbre de Río celebrada hace 10 años. El balance antes de Johannesburgo
era pesimista, y hoy sus resultados son una innegable regresión.

Señor presidente Mikhail Gorbachev, en el marco de la reciente Cumbre
Mundial para el Desarrollo Sostenible, fui honrada con el privilegio de
presentar a los jefes de Estado y la comunidad internacional allí
reunida, el manifiesto que, bajo su liderazgo, reunió la firma de varios
de nuestros colegas y la de los alcaldes de algunas de las más populosas
ciudades del mundo. Ese manifiesto, titulado “Batalla por el Planeta”
recoge con sabiduría la demanda de la mayoría de los habitantes del
mundo. Él debería ser la base para una mayor articulación de nuestro
trabajo a favor de la paz y la base también sobre la que sumemos a una
diversidad de actores sociales, culturales, económicos y políticos en la
construcción de ese compromiso ético que hoy se expresa por nuestra voz y
espero que se exprese también en nuestra acción concreta y permanente.
Quienes podemos alzar nuestra voz por tantos que no pueden hacerlo,
debemos expresarnos sin temor y con firmeza para salvaguardar la dignidad
de la humanidad.

Muchas gracias.