Un tema en el que vinimos insistiendo en esta columna es la necesidad de
una mayor comprensión de las divergencias y contradicciones internas de la
sociedad norteamericana. Ha sido un error muy recurrente de los
intelectuales en la América Latina juzgar la sociedad norteamericana como
una totalidad, con intereses comunes hacia América Latina y el Tercer Mundo
en general. Este visón refleja la auto-percepción de una parte de la
literatura sociológica norteamericana de que los intereses comunes de una
sociedad pos-industrial y de la abundancia predominan sobre los grupos y
clases sociales.

En esta sociedad de la abundancia, los choques ideológicos son sustituidos
por los “issues” o cuestiones concretas que cortan todo el espectro
ideológico. No habría por lo tanto una diferencia esencial entre los
partidos, y los procesos electorales serían la oportunidad para cada
elector escoger con su voto o su ficha de juego los candidatos propuestos
también como individuos, con sus calidades y ventajas personales.

Para los latinoamericanos, en general, los Estados Unidos se presentan como
una sociedad racista que no hace diferencias entre los no americanos,
concibiendo el resto del mundo como pueblos inferiores que deben
subordinarse a su voluntad.

A pesar de que esta concepción tiene algún fundamento, es necesario separar
enormes sectores de la sociedad norteamericana de esta fórmula general. Si
es verdad que esta ideología del gran destino norteamericano y de la
superioridad de los ideales democráticos, que habrían nacido en la lucha
por la independencia, sea introducida en todo joven norteamericano y hasta
en los inmigrantes, se modera cada día en su contenido racial.

Estados Unidos es cada vez menos un país de blancos puritanos. En las
últimas décadas la caída de la natalidad de las poblaciones blancas y la
alta natalidad de los negros y de los inmigrantes latinos y asiáticos ha
cambiado y tiende a cambiar cada vez más en el futuro inmediato a la
composición demográfica y cultural norteamericana.

La introducción de los conceptos del multiculturalismo se hacen cada vez
más necesarios para asegurar condiciones de convivencia mínima entre los
blancos pioneros y la sociedad multicultural claramente mayoritaria. La
filosofía norteamericana incorpora a su pragmatismo inherente un
relativismo cultural cada vez más generalizado a todos los aspectos de la
vida humana.

No debemos olvidarnos que la religión que más crece en Estados Unidos es la
musulmana, que las etnias que más crecen son las latinas, con sus varias
diferenciaciones internas que tienden progresivamente a unificarse en una
sola identidad indígena, ibérica y afro-americana. La música popular, la
lengua, las artes escénicas y los deportes desempeñan un rol creciente en
la afirmación de esta identidad en la sociedad norteamericana. Con ellas
se mezclan símbolos religiosos, comportamientos y costumbres que cada vez
más se reivindican como autónomos y hasta “superiores” dentro de una
sociedad que en el pasado los había reprimido como incivilizados e
“inferiores”. Lo más importante es que los “latinos” son la primera
minoría étnica en los Estados Unidos. Ellos cuentan aún con la proximidad
del México, el Caribe y América Central. Sin contar el hecho de que eran
los nacionales de gran parte de las tierras norteamericana actuales. Los
medios de comunicación en español ganan una audiencia creciente y la
preservación de la lengua castellana se identifica con una afirmación
cultural y no con una idea de inferioridad que prevaleció por un largo
período histórico.

Lo mismo puede decirse de una población asiática que gana fuerza cada día
apoyada en el éxito económico de sus regiones de origen. Se hace cada vez
más difícil reprimir sus religiones, culturas y costumbres originales. Lo
que asistimos una vez más es a la afirmación de estas diferencias
culturales como absolutamente legítimas exigiendo una revisión de los
cánones educacionales y de la visión norteamericana o “occidental” del
mundo.

No se puede olvidar la afirmación creciente de las poblaciones negras
norteamericanas. Fueron los negros los primeros en desafiar el “humanismo”
occidental, que establecía como meta para las poblaciones negras asumir los
valores de la sociedad liberal y reivindicar el derecho de volverse
“iguales” a los blancos, con sus pelos alisados, sus ropas color ceniza, su
andar duro y poco sensual, su frigidez corporal, su concepción puritana de
la sexualidad. Todo este paquete quedaba integrado clandestinamente dentro
de la lucha por la ciudadanía y los derechos civiles.

Martín Luther King fue el primero a identificar la lucha de los negros
americanos con la lucha anticolonialista del Tercer Mundo. Esto ha
colocado el movimiento negro en posición de avanzada en la sociedad
norteamericana para exigir las políticas afirmativas y crear las
condiciones para una nueva mentalidad pluricultural.

Pero la ascensión social y cultural de estas poblaciones no ha sido
absorbida tranquilamente por gran parte de la población norte-americana.
Existe aún un importante sector de la población que reivindica la
superioridad de los valores tradicionales del “self made man”, que, según
ellos, forjaron el éxito económico y cultural norteamericano. En torno de
estos valores tradicionales se constituye un fuerte movimiento restaurador
norteamericano.

Una derecha reaccionaria se alimenta del liberalismo económico, combinado
con autoritarismo de costumbres, puritanismo, defensa de la propiedad
privada como principio ético y de la riqueza como recompensa divina a los
más capaces, etc. etc. Este movimiento ha ganado fuerza en los últimos
años en torno de la campaña en contra de comportamiento sexual del
presidente Clinton. Si bien no ganó a la mayoría del pueblo
norteamericano, esta reacción bloqueó en parte las fuerzas que estaban al
lado del presidente Clinton y su esposa, al debilitar la defensa de Gore
del gobierno del cual él formó parte.

El gobierno Clinton puso a la orden del día gran parte de la agenda de la
generación contestadora de los movimientos de 1968. La recuperación del
crecimiento económico, la superación del déficit fiscal, la afirmación de
las políticas sociales del gobierno demócrata, su identidad con el
movimiento negro y latino (excepto el exilio cubano que continúa apoyando
lo que hay de más reaccionario) han puesto en marcha nuevas fuerzas
económicas, sociales y políticas en la sociedad norteamericana.

La reacción presidida por Bush congregó el fundamentalismo neoliberal más
radical, las fuerzas políticas y económicas más conservadoras, los
ideólogos más cerrados del puritanismo y del ultra-individualismo. Para
unificar estas corrientes retomó el mito del destino americano como centro,
reivindicó el liberalismo económico bajo su versión neoliberal, pero moderó
su reaccionarismo con la idea de un “conservadorismo con compasión”,
utilizó sus modestos conocimientos del español para abrir un canal con las
comunidades latinas y prometió disminución de los impuestos como forma de
utilizar el superávit fiscal construido en el gobierno Clinton.

Si es verdad que todo este esfuerzo no fue suficiente para ganar las
elecciones presidenciales, por lo menos lo hizo aproximarse de los votos
demócratas, lo que, con la ayuda (ya comprobada por la comisión de los
principales periódicos del país) del aparato electoral del estado gobernado
por el hermano de G. W. Bush y de una Suprema Corte nombrada
fundamentalmente por su padre le aseguró la presidencia.

Es claro que estamos frente a un gobierno que representa un sector
minoritario de la población. Pero los acontecimientos del 11 de septiembre
del 2001 y la reacción bien articulada en torno de una guerra y una campaña
contra el terrorismo aseguraran una base de apoyo mayoritaria para este
gobierno.

Sin embargo no podemos concluir de ahí que las concepciones ideológicas de
Bush reflejen las fuerzas mayoritarias de la sociedad norteamericana. En
temas como el hegemonismo y unilateralismo norteamericano, el aumento
indiscriminado de los gastos militares, la insensibilidad frente a la
cuestión ecológica, la insumisión a la Corte Internacional de los Derechos
Humanos y tantos otros sabemos que hay una discordancia muy evidente. En
cuestiones como el proteccionismo -que se confronta con las aspiraciones de
la clase dirigente en América Latina que desea convertir los Estados Unidos
en librecambistas olvidándose que hubo una guerra civil en ese país para
imponer el proteccionismo del norte en contra del librecambismo del sur–
estamos frente a problemas más complicados.

Theotonio dos Santos es profesor titular de la Universidad
Federal Fluminense, Brasil.