La compleja relación entre espontaneidad y dirección consciente que Gramsci
analizara en su época de L`ordine nuovo, ha tenido una expresión cabal en el
permanente “estallido” en que se convirtió el país desde el 19 de diciembre a
la fecha.

Comenzó con el máximo de espontaneidad, sin aviso previo, desde el interior de
las propias casas, como una reacción indignada frente a un poder político que,
inmerso en la más aguda de las crisis, se empeñaba en las mismas recetas,
centrada en una fórmula implícita “Para la gran empresa todo, para el resto,
nada”. Pero no es difícil discernir sus raíces en la organización y
movilización que ha crecido en los últimos años, en un resurgir de nuevas
luchas populares… la organización late en el basamento de lo espontáneo, y
la espontaneidad se da su propia dirección y organización en la medida en que
se desarrolla y torna más compleja.

La sociedad argentina ha entrado hoy en un ritmo febril de protesta,
movilización y politización. Pero hace algo más de cinco años que comenzaron
luchas sociales que ya no eran los combates de retaguardia contra la etapa más
dura de la ofensiva del gran capital, expresada sobre todo en las
privatizaciones y en el avasallamiento de conquistas históricas de los
trabajadores; sino la búsqueda de caminos nuevos, que tomaban nota de la
victoria del gran capital y sus aliados, sin por ello resignarse ante sus
deletéreos efectos, y buscando constituir nuevas organizaciones, nuevos
actores sociales. Son de estos años la creación de movimientos de base
territorial, centrados en la organización autónoma de pobres y desocupados; la
de un nuevo organismo de derechos humanos formado por la nueva generación (los
hijos de desaparecidos), que manifestaron así la continuidad con la generación
de sus padres, e inventaron los “escraches”, ese particular modo de ir a
buscar a los culpables a sus guaridas, en lugar de sólo reclamarle a la
justicia su captura.

Aparecieron nuevos sindicatos, muchos de ellos orientados a actividades nuevas
o no organizadas con anterioridad (desde los mensajeros en motocicleta, hasta
las prostitutas, pasando por los peones de los supermercados), una nueva
central obrera, más democrática que todas las existentes (la Central de
Trabajadores Argentinos), y a su vez cuestionada con justicia por agrupaciones
más radicalizadas. El pensamiento de izquierda se re-encontró a sí mismo, y a
una perspectiva de renovación, a través de decenas de publicaciones y medios
de comunicación alternativos, que afloraron por la misma época, ampliando los
términos del debate y enfrentando con dificultades los viejos tics de la
propia izquierda.

Se establecieron los términos de una nueva disputa por las calles, por el
espacio público, con los “cortes de ruta”, los ya mencionados “escraches”, las
tomas de tierras urbanas para vivienda…

En suma, estos últimos días han sido decisivos, han marcado un vuelco de la
situación, un salto cualitativo. Pero los “cacerolazos” no son una floración
instantánea, sino el resultado, tan creativo como imprevisto, pero resultado
al fin, de esos jalones que los precedieron poco antes.

En un cuarto de siglo, la clase dominante, el gran capital, lograron la mayor
acumulación de ganancias y el máximo control sobre el aparato del Estado de la
historia del país. Pero no consiguieron ir más allá del plano de la defensa
de sus intereses, nunca pasaron a una construcción política y cultural eficaz
en términos de generación de consenso. Incluso destruyeron la versión “pobre”
del Estado social y de las políticas keynesianas existente en Argentina, para
reemplazarla por un aparato estatal sólo orientado al cortejo del gran capital
y al silenciamiento de sus cuestionadores, sean activos o potenciales, por la
persuasión o por la fuerza.

En reemplazo de su incapacidad para generar una auténtica hegemonía, empeñados
como estaban en maximizar sus ganancias, las clases dominantes aspiraron,
después del genocidio consumado en los últimos años 70″, a generar un consenso
pasivo, centrado en el miedo, la resignación y el individualismo. Nada de
acción colectiva, mínimo de autopercepción como trabajador o ciudadano y
máxima como consumidor. No muy diferente a otras partes del mundo, sino se le
agregaran dos ingredientes locales decisivos:

a. La idea de que la derrota frente a la dictadura era tan completa como
irreversible, y que términos como “revolución”, “socialismo” y cualquier
aspiración a unas relaciones de poder sustancialmente distintas, debían ser
excluidos para siempre del diccionario político.

b. La “lección” de la hiperinflación de 1989, como demostración de que el
Poder no sólo podía producir el aniquilamiento físico, sino también el
económico, el caos anulador de todas las referencias vitales, el
empobrecimiento brusco de vastos sectores de la población. Y por lo tanto,
era muy costoso (y en última instancia inútil), desafiar los dictados del
poder en su cara económica.

Asumidos estos presupuestos, el encargado de “servir la mesa”, en condiciones
de régimen representativo, era una dirigencia política cada vez más
desprovista de ideología y de objetivos propios, con partidos políticos cada
vez más indiferenciados entre sí, sin otras preocupaciones que la conservación
del poder y el enriquecimiento por vía del saqueo de las arcas públicas o de
los enjuagues con las grandes empresas, y el no ofender al gran capital, que
les imponía todas las decisiones fundamentales y pagaba sus campañas
electorales y la mayoría de sus excesos.

La construcción de un consentimiento, pasivo y negativo, pero consentimiento
al fin, venía debilitándose y se ha hecho trizas, frente a la decisión y
persistencia de esa complejidad de fenómenos que la simplificación
periodística subsume en la denominación “cacerolazo”: El gobierno de la Rúa
amenazó con el estado de sitio, y se salió a desafiarlo en las calles,
cacerolas en mano. Ordenó que la policía reprimiera, y se lo enfrentó con
piedras y todo lo que se tuviera a mano, pero no se abandonó la Plaza de Mayo.
Vino un presidente provisional que nombró funcionarios corruptos y prometió
todo a todos, y lo volvieron a “cacerolear” hasta que se fue, llegó otro
presidente que le sonrió a los pobres y a los ahorristas y se dedicó a ponerse
de acuerdo con financistas y multinacionales, y siguieron en la calle; cada
vez más gente, cada vez más seguido, con consignas más radicalizadas y
mecanismos de decisión horizontales…

El “partido del orden” tendió a saludar al “cacerolazo” como un gran hecho
democrático… y comenzó de inmediato a hacerle objeciones, que una por una
comenzaron a ser desvirtuadas por el propio movimiento: Es un fenómeno
circunscripto a la Capital… Y al poco tiempo hubo un cacerolazo nacional,
desde Jujuy a la Patagonia. No tiene ninguna organización…y aparecieron las
asambleas barriales, y la coordinadora de asambleas barriales, y más
asambleas; los “caceroleros” son de clase media, no les importan las
necesidades de desocupados y pobres que expresan los “piqueteros”, y las
asambleas barriales con sus cacerolas concurrieron a la marcha piquetera y se
solidarizaron activamente con ella, los utilizarán grupos autoritarios… y
los movilizados se encargaron de sacar a patadas a grupos fascistoides y
militaristas de sus protestas y reuniones, no tiene nada que ver con ningún
cambio radical, es un reclamo a favor de la propiedad privada… y comenzaron
a aparecer consignas de nacionalización de la banca, estatización de las
compañías de servicios públicos, reapertura bajo control obrero de las
fábricas cerradas… que mas allá de su posibilidad concreta de realización
no entroncan en absoluto con la defensa de la propiedad.

Y allí están, “piqueteros”, “caceroleros”, trabajadores en conflicto, partidos
de izquierda, las Madres de Plaza de Mayo, los Hijos, gritando que ya no
quieren el dominio de una dirigencia política siempre aliada al gran capital,
discutiendo sobre todo y cuestionándolo todo, dispuestos a ser impiadosos con
el campo enemigo y exigentes y vigilantes con el propio. Han resistido la
represión, han tumbado gobiernos. Han ensanchado el “horizonte de lo posible”
en las calles y en las mentes. Son heterogéneos en oficio, ingresos, en
educación, en ámbito cultural, en antecedentes políticos, y sin embargo, van
encontrando el modo de converger y llegar a acuerdos. Están construyendo el
más rico ejemplo de democracia directa, de “horizontalismo” que se recuerde en
la historia argentina. Hacen reverdecer el espíritu de las grandes rebeliones
populares del siglo XX… y se aprestan a ser una de las importantes del
siglo que comienza…