Ahora todos hablan del ALCA. Sobre todo después de la reunión de los
presidentes americanos en Canadá, país que estuvo llenando las páginas de los
periódicos con la historia de la vaca loca. Por el ruido causado en torno a
la solemne reunión, la gente se está preguntando si hay alguna locura en juego
con el asunto del ALCA.

Descifrando la nueva palabra, descubrimos que significa Area de Libre Comercio
de las Américas. Por lo tanto, se trata de una propuesta de comercio libre
entre los países de América, patrocinada con entusiasmo por la poderosa
“América del Norte”, como si fuera la mejor cosa que pudiera sucederles a los
países de las otras Américas. Si la cosa es tan buena así, en vez de hacer
una reunión en Canadá, ¿por qué no se la hizo en la pobre Haití, tan cerca de
los Estados Unidos y tan lejos de su progreso? O al menos, sería una “buena
noticia” que el pobre pueblo pudiera recibir de manera directa e inmediata,
comenzando por la solución de sus necesidades apremiantes que los propios
presidentes experimentarían en su reunión. El ALCA comenzaría en la práctica,
sin pedir crédito a promesas futuras.

Pero en la lengua portuguesa, que nada le debe al inglés, existe una palabra
muy parecida, solo con una cedilla de diferencia ALÇA. ¿Alguna semejanza
entre las dos, más allá de la grafía que es casi igual? La palabra en el
diccionario portugués tiene dos significados. Puede ser “alça de mira” (regla
de una mira), para asegurar la puntería a la distancia. Y existe la “alça
argola” (argolla), que toma aires siniestros cuando se coloca en el ataúd, de
donde los sepultureros agarran para cargar al difunto.

¿Cuál es la mira de dicha ALCA americana? No todos divisan a lo lejos como el
águila, que mira desde la distancia cuando percibe alguna presa, y prepara con
astucia su zarpada fatal. Y la insistencia en que todos los presidentes,
menos uno, deben unirse en la misma “alca”, deja abierta la pregunta sobre
cuál difunto están queriendo enterrar.

Así, la aparente semejanza trae, en verdad, grandes diferencias. Esta
historia del “libre comercio” ya es ampliamente conocida. Si fuese entre
iguales, todo bien. Pero entre diferentes, la consecuencia es otra. Al
inicio del “liberalismo”, se definía el derecho al “libre contrato”. Ahora,
en pleno “neoliberalismo”, se insiste en el “libre comercio”. Desde aquellos
tiempos, después de amargas experiencias, la lucha social consiguió
desenmascarar la falsa igualdad de derechos entre el poderoso patrón y el
desamparado obrero. Y contrapone el peso de la clase obrera organizada,
frente a los patrones que querían, en nombre de la “libertad”, prohibir el
derecho a la libre asociación de los pequeños. Solo así se reequilibran las
relaciones entre desiguales. ¿Por qué ahora tanta preocupación, por parte del
patrón del norte, con la discreta asociación del Mercosur?

La propuesta de una “área de libre comercio” bien dorada con la píldora de la
globalización, a ser ingerida como si fuera realmente benéfica. Sucede que la
globalización, del modo como va, ya mostró que acentúa las desigualdades, que
están en la raíz del desequilibrio de las relaciones comerciales. El proceso
en curso está agravando la dependencia, que es lo contrario de la libertad.
Va aumentando la dependencia financiera, producida por el proceso de
endeudamiento de los países pobres, que canaliza siempre más recursos
financieros a los países ricos. La enorme desigualdad de los recursos
financieros solapa la “libertad” de comercio, por la gran diferencia de
condiciones en que operan las economías. Por otro lado, se agrava la
dependencia tecnológica, que pone condicionamientos suplementarios a las
economías periféricas. Es imprescindible erradicar las dependencias. ¿Por
qué no comenzar por la supresión de la dependencia financiera, como propone el
Jubileo, y por la difusión libre de las tecnologías, sin la ganancia de las
patentes, que prefieren sacrificar vidas humanas a perder sus lucros?

Caso contrario, en vez de ALCA, corremos el riesgo de quedar solo con ALÇAS
(argollas), que servirán para el entierro de las empresas nacionales que aún
restan. Tal vez nos quedaremos con el consuelo del simulacro de la sociedad
prometida: fabricaremos al menos ataúdes, e importaremos las “alças”
(argollas) americanas, brillantes, que darán esplendor a la ceremonia final de
sepultura de las identidades nacionales, para que finalmente exista “una sola
América”. Hasta la “estatua de la libertad” podría cambiar de lugar y
ubicarse sobre el Corcovado.

Mons. Demétrio Valentini