Comunicado de la Conferencia de Religiosas y Religiosos de
Guatemala

Como personas consagradas al Dios de la vida y del amor:

Queremos declarar públicamente en esta hora dramática nuestro
horror y nuestra condena inequívoca por la fanática decisión de
enviar aviones de pasajeros convertidos en misiles contra
edificios llenos de gente, condenando a la misma, a los pasajeros,
a los tripulantes y secuestradores suicidas a una muerte segura e
injusta o a lesiones gravísimas y traumas de por vida. “¡No
matarás!”.

Queremos manifestar nuestro propio dolor y también nuestras
condolencias al pueblo de los Estados Unidos, y especialmente a
los familiares de las víctimas de estos crímenes contra la
humanidad. Inevitablemente, en tiempos de globalización, los
crímenes en un país se vuelven crímenes también en la aldea global
que es nuestro mundo. Además, si se cometen en un centro de
operaciones económicas internacionales y en ciudades de tanta
migración como Nueva York o Washington, no pueden dejar de contar
entre las víctimas a ciudadanos de muchos países. Las listas de
gente desaparecida lo atestiguan: 231 personas desaparecidas y 14
muertas de América Latina solamente, entre ellas 95 de El
Salvador, 5 de Guatemala, y 4 de Honduras. En total víctimas de
66 países. Según cuenta provisional.

Reiteramos que estos crímenes son inexcusables. Entendemos
perfectamente que es un insulto a la conciencia ética de la
humanidad intentar buscarles cualquier tipo de excusa, por
ejemplo, en la actual política internacional de los Estados Unidos
con Israel y Palestina, o en su rol de superpotencia, ejercido a
veces en forma, a nuestro parecer, éticamente muy cuestionable,
desde Hiroshima hasta Guatemala y Panamá, Ruanda y los Balcanes,
pasando por Vietnam.

Queremos expresar asimismo dos expectativas, que son base de una
esperanza para el destino de la humanidad. Que no sea la guerra
la respuesta y que los Estados Unidos y sus aliados más poderosos
entren en un proceso de profunda reflexión.

Esperamos con firmeza, como primera expectativa, que el Gobierno
de los Estados Unidos, a pesar de sus primeras reacciones cargadas
de amenazas, no responda a esta enorme provocación con estrategias
y acciones que hundan al mundo en una guerra de alcance global.
El día de oración y duelo, 14 de septiembre, en Nueva York, varias
personas levantaban un cartel así: War is no answer: La guerra no
es respuesta. Coincidimos con ellas. Si se desea de verdad
defender lo mejor y más humano de la civilización occidental, no
creemos que esto pueda hacerse por la vía de la venganza. Se
corre así peligro de desencadenar una espiral de violencia que
derrame la sangre de miles de civiles que no sólo no han
participado en los crímenes que se quiere castigar, sino que se
encuentran además hundidos en una extrema pobreza. Y además, el
riesgo insostenible es que esto lleve a su vez un caudal de
interminables represalias que se vuelvan como un bumerán contra
muchos otros países del mundo.

Exigimos que no se fabriquen con las armas de hoy, de enorme poder
de destrucción, nuevos Guernicas, nuevos Londres, nuevos Dresden y
Leipzig, nuevos campos vietnamitas y camboyanos, nuevas aldeas de
Guatemala, nuevos Chorrillos de Panamá, nuevos Sarajevos, nuevos
Bagdad y Basora, nuevos Grosznys, arrasados en formas crueles que
desbordan toda imaginación.

Y no sólo esperamos, sino que, con muchas otras personas de los
mismos Estados Unidos, exigimos que no se usen de ninguna manera
armas biológicas o químicas ni armas nucleares, cuyos efectos se
extienden por generaciones y dañan irreparablemente el planeta.

Creemos que aún es tiempo para pasar del lenguaje de la guerra
(tradicionalmente reservado para agresiones entre Estados o para
conflictos armados internos en un Estado) y devolver el lenguaje
al campo del atentado terrorista, por muy nuevo, desmesurado y
atroz que haya sido el que sufrieron las ciudades de Nueva York y
Washington. Tememos que sea también desmesurado hablar de una
operación “Justicia infinita”. Por mucho que se asevere que
“infinita” quiere decir sin límites de espacio y tiempo, es
inevitable no escuchar también en la palabra una pretensión
subliminal de justicia “divina”, que convertiría cualquier clase
de castigo humano justo en peligrosa arrogancia. Es en el diálogo
político y la negociación diplomática, con presiones razonables y
severas, en foros internacionales como la ONU, donde hay que
conseguir la presentación de los terroristas ante la Corte
Internacional de La Haya. Un enfoque así conseguiría la
cooperación de muchos países para el castigo de los criminales sin
poner a nadie de rodillas ni violar la dignidad de esos mismos
países con consignas como “con nosotros o con los terroristas”.
Es con la humanidad, con la comunidad de países y pueblos con la
que hay que alinearse hoy para buscar con solidaridad global el
restablecimiento de la justicia.

Hacemos un fuerte llamado, como segunda expectativa, a la
reflexión. Esperamos que los Estados Unidos, por sí mismos y en
el Grupo de los 8, la Unión Europea, el Japón, el FMI y el Banco
Mundial miren críticamente al interior de un sistema económico que
domina el mundo pero no es capaz de llevar la prosperidad o al
menos el bienestar a la gran mayoría de la humanidad. Esperamos
que reflexionen sobre las víctimas y las desesperaciones que crea
el mercado cuando sus leyes son las únicas que gobiernan con
inflexibilidad, y sin las correcciones éticas que sugirieron los
mismos fundadores del liberalismo, el acceso a los bienes
necesarios para la vida, por ejemplo los alimentos o las
medicinas, la ropa y los materiales de construcción para la
vivienda, y la educación de la gente. Es imposible no asombrarse
de que una humanidad con la superproducción de alimentos que hoy
día existe, esté aún sometida a la plaga del hambre, sin ir más
lejos en Guatemala. Nos preguntamos si hay voluntad de humanizar
el mundo entre los líderes de la globalización.

También esperamos que haya una reflexión profunda sobre la
política internacional de las potencias, sobre su producción de
armas y la venta y contrabando de las mismas, sobre la apertura
equitativa en el comercio mundial, sobre la moderna esclavitud que
supone para las poblaciones de muchos países el yugo de la deuda
externa. Esperamos que la necesidad de información a nivel global
no vuelva a hacer que los Estados Unidos privilegien la
consecución de esta por encima del respeto de los derechos
humanos, y que no vuelvan a apoyar en los países de América latina
y del Tercer Mundo a los aparatos militares de inteligencia
responsables de tantas atrocidades y aun de terrorismo de Estado
en el pasado, como el caso Pinochet lo ejemplifica, y el REMHI y
la CEH lo han denunciado en nuestro país. Esperamos, por el
contrario, que este hecho horrendo que ha sucedido en Nueva York y
Washington ayude a equilibrar éticamente las consideraciones de la
riqueza y de la fuerza y a medir con una misma medida de equidad a
todos los pueblos de este mundo.

También para estas personas contagiadas de fanatismo desesperado e
inmisericorde, pero al fin y al cabo no “bestias”, sino gente de
la misma raza humana, esperamos que la contemplación del espantoso
espectáculo, consecuencia de sus decisiones, los lleve a
reflexionar sobre la catástrofe en la que pueden hundir a nuestro
mundo, y especialmente a sus propios compatriotas o compañeros, y
a cambiar sus actitudes básicas.

Evidentemente que “Dios no es neutral entre la justicia y la
crueldad”, como dijo el Presidente Bush. Pero ninguna
satanización de los terroristas ayudará a prevenir sus acciones
con sagacidad y castigarlas con justicia. Como en su momento
tampoco ayudó la satanización de los estadounidenses por los
ayatolas en Irán.

Casi todos los países del mundo han sufrido en el último siglo los
estragos de la agresión externa en su propio territorio. A casi
todos esta experiencia desgarradora los ha hecho más sabios y más
respetuosos de la paz.

Nosotras y nosotros, personas consagradas a Dios en la Iglesia
Católica en Guatemala, nos unimos al llamado que el Papa Juan
Pablo II hace a favor del diálogo, y esperamos que también al
pueblo y al gobierno de los Estados Unidos este ataque brutal e
inexcusable en su propio territorio contra personas indefensas de
tantos países, los haga más sabios y más respetuosos de la paz.
Esperamos que reaccionen a estos atentados con apego a la regla de
oro inscrita en los códigos de tantas civilizaciones en la
historia de la humanidad -incluidos los Evangelios-: “No hagan a
las otras personas lo que no desearían que les hagan a ustedes”.

Guatemala de la Asunción, 28 de septiembre del 2001.