El atentado sobre el World Trade Center fue horroroso,
despreciable, e imperdonable. Sin embargo es importante no dejar
de verlo en contexto, en particular dentro de un contexto
histórico: porque si bien es entendible una repuesta que nace de
la furia, como la ahora evidente por parte de los políticos
estadounidenses, es probable que sirva como otra prueba de la
máxima de Santayana, de que quienes no se acuerden de la
historia están destinados a repetirla.

La ecuación moral

La escala y las consecuencias del ataque contra el World Trade
Center son masivas, pero éste no representa el acto terrorista
más grande de la historia de EE.UU., como algunos medios
estadounidenses reivindican. Las más de 5,000 vidas perdidas en
Nueva York son irreemplazables, pero uno no debe olvidar que los
ataques contra Hiroshima y Nagasaki resultaron en la muerte de
210.000 personas, la mayoría civiles, y la mayoría perecieron de
manera instantánea. Por otro lado, es posible argumentar que los
dos eventos no son comparables porque, después de todo Nagasaki
e Hiroshima fueron blancos dentro de una guerra. Pero, ¿por qué
no? El propósito principal de los bombardeos nucleares no fue
destruir blancos militares o de infraestructura, sino
aterrorizar y destruir a la población civil. De hecho, toda la
campaña aérea de los aliados contra Alemania y Japón durante
1944-45, que produjo tormentas de fuego en Dresden, Hamburgo y
Tokio, y que mató a decenas de miles de personas, tuvo como su
objetivo central herir y matar a la mayor cantidad posible de
civiles. De igual manera, durante la Guerra de Corea, el
bombardeo para aterrorizar a los civiles constituyó la política
del Comando de Lejano Oriente de la Fuerza Aérea estadounidense,
al cual se le ordenó pulverizar cualquier cosa que se moviera
dentro del territorio del enemigo. Tan exitosa fue la política
que en el verano de 1951, el comandante pudo informar que “ya no
existe estructura alguna que sirva de blanco”.

Durante la Guerra Fría, la eliminación en masa de la población
civil del enemigo, junto a sus fuerzas militares e industrias,
fue institucionalizada en la estrategia de una retaliación
nuclear masiva que radicaba en el meollo de la doctrina de
disuasión nuclear. En Vietnam, donde EE.UU se frustró por la
incapacidad de distinguir entre civiles y combatientes, la
matanza indiscriminada de civiles fue una parte central de la
“guerra de contra insurgencia” en la cual fueron
sistemáticamente asesinadas 20,000 personas bajo la Operación
Fénix de la CIA en el Delta del Mekong.

¿No deben ser juzgadas las acciones contra civiles en el
contexto más amplio de quitar al enemigo el ánimo de luchar, y
por lo tanto llevar a que la guerra concluya? Pero en este caso
¿qué tan diferente resulta esta justificación, comparada con el
objetivo de los terroristas de cambiar la política exterior del
gobierno de EE.UU a través de erosionar el apoyo de la población
civil de ese país?

El punto no es atraparnos en un “cálculo maléfico” como Jeremy
Bentham habría llamado a este ejercicio, sino indicar que el
gobierno de EE.UU simplemente actúa desde una posición superior
en la actual ecuación moral. Efectivamente, se puede decir que
terroristas como Osama Bin Laden, un ex protegido de la CIA,
aprendieron sus lecciones sobre el valor estratégico de los
civiles como blanco de la estrategia de guerra total,
tradicional de Washington, en donde el daño a la población civil
no se ve como algo colateral sino como algo esencial para
alcanzar los fines de la guerra.

El cálculo de Clausewitz

Luego del atentado contra el World Trade Center, han llamado a
los perpetradores del hecho cobarde, “irracionales”, o “locos”,
o gente que son la encarnación del mal. Esto se puede entender
como una reacción emocional, pero es una base peligrosa para la
elaboración de políticas. La verdad es que los perpetradores del
hecho fueron muy racionales. Si realmente fue gente relacionada
con Bin Laden, muy probablemente su objetivo fue subir el costo
que representa para EE.UU el mantener sus políticas actuales en
el Oriente Medio, a las cuales consideran injustas e
inequitativas, y ésta fue su manera de lograrlo. Escogieron de
forma muy racional los blancos y las armas, prestando atención a
cómo obtener no sólo el máximo nivel de destrucción sino también
el máximo simbolismo. La selección como blancos de las torres
gemelas del World Trade Center y el Pentágono, y los aviones de
American Airlines y United Airlines como los vehículos y
explosivos, fue el producto de un pensamiento y planificación a
sangre fría. La pérdida de sus propias vidas formó parte del
cálculo. Lo que vimos fue un cálculo racional de los medios para
lograr los fines deseados. Según el punto de vista de esta
gente, el terrorismo, igual que la guerra, es la extensión de la
política a través de otros medios. Estas son mentes
clausewitzianas, y el peor error que se puede cometer es
considerarles locos.

¿Pearl Harbor o TET?

Una metáfora utilizada por el sistema de Washington para captar
la esencia de los recientes acontecimientos es la de un segundo
Pearl Harbor, con la implicación de que, como el primero, la
tragedia del 11 de septiembre impulsará al pueblo estadounidense
a alcanzar un nivel de unidad inédito para ganar la guerra
contra enemigos todavía no identificados. Es de sospechar que el
otro lado opere según otra metáfora, y ésta es la ofensiva Tet
de 1968. El objetivo de los vietnamitas fue lanzar
levantamientos masivos y simultáneos que, aún en el caso de que
cada uno sea derrotado por separado, sin embargo llegaría a ser
una victoria estratégica al convencer al otro lado, y en
particular a su base civil, de que la guerra no se pudo ganar.
El objetivo fue robar a EE.UU su voluntad de ganar la guerra, y
en esto tuvieron éxito los vietnamitas.

Los perpetradores del asalto sobre el World Trade Center operan
según un cálculo parecido, y a pesar de la retórica nacionalista
en Washington, no es seguro que se hayan equivocado. ¿Está
dispuesto el pueblo estadounidense a soportar cualquier peso y
pagar cualquier precio, en una lucha que se extenderá hacia un
futuro indefinido, sin ninguna certeza de victoria, de hecho sin
una idea clara de quiénes son los enemigos y de lo que
consistirá una “victoria”?

Los medios están repletos de noticias sobre la creación de una
alianza contra el terrorismo, dando la impresión que la
coordinación entre estados claves combinada con la furia de los
ciudadanos de todas partes otorgará a la coalición liderada por
EE.UU una ventaja insuperable. A corto plazo, quizás; aunque ni
esto es seguro. Porque el problema es que, como en una guerra de
guerrilla, esto no es una guerra que se puede ganar estricta o
principalmente por medios militares.

Los aspectos subyacentes.

Si la red de Bin Laden fue la responsable de los ataques contra
el World Trade Center, entonces los aspectos subyacentes son los
dos pilares gemelos de la política de EE.UU en el Oriente Medio.
Uno es la subordinación de los intereses de los pueblos de la
región al acceso sin trabas de EE.UU al petróleo del Oriente
Medio para mantener su civilización basada en el petróleo. Con
este fin, EE.UU derrocó al gobierno nacionalista de Mossadegh en
Irán en 1953, cultivó el régimen represivo del Sha de Irán como
policía del Golfo Pérsico, apoyó a regímenes feudales anti
democráticos en la península arábica, e introdujo una presencia
militar masiva y permanente en Arabia Saudita, donde están
algunas de las ciudades y lugares más sagrados del Islam.

La guerra contra Sadam Hussein se justificó como una guerra para
derrotar la agresión, pero todo el mundo supo que el motivo más
fuerte de Washington fue asegurar que las masivas reservas
petroleras de la región se queden bajo el control de élites pro
Occidente.

El otro pilar es el apoyo incondicional a Israel. Que los
sentimientos de los Arabes acerca de Israel sean tan viscerales,
no es difícil de comprender. Es difícil argumentar en contra del
hecho de que el estado israelí nació en base a despojar al
pueblo palestino de su país y sus territorios. Es imposible
negar que Israel es un Estado de colonos europeos, cuyo
establecimiento fue esencialmente un traslado desde el
territorio europeo de las contradicciones etno-culturales de la
sociedad europea. El Holocausto fue un crimen contra la
humanidad, pero fue totalmente equivocado imponer sus
consecuencias políticas -la principal de ellas, la creación de
Israel- sobre un pueblo que no tuvo nada que ver con ello.

Es difícil contradecir las declaraciones árabes de que fue
esencialmente el apoyo de EE.UU. el que creó el Estado de
Israel; que éste ha sido sostenido durante el último medio siglo
por el masivo apoyo y respaldo militar estadounidense; y que la
confianza profunda en el perpetuo apoyo militar y político
estadounidense es la que permite a Israel oponerse en la
práctica al nacimiento de un estado palestino viable.

A menos que EE.UU. abandone estos dos pilares de su política en
el Oriente Medio, siempre habrá miles de reclutas para actos de
terrorismo como los que ocurrieron el 11 de septiembre. Y aunque
condenemos los actos terroristas – y debemos condenarlos
fuertemente -otra cosa es esperar que la gente desesperada no
los cometa, en particular cuando es posible argumentar que
fueron precisamente estos métodos de volver blancos tanto a
civiles como a personal militar, en conjunto con la Intifada, lo
que obligó a Israel a someterse al Acuerdo de Oslo de 1993, que
llevó a la creación de la entidad palestina.

Otra razón más para pensar que el equilibrio estratégico no
favorece a EE.UU. es que existe mucha gente en el mundo cuya
actitud hacia el terrorismo es ambivalente. A diferencia de
Europa, en el Sur hubo una respuesta relativamente callada al
evento del World Trade Center. Una encuesta probablemente
revelaría que si bien muchos en el Tercer Mundo están
horrorizados por los métodos de los que cometieron el atentado,
no sienten antipatía por sus objetivos. Como lo expresó un
empresario chino-filipino, “es horrible, pero por otro lado,
EE.UU. se lo merecía”. Si esta reacción es común entre la gente
de clase media, no debe sorprender si tal ambivalencia está
ampliamente sentida entre el 80 por ciento de la población
global marginada por los actuales arreglos globales económicos y
políticos.

Existe demasiada desconfianza, aversión, o simple odio, hacia un
país que ha sido tan insensible en su búsqueda de poder
económico, tan arrogante en sus relaciones militares y políticas
con el resto del mundo, y tan descarado en declarar su
superioridad cultural sobre el resto de nosotros. Como en la
ecuación de una guerra de guerrilla, la ambivalencia civil
frente al teatro de batalla se traduce en una desventaja para la
posición de las autoridades, y una ventaja para la de los
terroristas.

En fin, si hay una cosa de la cual se puede estar seguro, es que
la respuesta masiva por parte de EE.UU no pondrá fin al
terrorismo. Simplemente aumentará el espiral creciente de la
violencia; el otro lado recurrirá a actos aun más
espectaculares, alimentados por olas sin fin de reclutas. La
tragedia del 11 de septiembre constituye la evidencia más clara
de que la política de los últimos 30 años de responder con
guante de hierro y con una represalia masiva al terrorismo, está
caduca. El resultado de esta política ha sido nada menos que un
profesionalismo extremo del terrorismo.

La única respuesta que verdaderamente contribuiría a la
seguridad global y la paz es que Washington intente resolver no
sólo los síntomas sino las raíces del terrorismo. Es tarea de
EE.UU examinar y cambiar sustancialmente sus políticas hacia el
Oriente Medio y el Tercer Mundo y apoyar, para variar, arreglos
que no obstaculicen el logro de la equidad, la justicia, y una
soberanía nacional verdadera para la gente actualmente
marginada. Cualquier otro camino nos llevará a la guerra sin
fin.

* Walden Bello es Director Ejecutivo de Focus on the Global South
con sede en Bangkok, Tailandia, y Profesor en la Universidad de
Filipinas.

Traducción: Gerard Coffey

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