Una pregunta que aflora por todas partes y que se asocia ahora a nuestro VIII
Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe gira, precisamente, alrededor de
expectativas que buscan respuestas a ?cuáles aportes hará este pensamiento
liberador al nuevo siglo, qué significará el nuevo milenio para el feminismo?

Parto de la premisa de que el feminismo es un movimiento diverso en su quehacer y
en su concepción; que si bien todas las feministas tenemos unos mínimos comunes
(erradicar el sexismo y la subordinación en todas sus manifestaciones en una
sociedad patriarcal), cada feminista o grupo de feministas difieren en las
estrategias para lograrlo. Unas entienden que introduciéndose al mundo masculino y
a sus sistemas es posible lograr reformas paulatinas que vayan generando cambios en
torno a la participación de las mujeres, es decir lo que las feministas hemos
llamado “la política de lo posible”. Otras, por el contrario, entienden que es
necesario hacer un trabajo desde lo cultural y lo simbólico, a través del cambio de
valores, de visiones, en los espacios privados y públicos, para subvertir el
sistema androcéntrico y sexista, y lograr su transformación. Yo, particularmente,
me inscribo entre éstas últimas.

El hecho de que, por ejemplo, existan más mujeres participando en diferentes
espacios públicos: cargos de dirección, en empresas, en partidos políticos,
cursando carreras no tradicionales vedadas antes para las mujeres, (lo cual es
positivo, no lo niego), no necesariamente es una expresión de que la subordinación
de las mujeres está cambiando. Parece obvio que el mundo masculino sigue teniendo
poderes en esos mismos ámbitos, donde las mujeres estamos “participando”. Entonces
el problema no es si participamos, sino “cómo participamos”.

En este fin de siglo las mujeres seguimos, entre otras cosas, desempeñando solas
las tareas del hogar. Los hombres, como regla general, no acaban de dar el salto de
asumirse con responsabilidades, no con “ayudas” en la esfera privada. Nosotras,
por el contrario, sí estamos ya insertadas en la esfera pública. Implicaciones de
estas realidades: más carga de trabajo en ambos ámbitos. En otro orden de cosas,
nuestro cuerpo sigue siendo cada vez más objeto-mercancía, situación magnificada
por los medios de comunicación, más aún hoy día cuando la estrategia
comunicacional, sobre todo visual, cobra vital importancia.

La socialización que se sigue haciendo con los niños y niñas continua
estereotipando roles. Cada vez más se promueve la violencia (juguetes, películas)
en los varoncitos, mientras siguen inculcándose valores de sumisión y frivolidad
en las niñas (las muñecas Barbies son la referencia fundamental).

El aborto es asunto sustantivo en este contexto: por un lado se penaliza, jurídica
y éticamente; sin embargo más y más mujeres siguen muriendo por las condiciones en
que se los hacen y sectores tradicionales, como las iglesias (con mucho poder en
nuestras sociedades), no les dejan salidas a las mujeres, con tácticas prohibitivas
de la educación sexual y de los anticonceptivos. La opción sexual sigue siendo un
tabú que ni se toca, ni se respeta, más bien se condena.

Trampas para asimilarnos al sistema

En fin, son éstos sólo algunos indicadores de cómo a pesar de los discursos y las
retóricas del “nuevo orden” que, aparentemente, plantea aperturas, democracia y
participación, lo que está más bien es confundiendo y maquillando situaciones para
que simulen cambios, cuando en el fondo éstos no se han producido. Por la más
depurada sutileza con que se presenta la subordinación de las mujeres hoy día,
resulta más difícil, pero también más urgente, erradicarla.

Así, el feminismo, como una propuesta global de transformación no sólo para las
mujeres, sino desde las mujeres para la humanidad, tiene renovados retos ante el
“nuevo milenio”. Es necesario retomar los principios fundamentales del feminismo
que lo hacen una propuesta real de transformación y no dejarnos desactivar nuestros
discursos y nuestras prácticas para hacerlas más potables al sistema. Esa es la
gran trampa para asimilarnos al sistema mismo.

Resulta asunto de la mayor urgencia articular una propuesta feminista en esta etapa
cuando, si bien por un lado el feminismo como propuesta tiene más mujeres que se
identifican con él (y algunos hombres incluso), la dispersión, sin embargo, se
convierte en un elemento de la mayor nocividad, que signa negativamente nuestra
incidencia en un mundo androcéntrico y sexista como el de nuestro Continente.

Es necesario, en mi criterio, “politizar” en una nueva dimensión el concepto
“género”, categoría propuesta por las feministas para explicar las raíces
culturales de la subordinación. Sin embargo hablar hoy de “perspectiva de género”,
puede significar cualquier cosa, que no necesariamente apunta a la transformación
de nuestras situaciones, sino que incluye a las mujeres como “parches”. De esa
forma el discurso demagógico trata de presentarse como “siendo democrático”.

Durante décadas, feministas de todo el mundo hemos desplegado luchas contundentes
frente a la subordinación. Ciertamente, algunas conquistas se han logrado, pero no
son en modo alguno suficientes. Por eso nuestra lucha necesita un replanteo en sus
estrategias y en sus prácticas hacia el famoso “nuevo milenio”.

Tengo la mayor confianza en que el VIII Encuentro despejará caminos, encenderá
luces, concitará uniones y provocará impulsos dinamizantes para que el feminismo
siga siendo una opción liberadora, un pensamiento generador de transformaciones; y
un cuerpo teórico apto para acompañar y sustentar la acción de las mujeres y de la
humanidad.

* Ochy Curiel. Dominicana Miembra de la Comisión Organizadora del VIII Encuentro.

* Este documento es parte de
Feminismos Plurales
Serie Aportes para el Debate No. 7.

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