Tras leer las palabras de una joven artista y periodista palestina, que cuando desconsoladamente lloraba por la muerte de su tío en Gaza fue increpada por su padre, quien le dijo: “¿No eras vos quién decía que cada uno de nosotros debía pagar un precio por la libertad?” e inmediatamente dejó de llorar, comprendí que el pueblo palestino es invencible; es inderrotable.
 
Comprendí que los palestinos, cada uno de ellos, viven sus días con un intenso frío que camina sus espaldas, con una helada tremulante que recorre sus nervios, con un témpano que hiela sus cuerpos, sabiendo en cada noche que se acuestan que tal vez no despierten al otro día y serán hallados rígidos, y con sus cuerpos destrozados; o sabiendo cada mañana al despertar que puede ser ese el último de sus días; o que cuando salga a la calle encontrará un vecino que perdió su casa en el mejor de los casos, o a su hija, a su hijo, a su hermano o a su madre, y que no los llorará porque es el precio que debe pagar cada uno por la libertad. O que lo llorará, pero no como nosotros, cualquier otro ser del planeta, porque sabe que él o ella ya es un mártir. Es un mártir que será redimido en ese futuro que ya han decidido, colectivamente, como pueblo, alcanzar: un futuro de libertad, un futuro en el que puedan volver a ser los dueños de sus tierras expropiadas, arrancadas a sangre y fuego. Es un pueblo que ha decidido ser libre sin importar lo que cueste, sin ahorrar sacrificio, porque es un pueblo heroico. Es un pueblo que ha decidido vencer o morir.
 
Y contra eso, no hay misil, ni bomba, ni arma, ni ejército en el mundo que pueda. No hay fuerza militar, económica, de ningún tipo que pueda arrodillar al sufrido pero heroico pueblo palestino que ya ha decidido el destino de sus días. No hay nakba que lo pueda, ya han escrito su futuro. Decidieron ser libres.

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